Havana Club

Por la autopista de ocho carriles que atraviesa la isla, cuya construcción se inició con ayuda soviética y luego se dejó a medias cuando se hundió la Unión Soviética, pasan tres autos cada dos minutos. Hay un gran vacío que se dilata. Esta ausencia casi insondable es un signo del fracaso de Cuba. La vida es muy dura para la mayoría de los cubanos. Pero también está lejos de ser libre, y eso no puedo aceptarlo. Sin embargo, en un momento en que Occidente está, de un modo u otro, evaluando el alto precio de sus excesos, me siento más indulgente hacia el achacoso Fidel de lo que nunca creí posible.

Roger Cohen del New York Times, en traducción del diario venezolano El Nacional sobre Cuba, el contraste que da un lugar donde el consumismo voraz y salvaje prácticamente no existe y las lecciones que, quizás, deberíamos sacar de ello en estos tiempos de crisis mundial.

Aunque el autor no ignora que Cuba ha tenido que pagar un precio muy alto por mantenerse al margen de la vorágine comercial del resto del mundo, esa misma condición la ha hecho ejemplo de cómo “la vida sin marcas existe, después de todo.”

Y se pone uno a pensar, ¿Es tan imposible que exista una sociedad equilibrada, sin caer en los extremos de la avaricia y el consumismo que nos ha llevado a esta debacle financiera, ni la represión y el sojuzgamiento impíos que son caldo de cultivo de las dictaduras?

En Costa Rica nos ufanamos de ser un país “libre e independiente”, proclamándolo — sin una pizca aparente de ironía— desde las prisiones miniatura rodeadas de alarmas y alambre navaja, al mejor estilo de los campos de concentración nazis, que sin rubor alguno damos en llamar “casas”. En Cuba, mientras tanto, la idea de ser asaltado o vapuleado en media calle sigue siendo un concepto ajeno, a cualquier hora del día.

Y aún así, miles de cubanos han desertado en oleadas de la isla. Es comprensible por cuanto — y he ahí la principal razón del fracaso del comunismo— la libertad individual no puede ser completamente aniquilada en favor del bien colectivo como ha pretendido el socialismo radical de Fidel y compañía. Pero quitemos al barbudo y la pobreza de su fracasado experimento de la escena por un momento. Si la pobreza y la falta de libertad no fueran razones de peso para emigrar de Cuba, ¿por qué querría uno salir de ahí? ¿Por poder vestir ropa de marca o tener el celular de moda? ¿Por poder hartarse de comida basura y grasas trans? ¿Por saber qué se siente manejar un auto que no sea de los años cincuenta del siglo pasado? ¿Por acumular trastos por los que después te puedan pegar un tiro?

¿Somos realmente “libres” cuando el consumismo ha hecho presa y esclavos de nosotros sin darnos cuenta? ¿Dónde se traza la línea entre las necesidades justas y el excedente injustificado? ¿Qué necesidad habría de encerrarnos entre rejas si no atesoráramos tanto chunche? ¿Qué tanto hace falta para vivir realmente feliz y tranquilo?

Todo esto, en fechas en que el BID —otra de esas instituciones gringas creadas para cumplir con la agenda de los EE.UU de “salvar al mundo” a su manera— publica una encuesta en la que el pueblo costarricense se considera “el más satisfecho” de América Latina. Personalmente, no veo tal “satisfacción” en las calles, ni en los rostros de la gente… ¿A quiénes les preguntaron? De fijo no fue a mí.

MPG.

De todos es sabido el caos y parálisis que ha creado en todo el mundo la escalada sin control del precio del petróleo y por consiguiente, del combustible del que dependen casi todos los medios de transporte del mundo. A excepción de algunos países productores que seguramente se divierten a sus anchas con la especulación que ha inflado los precios en más de un 100% en menos de un año, el temor y la incertidumbre hacen presa de todos los demás, mientras hay que seguir poniendo buena cara como si nada anormal sucediera.

Costa Rica no es la excepción a este viacrucis petrolero, y encima de los aumentos que nos tienen ya pagando cerca de 6 dólares por galón de gasolina (en una economía con sueldos promedio de US$800 al mes para trabajadores calificados) se acaba de implementar la versión tica del infame “Hoy No Circula” mexicano, dando un duro golpe en un país donde el transporte público es de auténtica pena ajena y donde el automóvil es, en muchos casos, la única manera de llegar a tiempo a los trabajos.

Las reacciones del pueblo tico, oscilantes entre el ingenio forzado por la necesidad y la premura de la desesperación, no se han hecho esperar. Y sí, a mí también me toca dejar el carro guardado un día de la semana y sufrir las consecuencias, aunque afortunadamente he logrado hacer yunta con dos compañeros de la zona para ese día en particular. Aunque me gustaría que el teletrabajo fuera en el país una práctica más aceptable para quienes contamos con las prestaciones para ello.

Lo que realmente me tiene con la espina adentro es cómo, por meros caprichos de unos cuantos especuladores con demasiado poder global, nos llevan en banda y hacen pasar por el aro a todos los demás. Muchas veces me da por pensar que el 90% de las crisis son realmente inventadas. Que sí, que la occidentalización de los chinos y los nuevos ricos indios y que el acero y las olimpiadas y aquí y allá. Pero los caprichos especulatorios conforman al menos el 50% del sobreprecio del petróleo que estamos pagando, simplemente porque a alguien se le ocurrió.

Y no sé, pero también es realista pensar que el petróleo no puede seguir subiendo indefinidamente si lo que queremos no es el caos y la parálisis global a corto plazo. Este es probablemente el mejor momento para que los desarrollos automovilísticos basados en energías alternativas (que no sean a costa de quitarle el alimento a la gente) dejen de ser proyectos guardados en escritorios y salten a la realidad. Yo, por ejemplo, en vista que me veré forzado a cambiar de automóvil en poco tiempo por razones de antigüedad –y porque, por más que suba la gasolina, quedarme del todo sin carro en este país no es una opción–, deseo ver alternativas que me ofrezcan el mejor rendimiento posible por mi cada vez más escuálido monto para combustible. ¿Por qué no se le eliminan los impuestos (de más del 100%, increíble) a los vehículos híbridos?

Aunque si tratamos de verle el lado positivo a todo, esta situación quizás represente para felicidad y suerte de muchos nosotros el fin de esa estúpida costumbre, no escrita pero latente en nuestra sociedad, de ser juzgado o apreciado en función del tipo de automóvil que conduces, como si el andar en un “chuzo” influyera de alguna manera en la valía de uno como persona. Me remito a las observaciones freudianas y a la casi infalible ley de compensación entre los atributos del automóvil de marras, versus los ídem del típico conductor del mismo — si saben a lo que me refiero.

En el caso particular de Costa Rica, si el gobierno quiere realmente desestimular el consumo de combustible, es urgente destinar recursos a dotar al país de un sistema de transporte público con estándares de primer mundo, que responda a las rutas y necesidades actuales de la gente. Se alega que proveer a la capital de un subterráneo interconectando las principales ciudades y centros de trabajo, por ejemplo, es incosteable, pero presumo que más caro está saliendo quemar gasolina en los eternos atascos de nuestras carreteras.

El sistema ferroviario, que estuvo a punto de morir en manos de algún presidente de cuyo nombre no queremos acordarnos, es ahora visto como una esperanza latente. Transformar la vetusta maquinaria con más de medio siglo de antigüedad por opciones modernas, económicas y sobre todo rápidas, complementadas con las rutas intersectoriales –si es que algún día se reactivan– eliminarían la necesidad del automóvil para gran parte de las diligencias de los ticos de las zonas urbanas. Si somos tan eficientes para copiar cosas del extranjero, ¿Por qué no copiar lo realmente bueno y valioso donde lo hay? Los diputados, en sus viajes a través del mundo y sus capitales, ¿acaso no observan la diferencia?

Es característico de nosotros, en el país del “pura vida” y el eterno vacilón, no tomarnos casi nada en serio. Pero quizás ya sea hora de ir cambiando un poco. Sobre todo cuando tiene que ver con nuestras billeteras.