Facebook, ¿La nueva clase media?

Facebook

Siempre he dicho que si no me hubiera dedicado a estudiar diseño gráfico hubiera sacado algún grado en sociología. La condición humana y por qué hacemos lo que hacemos como grupo social han sido temas de mi interés por mucho tiempo. Igualmente ninguna de las dos carreras da para vivir decentemente en mi país, así que quizás no hubiera habido en eso mayor diferencia.

El asunto es que hoy me topé con un artículo que propone una tesis incendiaria y que se las trae; de cómo el fenómeno de las redes sociales —especialmente Facebook— está dando forma a un nuevo parámetro de comparación global, visible sobre todo entre los jóvenes de las regiones menos económicamente afortunadas del planeta pero con acceso a esta red social.

Este, dicen los expertos, es otra consecuencia no prevista (¿ah sí?) del fenómeno de la globalización. Es bien sabido que desde que se sabe que Internet existe, el perfil común denominador del usuario promedio de ésta fue (y aún sigue siendo, en buena parte) el de típico residente-de-suburbio-gringo-clasemediero-con-casas-y-jardines-bonitos-y-sin-rejas-ni-maleantes. Sumémosle a eso un ingreso per cápita anual al menos cuatro o cinco veces superior al promedio de país tercermundista, lo que a su vez otorga acceso a adquirir y obtener de primeros cuanto tecnochunche sale al mercado (con toda la parafernalia infraestructural y comercial que viene aparejada a ellos), y un estilo de vida en consonancia con dicho poder adquisitivo y base tecnológica.

El centro de este juego es cómo Internet nos da —al menos mientras la neutralidad en la red dure— acceso a un nivel democrático y por igual a las redes sociales, lo que nos da una aparente sensación de igualdad pareja. O sea, lo mismo puedo yo accesar mi perfil de Facebook y poner cosas ahí que como hacen Lady Gaga, Justin Bieber o Robert Scoble con los suyos. Lo que tendemos a ignorar es que en el plano real y físico, muchas veces las similitudes terminan ahí. Ya no nos comparamos con nuestros vecinos de la calle o la acera de enfrente sino con fulanito que conocimos en algún viaje hace años y que es el primero en tener siempre los últimos gadgets, o zutanito que parece vivir en un avión 300 días al año, o menganito que no se cansa de postear fotos de todos los lugares que ha visitado en los últimos meses para demostrarnos cómo su vida diaria es infinitamente más interesante que la nuestra (todos ellos contactos reales míos cuya identidad me reservo para proteger al inocente. Es un decir.)

Esto, para ser francos, no es más que una simple y mal disimulada nueva forma de presión social autoinflingida. Y valga decirlo, una moral y económicamente insostenible a largo plazo, realmente. Nos pasamos comparando nuestras realidades con las de otros, pasando por alto un millón de variables que son las verdaderas responsables de que ellos estén así y nosotros asá. En menos tiempo de lo que canta un gallo terminamos absorbidos por una burbuja artificial de fantasías, expectativas y pretensiones que a la larga poco o nada tienen que ver con nuestro entorno real, donde siguen siendo muchos más los que a duras penas les alcanzan sus ingresos para comer. Pero es en cierto modo inevitable y lógico: nadie, a menos que tenga vocación de misionero asceta, estaría voluntariamente dispuesto a bajar su nivel de vida actual a uno inferior. Siempre queremos ir por más, por algo mejor, o más bien por lo que nos parece que es lo mejor para nosotros. Al adquirir —digamos— un iPad o un smartphone, no estamos adquiriendo solamente un aparato útil; lo hacemos, inconscientemente o no, en pos de sentir pertenencia a cierto grupo y ser aceptados en el mismo como iguales, en no quedar fuera, y por supuesto en estar a la última. La necesidad de aceptación y la búsqueda de aprobación, por lo visto, no son síntomas exclusivos de la adolescencia.

Hace algunos días se anunció que Facebook cuenta hoy día con más de un millón de usuarios en Costa Rica. O lo que es lo mismo decir, uno de cada cinco habitantes del país de todo género y edad usa o ha usado este sitio. ¿Somos acaso inmunes a este patrón imitativo global? Lo dudo mucho, y de hecho puedo notar ya ciertas características comunes entre el grupo de facebookistas que frecuento y no son muy diferentes de lo que pasa, digo yo, entre los símiles de Suráfrica o Buenos Aires. ¿Es esta la redefinición global de lo que llamaríamos la clase media?

Foto del encabezado graciosa y gentilmente cedida via licencia Creative Commons por Pablo Contreras

Cumbio

Un sentimiento que estoy seguro compartimos muchos de los que ya pasamos hace rato los treinta con respecto al boom de las redes sociales, es que participar en ellas a estas alturas de la vida se siente más como una tarea que como un acto natural y que fuera parte tan intrínseca de nuestra vida como lavarse los dientes. Para nosotros, ya adoptar el e-mail y el mésenyer a nuestro día a día constituyó un paso lento y gigantesco, y siempre nos preguntamos si realmente necesitamos más que eso.

Algunos lo hacemos porque al trabajar entre geeks es inevitable probar, aunque sea a regañadientes, abriendo una cuenta en uno de estos sitios sólo para sentirnos absorbidos por el nivel de interacción y envolvimiento (¿estaré inventando una palabra?) que tales sitios demandan. Otros porque “todos los amigos lo están haciendo” y cumpliendo al pie con la ley de la influencia de las masas y para “no quedarse atrás”, igual se meten, aunque no tengan idea para qué.

En Costa Rica Hi5 sigue siendo el rey de las redes sociales. No es fácil de explicar por qué una red social es más exitosa en un país que en otro, salvo por el hecho de que por casualidad se junte más gente de un país determinado. El caso es que por influencia y un poco de interés en ensanchar mi círculo de amistades locales, igual me terminé haciendo una cuenta allí. Pero a los meses no vi que hubiera mayor beneficio para mí con ello, y la eliminé. Y no solo por eso; con solo ver la clase de personajes que pululan en esa red, una mezcla entre un flashback gacho al patio de recreo del cole —etapa que muchos queremos dar por superada— y pseudomodelajes de jóvenes con seria falta de amor propio y “galanazos” alérgicos a las camisas, con mucho más celeridad caí en la cuenta que eso no era lo mío.

Luego siguió Facebook, donde el diseño al menos logra que las cosas no parezcan salirse de control y donde sí he podido quedarme, pues el sitio tiende a atraer personas de mayor edad y experiencia profesional. Sin embargo, admito que soy incapaz de seguir día a día el movimiento de esa red y mis contactos. Al sólo entrar ahí me invade un sentimiento de exceso de información con el que mi cerebro, que no se formó en los años donde el multitasking y el déficit atencional eran los parámetros de la sociedad, se rebela inútilmente. Y eso que no sigo ni acepto “aplicaciones” con las que mi nivel de atención y sanidad probablemente terminarían estrellándose contra un muro.

Y por otro lado tenemos a los hijos nativos de la era digital, esos que aún estaban ensuciando pañales cuando nosotros ya estábamos quemando los últimos cartuchos de la adolescencia. Por muchos años los expertos de la informática se preguntaron cuál sería la reacción de estos jóvenes, para quienes la PC, el mouse e Internet siempre han existido, con la misma. Para muestra —digo yo— un botón, del diario argentino Clarín:

(En) un debut sexual colgado en YouTube (…) se veía a un chico de 12 años practicándole sexo oral a otro. También en (otro video) se exhibía a una pareja de 15 haciendo lo mismo en el baño de una estación de servicio. Fueron amonestados por su colegio porque tenían el uniforme.

Prosigue la nota con un par de especialistas argumentando que “esto se destaca en los floggers porque su lema es ‘lo mío le pertenece a todos’. Buscan popularidad porque es una forma de conseguir la aceptación entre sus pares que hacen lo mismo” (…) “Es que vivimos en la cultura del ‘todo ya y ahora’ por la inmediatez de las tecnologías”

He ahí, el eterno dilema adolescente de la búsqueda de aceptación y pertenencia, transformado y reempaquetado por las nuevas tecnologías. Pero hay un cambio más allá del medio. Las redes sociales incitan a compartirlo todo, absolutamente todo — incluso, como se ve, las situaciones más íntimas, sin pudores ni recatos. Y siendo los jóvenes criaturas que, desde siempre, primero actúan y luego piensan (no todos, pero sí bastantes), son un target tan moldeable como plastilina y vulnerables a la presión de grupo, y encima viven (qué digo, vivimos) en una sociedad donde el sexo es cosa omnipresente, no preveer situaciones como esta es pecar de ingenuo.

El adulto en nosotros cuando ve eso piensa en las consecuencias de tener semejantes cosas al descubierto en un perfil de red como si nada. Sin embargo también me pongo a pensar: Esa naturalidad con la que entre los jóvenes se comparte ahora todo, ¿no debería redundar a mediano plazo en una sociedad libre de anquilosados tabúes y prejuicios, más sincera y honesta? Porque eso sí sería algo positivo, si algo bueno se puede sacar. Pero viendo los pleitos que pasan una y otra vez entre las “tribus urbanas” por razones sin fundamento —como la nota de donde proviene la foto de este post— esos parecieran ser más bien sueños de opio. ¿Será que Nietzsche nunca dejará de tener razón?