Del Crowdfunding o las nuevas oportunidades de subsistencia creativa

Desde que Internet hizo irrupción en la vida de la gente común, de forma tímida entre los geeks de la década de los 90 y consolidada en la generación de la década siguiente, siempre se habló del potencial de empoderamiento que la red de redes podía darle a una persona para dar a conocer a sí misma o sus ideas. Algo así en onda jovencito-quinceañero-desde-su-garaje ofreciendo servicios por la web con la misma (o mejor) imagen y presencia que una compañía Fortune 500. La fantasía del Campo de los Sueños: Constrúyelo y ellos vendrán.

Y en efecto, muchos construyeron campos virtuales de beisbol, sólo para darse cuenta que los demás por mera obra y gracia divina no iban a llegar a los mismos. Además el crecimiento exponencial de Internet pone cada vez más arriba el poder destacarse de entre miles de millones de creadores que están igualmente compitiendo por la atención de todos los demás. Estar en Internet por estar ya no basta, y además, el éxito no sale barato; se necesitan inversiones cuantiosas en tiempo, recursos, dedicación y hasta maña para crear cualquier cosa que realmente valga la pena y los internautas lo consideren digno de éxito. Y muchas personas creativas no han podido, hasta ahora, darse ese lujo (me incluyo).

¿La razón? Más que ganas o apoyo moral, lo que siempre termina frenando muchos proyectos creativos es el dinero, o más bien la falta del vil metal. Sencillo; sin plata no se come ni se tiene un techo. Partamos de ahí. También tenemos que pensar en los insumos creativos (computadoras, electricidad, conexión a Internet, periféricos, lápices, papel, Jaegermeister, etc) que tampoco los regalan. Y también está el tiempo, el bien más precioso y escaso de todos, el único del que jamás podremos comprar más cantidad con plata, que por lo usual terminamos vendiéndoselo a un tercero en forma de empleo con tal de poder comer, al menos desde la Revolución Industrial (¿notan el círculo?).

En resumen, la historia de siempre, por lo visto. Por cada Miguel Angel o Tiziano que cayó en la gracia económica de los Médici, reyes o Papas, probablemente hubo antaño muchos artistas talentosos que perecieron injustamente en la miseria y el olvido, ante la falta de recursos o patrocinio para con su obra.

Pero volvamos al siglo 21. Dentro y fuera de Internet, muchos artistas han intentado vivir —inútilmente— de donaciones voluntarias. Existen muchas becas de índole diplomática y gubernamental, pero aplicar para ellas es tras de engorroso, reservado en la práctica para un selecto grupo y con condiciones que algunos podrían considerar comprometedoras e inaceptables. Lo mismo con los créditos bancarios —cuando existen— y sus intereses de usura. ¿Qué le queda, entonces, a un artista creativo por hacer sin tener que venderle su alma al diablo, o tener que renunciar al sueño y a invertir las mejores horas de su día en otro oficio?

Afortunadamente a alguien se le ocurrió que ya era hora de capitalizar en la economía actual de Internet y tender un puente entre los talentos creativos necesitados de reconocimiento y aquellos que estén dispuestos a dárselo. Tal es el concepto del crowdfunding, o como le llamo yo el mecenazgo reinventado. A cambio de ofrecer incentivos y algún tipo de participación en el proyecto, se insta a los fans en potencia de un autor a apoyar económicamente, sin importar la cantidad. Como en una Teletón, hay un tiempo límite para llegar a la meta económica requerida. Después de ahí, todo lo demás que llegue es ganancia. A la fecha, ya son miles los proyectos creativos en el mundo que han podido convertirse en realidad por gente que ha actuado movida más por empatía que por esperar algo a cambio.

En Costa Rica el ejemplo más exitoso y que ha tomado a todo el mundo por sorpresa ha sido el del cineasta Hernán Jiménez y su búsqueda de fondos para su nueva película El Regreso. Hernán necesitaba cuarenta mil dólares para financiar la postproducción de su filme, le apostó al sitio de crowdfunding Kickstarter, y logró alcanzar en apenas cinco días la meta, originalmente fijada para finales de marzo. (Al tiempo de escribir este post aún se aceptan donativos). A cambio, Hernán ha ofrecido a los donantes según el monto de su contribución desde la aparición de su nombre en los créditos finales, pasando por copias en DVD, hasta entradas VIP a la premiére del estreno.

Ahora bien, ¿cómo explicar el repentino y arrollador éxito de financiamiento de Hernán Jiménez? En realidad, de “repentino” ha tenido realmente poco. A Jiménez le precede la reputación positiva de ser actor comediante local de stand-up, productor de varios programas, cortos y el éxito de su anterior filme, A Ojos Cerrados. Además, en el video-trailer que acompañó la campaña de Kickstarter, Hernán habló en términos claros y sencillos, pero sobre todo sinceros.

También podría decirse que el timing ha obrado en favor del joven cineasta. Antes de esta iniciativa, prácticamente nadie había oído hablar antes de crowdfunding en el país, y quizás se aplicó eso de que “quien pega primero, pega dos veces”. Sin embargo, ésta de seguro no será la única iniciativa de su tipo en el país. Y tras el éxito de El Regreso, muchos intentarán subirse al carro de las donaciones a cambio de incentivos. La interrogante es ¿tendrán el mismo nivel de éxito?

Yo soy de la opinión de que lo único verdaderamente esencial a la hora de emprender una iniciativa de este tipo es que la obra “conecte” con ese público al que se pretende llegar. Que uno se identifique con lo que ve, que le transmita empatía, que lo quiera hacer suyo. Uno no debe pretender caerle bien a todos, sino atraer a quienes comparten nuestros mismos principios y están ahí afuera, en alguna parte, ansiosos de encontrar algo como lo que podemos ofrecer y están dispuestos a aportar desinteresadamente, sólo por creer en una idea, en ver algo imposible convertirse en posible.  En el caso de la película de Jiménez, esa compleja relación de amor-odio con un país que no termina de definirse y con su familia es algo por lo que yo he pasado muchas veces. Me identifico por completo. Y por eso con gusto doné para que este film salga a la luz.

Entre recursos como el crowdfunding y conceptos en práctica como el consumo colaborativo (tema que también me interesa mucho y espero cubrir pronto), puede que estemos, por fin, presenciando el arribo de una sociedad, si no perfecta, por lo menos más justa y con más oportunidades para todos aquellos que se la merecen con su trabajo y esfuerzo. Ojalá.

Bonus: Imperdible entrevista a Hernán Jiménez sobre el fenómeno Kickstarter y el largo camino hacia El Regreso.

¿Un año de emprendimiento sabático?

Desde que me lo propuse hace unas semanas, este año perfila para mí ser uno de replanteos y toma de decisiones significativas. Estuve ayer revisando mis finanzas personales y caí en la cuenta de que tengo en ahorros ya lo suficiente para vivir sin hambre ni con temor que me corten el agua y la luz por al menos seis meses. Entonces me volvió a la mente la añeja e idílica idea con la que he fantaseado muchas veces: La de poder darme el lujo de no necesitar trabajar, al menos por un tiempo, y así poder recuperar energías, buscar un equilibrio en mi vida y sobre todo darle impulso a muchos proyectos que he ideado en los últimos tiempos y que se han quedado durmiendo el sueño de los justos, precisamente por tener que emplear de 10 a 12 horas diarias en un puesto de trabajo. El exitoso empresario Martín Varsavsky, quien ofreció una videoconferencia en el TEDx recién pasado, tiene por política tomarse un año sabático por cada cinco de trabajo, lo que me parece una forma sensata de darle balance a la vida.

Por mucho tiempo descarté esta idea como una fantasía imposible. Siempre hay cuentas, impuestos y servicios por pagar, y de sólo el aire no se vive tampoco; algo hay que comer. Sin embargo, hace unas semanas, con no poco desgano y mucho aplomo, tomé la decisión de liquidar de una vez la última de las deudas grandes que tenía colgando sobre mi cabeza como una espada de Damocles. Fue, debo decirlo, un momento liberador y empoderador. Y además me recordó que estoy, a mis veinte y diez y tantos, viviendo un momento muy particular, único y decisivo.

A mi edad, muchos de mis colegas ya están casados y tienen la responsabilidad de una pareja, una familia y una deuda inmensa e impagable en forma de una casa propia o un carro. Por diversas circunstancias de la vida, a mí no me ha tocado vivir eso. Entonces es obvio que me pregunte, a estas alturas del partido de la vida que fácilmente son mis 15 minutos entre el primer tiempo y el segundo: ¿Cuál es, entonces, mi verdadero propósito? ¿La aventura que realmente me toca vivir?

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