Steve Jobs, el gran líder carismático

A nadie le queda duda ya; cualquier gesto o cosa que haga hoy día el Tío Steve es noticia con ecos en todo el mundo. Si no, ¿cómo explicarse que medios que poco tienen que ver con la movida tecnológica pongan todo lo relacionado a Apple en primera plana? Y por eso mismo, el que se diga que el Mesías del culto Mac se retira de la escena —de nuevo— por razones médicas, y el consecuente desplome de las acciones en bolsa, por más que me parezca una reacción estúpida, ponen en evidencia el volumen de poder e influencia que este singular personaje ha tenido sobre las sociedades contemporáneas.

Pero precisamente por esa misma razón, ante un evidente quebranto progresivo de la salud de una figura tan icónica y su eventual final (algún día, al fin y al cabo), es que todos se preguntan si Apple podrá seguir siendo la compañía que es sin su carismático líder a la cabeza. Y a juzgar por lo que le pasó a otra compañía con otro gran líder carismático —Walt Disney—, me atrevo a decir que no. Al menos por un buen tiempo.

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Steve.

Prácticamente no debe quedar ser humano en el planeta –si descontamos a las tribus brasileñas de los Yanomami y similares– que no haya oído hablar en algún momento del singular fundador y hoy CEO de la compañía informática Apple, Steve Jobs, o que se haya expuesto a alguna de las creaciones-objetos instantáneos del deseo que ésta ha producido a lo largo de los años y que han convertido a la compañía en un pivote de la informática mundial.

Sin embargo, para todo el protagonismo mediático y de masas con el que se puede definir el fenómeno Apple, la compañía posee un gran talón de Aquiles en lo que es precisamente la mayor de sus fortalezas: Su líder. O más bien, la eventual mortalidad y desaparición de su líder, como ya más de una vez ha estado a punto de ocurrir. Un gazapo de Bloomberg, publicando por error un obituario antes de tiempo, probablemente tuvo a varios inversionistas al borde del suicidio antes de que se aclararan las cosas. Apple, como Disney, Edison y otras compañías del pasado y presente, sufre de lo que Jim Collins y Jerry Porras en su libro Built To Last (en español: “Empresas que perduran”) describen como el “síndrome del líder carismático”, donde el fundador deviene en una figura mitológica, casi extraterrestre y de naturaleza irremplazable, por más boyante y estratificada que sea la empresa y donde, por tanto, la idea de perder al gran líder es asunto tabú y tema censurado mientras se pueda.

Y es que, cuando en las MacWorld Expos Steve Jobs desciende del Olimpo geek para presentar, él mismo, los nuevos y maravillosos juguetes de su compañía que todos inmediatamente desearán tener en sus manos, es imposible pensar en otra cosa que no sea lo evidente a primera vista: En ese contexto, Steve Jobs es Apple, Inc. Inventos como el iMac, el iPod y el iPhone le son atribuidos casi exclusivamente a su ingenio y creatividad. ¿Cómo concebir entonces una compañía como Apple sin la presencia de Steve Jobs?

Sin embargo el mismo Steve no ha titubeado en reconocer su propia mortalidad en vista de las circunstancias. Una de las partes más reveladoras de su ya famoso discurso en Stanford trata sobre la muerte con una naturalidad inusual. El texto dice, refiriéndose a su lucha contra el cáncer pancreático de hace unos años atrás: “Esto ha sido lo más cercano que he estado en enfrentar a la muerte, y espero que sea lo más cerca que esté por unas cuántas décadas más “.

Pero el aspecto del fundador de Apple, cada vez más delgado y magro, pone en tela de duda estas declaraciones. Sumémosle el hecho de que Jobs, un declarado budista y vegetariano, ha rehusado seguir tratamientos convencionales de medicina en favor de “alternativas” basadas en el Ayurveda, los chakras y demás yerbas por el estilo.

Nade de esto, sin embargo, parece quitarle el sueño al tío Steve, quien en sus palabras parece sereno en aceptar lo que venga. Pero es evidente que ni Apple, ni sus inversionistas, ni la gran comunidad de fanáticos de la marca por el mundo, están preparados para vivir en una era post-Jobs. ¿Y cuando suceda, qué pasará realmente? La respuesta sólo la tiene, como siempre, el tiempo.