Costa Rica en el cine: con ojos de güila

Guilas - La película (2018)

No hizo falta que me vendieran mucho la película; con solo ver que trataba de historias en ambientes nacionales cuyos protagonistas principales son niños (quienes me conocen saben que mi trabajo de ilustración tiende a este público) ya sabía que era algo que tenía que ir a ver. Y la verdad es que afortunadamente no solo se deja ver y entretiene con su naturalidad, sino que es una película auténticamente nuestra, costarricense hasta decir basta, sin que se sienta como un anuncio de cerveza Imperial o un videoclip promocional del ICT. Una serie de historias cortas, pero bien construidas.

Güilas —para los no ticos: argot nacional para niño o niña, chiquito, cipote, chavo, pibe, etc— es la ópera prima audiovisual del fotógrafo Sergio Pucci. En conjunto con su hermano Giancarlo, los Pucci han sido más conocidos como autores de fotografías aéreas de las atracciones naturales de Costa Rica, cuyos libros de las mismas y de la serie Árboles Mágicos se han vuelto perennes bestsellers de tiendas de souvenirs y aeropuertos. Todo empezó, en palabras del propio Sergio, con el corto Amor de Temporada —basado en la famosa canción homónima—, que debutó el año pasado en YouTube y fue muy bien recibido por la crítica.

Ese fue el espaldarazo para ampliar la experiencia de dicho corto a seis más con la misma premisa, ambientados cada uno en una provincia del país. Así mismo se procuró que cada niño protagonista fuera oriundo de la provincia del corto para mantener la mayor simbiosis posible entre personajes, trama y ambiente.

Aunque ya han habido actores infantiles en el cine nacional en papeles secundarios, el que éstos fueran protagonistas principales es un paso que aún no había dado una película tica. Estos siete cortos quedaron entonces hilvanados en una cadena de 75 minutos, un tour de force por cada rincón en búsqueda y exhibición de elementos que forman una síntesis de eso que entendemos por “identidad nacional”.

En esto Güilas recorre una vez más el trillo costumbrista, del que genera entre nosotros más empatía y taquilla (ya lo demostró tiempo atrás Maikol Yordan). Es nuestro comfort cinema. aunque para nosotros es ya casi normal ver paisajes del país en la pantalla grande gracias a la democratización tecnológica del cine, aún sigue siendo una sensación especial observar en retrospectiva paisajes que en definitiva muchos hemos experimentado en carne y hueso, como tratando de adivinar de dónde es exactamente cada toma. Algunas referencias son obvias, como las fiestas de Zapote y el ferry de Paquera en Puntarenas; otras requieren un ojo aún más avisor y experimentado en el territorio.

Aunque en el making of los niños-actores lucen bastante distendidos y expresivos, pues fueron escogidos precisamente por sus capacidades histriónicas y actorales, uno solo puede especular la complejidad logística y paciente de trabajar con seres tan naturalmente hiperactivos, fogosos e impredecibles, porque así es todo niño sano y normal. Destilar la personalidad empática y única de cada uno sin caer en la melosidad ni clichés cansinos es en sí un gran logro a través de la edición bien cuidada y las acertadas puestas en escena.

Y como no podía ser de otra manera bajo el ojo de los Pucci, el bello paisaje costarricense forma parte como un personaje más, que se luce con todo su apogeo y quizás como en ninguna otra película nacional hasta la fecha. En el corto Cabin In the Watta, por ejemplo, los paisajes limonenses de Cahuita y Puerto Viejo reverberan con su bendita insolencia colorida y tropical, amén de enseñarnos técnicas singulares de pesca, todo al ritmo del ya inmortal calipso de don Walter Ferguson.

El primer corto de Güilas, Recordando mi puerto (nombre prestado al homónimo bolero de Gilberto Hernández) inicia en la costa pacífica de Puntarenas y trata, como no podía ser de otra manera, de Churchills y barcos. Luego de una tournée temática a través de Heredia, Limón, Cartago, Alajuela, Guanacaste y San José, el filme concluye de manera circular en el mismo puerto donde inició, al compás de una mejenga o partido improvisado de fútbol entre todos los niños, cerrando con una puesta en escena de lo más tica posible. La audiencia del cine no dejó de gozar y reírse con cada ocurrencia que veían en pantalla. Con todo, siendo el primer largometraje (o muchos cortometrajes) de su creador, tiene ciertos puntos débiles. A veces es difícil entender los diálogos de los niños por la dicción y el ritmo se vuelve lento en algunos pasajes; en compensación, es una película más visual que de guión y en eso la salva.

Muchos comentan que el filme evoca sentimientos nostálgicos entre la generación adulta actual por nuestra propia época de niños, que fue más o menos así; de corretear entre calles o fincas, jugar afuera de sol a sol, hacer travesuras, hacerse trizas desde un árbol o a bordo de una bicicleta. En fin, de una libertad que uno percibe ya ausente de las generaciones actuales, especial e irónicamente de la que vemos actuar en pantalla. Bien podemos tomar Güilas como un recordatorio de la importancia de esa libertad que nosotros disfrutamos y nos definió a la postre como personas, y nuestra responsabilidad de ofrecerles, en lo posible, eso mismo a nuestras generaciones actuales de “güilas” porque —disculpen acá la frase cliché— son el futuro, quienes nos siguen en la vida, y a quienes les debemos un país y un mundo mejor.

 

 

La era de Luis Guillermo Solís

lgs-nacion

Después de un larguísimo proceso electoral que incluyó segunda ronda, el próximo domingo 6 de abril se confirmará lo que ya se veía venir desde al menos un par de meses y más aún desde que su rival tiró públicamente la toalla: El catedrático Luis Guillermo Solís, candidato del PAC, se hará por evidente mayoría con la Presidencia de la República.

Pensar en otra posibilidad, siquiera remota, es desconocer la realidad de los hechos. La paciencia de los ticos con el bipartidismo y el anquilosamiento del poder de un ya de por sí impopular y autodesprestigiado PLN terminó —por fin— de derramar el vaso, y el pueblo les va a pasar la factura. Como persona, yo veo en don Luis Guillermo un candidato muy sui géneris a la usanza y gusto del costarricense: Conciliador, carismático, sin tendencias radicales, sin oratoria incendiaria sino más bien académica y reposada, y sobre todo una persona natural y accesible, sin poses clasistas ni estiramientos afectados. Tiene las cualidades para ser un estadista al estilo de José Figueres y muchos ven en él por esa misma razón la personificación de una nueva Edad de Oro costarricense, aludiendo a los “años buenos” entre las décadas de 1950 y 1970, cuando el país tenía indicadores económicos y sociales bastante estables y además fue la época dorada del Estado Benefactor y centralista, ideal que seguirá en pie bajo el mandato del partido próximamente gobernante a pesar del contexto globalizado en que hoy vivimos.

Hasta ahí, digamos, todo bien con Luis Guillermo. Sin embargo, para algunos nos es preocupante que un candidato que ha hecho de la conciliación y el diálogo su estandarte y carta de presentación no haya sido muy capaz de utilizar estas herramientas dentro de su propio partido. Pongo por caso lo que acontece con el infaltable líder, fundador y caudillo del PAC, Ottón Solís. Mientras Luis Guillermo y su equipo buscan negociar diferencias con tirios y troyanos en temas tan espinosos como el del empleo, las zonas francas y el plan fiscal, el fundador del partido y —agregan los más cínicos— el poder detrás de la silla presidencial, declara a los cuatro vientos una opinión distinta del asunto poniendo al candidato presidencial a correr, apagar incendios y desfacer el entuerto. Y si éste es un síntoma de cómo van a ser las cosas a lo interno del PAC durante los próximos cuatro años, ofreciendo señales ambiguas y con opiniones contradictorias entre los mismos líderes, va a ser muy difícil pretender que en esa disfonía de criterios pueda darse el cambio real que tanto esperan los ciudadanos.

También conviene ser realista; he visto muchas manifestaciones de mascaradas, desfiles con perritos y demás demostraciones corrongas que le encantan a la gente y que sin duda han logrado crear una empatía sin igual con don Luis Guillermo. Sin embargo, arreglar la problemática nacional que se ha ido acumulando durante las últimas tres décadas no se resuelve con payasos ni mascaradas ni buenas intenciones. Es más, cuatro años no van a dar para hacer el Gran Milagro que esperan muchos compatriotas y me temo por eso mismo que no pocos terminen decepcionados ante el divorcio de las expectativas versus la realidad posible (no somos un caso único; algo similar ocurrió con el gane de Barack Obama en EEUU en el 2009). Costa Rica es como una lancha en alta mar que se ha ido llenado de huecos en el casco y, para no hundirse, se ha visto forzada a achicar el agua con una sola y mísera taza de café. Tal es el volumen de la complejidad que se le viene al gobierno entrante.

Sin embargo, si no alcanzara el período presidencial de don Luis más que para “limpiar  la casa”, devolver la decencia a la política nacional y trazar el camino para las decisiones correctas que necesitamos tomar, sería aún así un cuatrenio infinitamente más provechoso y beneficioso para el país que las tres últimas décadas de administraciones anteriores. Aunque cómo lograr todo esto sin tocar un pelo de un Estado elefantiásico y grandemente ocioso, con privilegios e ingresos extremamente dispares en comparación con el sector privado que sostiene la economía nacional, es un enigma que no soy capaz de procesar ni razonar. Ni tampoco puede hacerlo el analista liberal JC Hidalgo, quien igual escribe sobre esta inquietud con más respaldo y sesudez de lo que yo podría hacerlo jamás.

Igual, ya a estas alturas donde todo en mi opinión ya está decidido, honestamente le deseo lo mejor a don Luis Guillermo y su equipo, y que las interrogantes que he escrito en este post y que no son solo mías sino también de muchos otros se vayan aclarando con el tiempo, ojalá a la mayor brevedad. Costa Rica, a pesar casi que de sí misma, sigue siendo un país único y maravilloso, y de lo que ocurra en este próximo gobierno que inicia depende que siga siendo así.

Foto: Gesline Arango / nacion.com

¿Por qué celebramos?

La celebración nacional

Estuvo en la cola de un venado. Por un momento parecía que no, pero al final se impuso el sí: La Selección Nacional de Costa Rica clasificó para el próximo mundial de Brasil.

Y eso, ya se sabe, es sinónimo de estallido unánime de júbilo en las calles, en los carros, en las casas de nuestro país. Hay alegría, felicidad, gozo, satisfacción. Esa sensación bonita de sentirse triunfadores, invencibles, así fuera con una muy esperada ayuda a última hora de Honduras. Tan determinante y pivotal es el fútbol en la psique nacional que la presidenta se adelantó a declarar —y posteriormente desmentir— un cuestionable asueto de empleados públicos en caso de triunfo de la Selección, pero que ahora, en vista de las circunstancias, se cumplirá de todas formas y a cabalidad a cargo de miles de heridos por la bala lenta del alcohol (genial frase que se la oí a Luis Chaves).

Paralelamente, asoman cada vez con más frecuencia e impulsados por las redes sociales los integrantes del otro bando, los que se autodenominan serios y “realistas” y a quienes cualquier cosa que tenga que ver con el fútbol y sus aficionados les provoca urticaria y hemorroides mentales. Los que no se cansan de recordarnos que estamos en un país que se cae a pedazos, que destila podredumbre a lo largo, alto, bajo y ancho de su esfera política  y donde en sus calles prevalece la ley del más fuerte, o más bien del más vivo. Y que afuera, como si fuera poco, tenemos a Obama y Putin con el dedo encima del botón para destruir Siria porque sí.  Y la verdad… sí, en todo eso tienen razón. Sin embargo, nada de eso me explica aún por qué aún teniendo todo eso salimos desaforados a celebrar algo que a la mayoría de nosotros no nos involucra más que como simples espectadores, que no v a a hacer que nuestros mil y un miserias cotidianas desaparezcan de la noche a la mañana, y que lejos de ponernos dinero en el bolsillo más bien nos lo quita en forma de entradas, televisores, camisetas y clubes de viajes.

Por eso me remito de nuevo a la pregunta del título. Intento a la ligera barajar varias opciones y teorías que suenen plausibles, como la de que siendo que en la cadena sin fin de reveses que han sido los últimos años de este vergel bello de aromas y flores, al menos haya algo que sí nos funciona: La Selección. Jorge Luis Pinto. El fútbol. Y por tanto a falta de mayores y mejores alegrías, se convierte en nuestro gran vehículo de catarsis que nos hace soportable la condena de tener este gobierno, estas calles y esta eterna crisis. Todo lo podemos en once muchachos que nos fortalecen.

También, en un país donde —se lo oí a alguien por ahí— la identidad verdadera es no tener identidad, el estandarte rojo-blanco-y-azul de la camiseta de la Sele es el único ícono que ha logrado lo que ni los símbolos patrios ni los trajes típicos ni la historia ni las enseñanzas educativas han podido: cohesionarnos en algo que quizás sea más parecido que podamos aspirar a una identidad nacional, bajo el mantra hipnótico del oé oé oé oeeeee Ticos Ticos. Quizás el único momento donde dejamos guardado nuestro individualismo egoísta para compartir un nacionalismo de balompié (peor es nada), que te deja pensando si no sería mejor que en vez de un Gobierno y Asamblea venidos a menos, no arregláramos todos los asuntos del país a punta de partidos de fútbol. De haber hecho eso hace rato, quizás seríamos ya una potencia mundial.

También en un plano más opinado y personal: Si hay alguien que es verdaderamente crítico de la situación nacional, levanto la mano. Hay demasiadas cosas que me disgustan de mi realidad inmediata y que me dan sentimientos de desazón e impotencia. Me aterra el porvenir nacional de los próximos cuatro años ante un PLN que amenaza con ganar las elecciones por inercia. Pero de ahí a tener una actitud perennemente antipática para con el prójimo que sí celebra “estar” en el Mundial… ¿a qué viene? ¿Gano puntos con ser el eterno amargado del grupo, del barrio, de Facebook? ¿Me aplauden, me dan likes por ello? ¿Paso por alguien sabido, profundo, maduro, intelectual? … Yo creo más bien que la verdadera sabiduría de un ser humano se manifiesta a través de la tolerancia y el respeto al prójimo. Sí, no es fácil cultivar ambos valores, pero en la vida hay innumerables ejemplos que nos demuestran que la gente admira mucho más a quienes aceptan a su prójimo como es, en vez de pretender aplastarlo con sus complejos de falsa superioridad.

¿Me tiene que gustar el fútbol entonces? Yo siempre fuí una tuerca para los deportes, y sobre todo para el fútbol. No conozco ni entiendo más que lo que veo esporádicamente por televisión. No veo cada partido de la Sele. Sin embargo creo que el convivir con una familia futbolera me ha hecho aprender no solo los rudimentos del deporte, sino la emoción, el júbilo, la empatía y esa alegría contagiosa que sí, puede ser algo aprendido por ósmosis, por tradición; pero que en todo caso siempre me será mil veces preferible a una reunión de intelectuales amargados.

Así, en conclusión: hoy que podemos, que tenemos con qué, celebremos. Mañana será otro día.

Créditos de foto: Rafael Murillo / La Nación