Elecciones del 2018: Un rudo despertar

El sueño de la razón produce monstruos - Francisco de Goya
Francisco de Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”. Aguafuerte, 1797-1798

Hoy sucedió lo que muchos creíamos imposible, o más bien no queríamos admitir que sucediera: en las elecciones nacionales del 2018, Restauración Nacional, un partido de poca monta, y su candidato presidencial, el predicador y cantante Fabricio Alvarado, obtuvieron un 25% de los votos nacionales, contra un 21.7% del PAC y su candidato Carlos Alvarado. Entre ambos se disputará la segunda ronda electoral.

Esto ha sido un inesperado gancho al hígado y knock-out para muchos de nosotros. Nos embargan a la vez la sorpresa, la negación y la tristeza, así como la angustia real por el futuro del país, ya de por sí comprometido por un déficit fiscal impagable. Desde nuestras burbujas sociales no queríamos creer que el discurso incendiario de odio fundamentalista disfrazado de piedad religiosa y valores familiares diera para tanto, pero sí que dio para mover a una cuarta parte del electorado nacional.

Así se nos cae ante nosotros y ante el mundo la máscara de país pura vida y nos devuelve cual reflejo en espejo el retrato de lo que realmente somos: un país conservador, firmemente creyencero y homofóbico, temeroso del progresismo, secuestrado hace tiempo por mercachifles de la fe cristiana, manipuladores de pensamiento, de conciencia y de diezmos, que han hallado en un país cuya educación y desarrollo han marchado en piloto automático y al garete desde hace décadas terreno fértil para impulsar sus agendas de dominación y control del poder político y económico a través de un supuesta aprobación directa de Dios y con énfasis en “la familia” y “los valores” — los de ellos obviamente, no los de una sociedad forzosamente diversa y multicultural.

No hay duda alguna de que el fallo obligatorio sobre el matrimonio del mismo sexo por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en enero pasado, fue el detonante nivel Hiroshima para el repunte de votos a favor de Fabricio y el PRN. Un fallo en el contexto de los tiempos justo y necesario, pero con un timing fatal en términos electorales que terminó eclipsando los demás temas, por demás urgentes, del país: infraestructura, economía y seguridad ciudadana.

Fabricio Alvarado es un político por accidente de la casualidad: sin estudios universitarios completos ni dominio de otros idiomas —ni siquiera el inglés— su trayectoria profesional se limita a ser periodista de noticiarios televisivos, cantante y predicador. Sin embargo esta última vocación lo ha dotado de un discurso seductor y poderoso con que ha convencido a cientos de miles de fieles en cultos evangélicos, unidos por los “valores familiares” y el rechazo categórico, rayano en el odio sin ambages, al colectivo LGBT, liberales y demás minorías que perciben como amenaza directa de los espíritus malignos, hijos de las tinieblas por ser violadores obtusos de la “ley de Dios” y por tanto inmerecedores de los beneficios de su Reino. De paso, ya vamos entendiendo un poco más cómo es que movimientos como el Tercer Reich nazi llegaron a ser lo que fueron.

Laura Moscoa, la esposa de Fabricio, no se queda atrás en su showmanship evangélico: Con evidencia más que difundida en vídeo, jura poder hablar en lenguas y sanar a los enfermos cual símil del mismísmo Jesucristo.

Y así este par de personajes, están, hoy, a un paso de hacerse con el Primer Poder de la República. Aparte del hazmerreír, el descrédito y el ridículo internacional al que estamos siendo expuestos desde ya mismo, Costa Rica está expuesta como nunca antes a caer en una espiral de decadencia y anarquía al más puro estilo de Honduras o Venezuela. No hace falta tener dos dedos de frente para tener claro que no es hablando en lenguas o haciendo cadenas de oración como nos vamos a congraciar con el FMI o el Banco Mundial. A menos que Carlos Alvarado y el PAC —que quedan vivos en la contienda y cuyo currículum es, digamos, más extenso— se pongan vivos y cambien radicalmente su estrategia para la segunda ronda electoral.

¿Y ahora qué?

A mi juicio y dadas las cosas como están, esto es parte de lo que debería ocurrir:

  • Aceptación y apoyo por parte de los derrotados. Carlos Alvarado, nos guste o no, estemos de acuerdo con el PAC o no, seamos liberales, socialdemócratas o lo que sea, es la cara decente que nos queda para estas elecciones. Carlos es joven, abierto a escuchar y tiene el potencial de ser un mejor conciliador y menos obtuso que su predecesor. Es necesario darle apoyo franco y total si no queremos terminar con un estado fallido y una teocracia ruinosa.
  • El PAC está obligado a modificar su discurso electoral. Esta es quizás una de las lecciones más duras y realistas de esta experiencia. No es predicándole más al coro ni enarbolando la imagen gay-friendly-progre-gluten-free como se va a conquistar los votos de sectores reacios a ese tipo de propuesta. Tampoco los votos de las regiones históricamente olvidadas del país donde los evangélicos han hallado caldo de cultivo para su agenda política. Habrá necesariamente que hablar más de familia y valores, hacer hincapié necesario en la urgencia de las reformas económicas que necesita para ayer el país, de cómo todo esto está encadenado para hacer factible el progreso social y la imagen internacional positiva de la nación, e —inevitable en un país como este— hacer las paces y “tender puentes” con la iglesia católica. Potenciar la inclusividad donde los evangélicos son débiles, como las figuras de la Virgen María, la Romería y demás ritos tradicionales.
  • Construir puentes, aunque nos cueste. Ayer ví a mi madre —una convencida del PAC— hablar largo y tendido con una simpatizante del PRN con preguntas sobre por qué lo apoyaba y así, y a la vez oía con paciencia sus respuestas. Yo me sentía como babosa retorciéndose en saco de sal y con ganas de aplastarle sus argumentos uno a uno, pero ahora en retrospectiva me queda claro: Eso es lo que hay que hacer. Dejar el orgullo a un lado y encarar directamente a quien votó por la opción evangélica. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué lo movió a elegir esa opción? ¿Qué es lo que más temen? ¿Qué temen ellos de la otra alternativa? ¿Es un temor real o imaginario? Una buena parte de quienes votaron por Fabricio, estoy seguro, lo hicieron porque nadie más les ha llegado con su mensaje o les ha expuesto otro punto de vista de las cosas. No conviene generalizar a todos los simpatizantes de ese partido como sujetos ortodoxos, inflexibles y llenos de odio que dividen al mundo entre aliados y enemigos. No es aislándonos cada uno en nuestros guetos ideológicos, tirando piedras a la distancia, como vamos a salir de esta actual crisis social.

Lo que se puede venir

Muchos observadores sostienen que en realidad Fabricio ha llegado al máximo posible de su caudal político, y si el PAC logra acertar al blanco la única bala que le queda, poniendo de su lado a rivales anteriores, Carlos Alvarado podría hacerse fácilmente con la presidencia. Sin embargo no hay que asumir que los evangélicos van a dormirse en sus laureles; ahora están más motivados y fuertes que nunca para seguir llevando agua a sus molinos, y sería —ya lo ha sido— un craso error subestimar su potencial de alcance.

Ahora, un punto final: ¿Segunda Ronda en un Domingo de Resurrección? Really? ¿No se podía programar otra fecha? Para entonces la mayoría de los ticos tienen la cabeza puesta en playa y vacaciones, no en contiendas electorales. Tras de que en segunda ronda disminuye sensiblemente la participación electoral, que encima se haga en un día donde todos se pelean con las presas de regreso a San José me pone un poco los pelos de punta. Encima en la segunda ronda no se gana por porcentaje, sino por mayoría simple. Un voto de más o de menos será crucial.

En fin, alea iacta est; esto es lo que hay, lo que quedó, y lo que sigue a partir de ahora depende total y enteramente de nosotros.

La era de Luis Guillermo Solís

lgs-nacion

Después de un larguísimo proceso electoral que incluyó segunda ronda, el próximo domingo 6 de abril se confirmará lo que ya se veía venir desde al menos un par de meses y más aún desde que su rival tiró públicamente la toalla: El catedrático Luis Guillermo Solís, candidato del PAC, se hará por evidente mayoría con la Presidencia de la República.

Pensar en otra posibilidad, siquiera remota, es desconocer la realidad de los hechos. La paciencia de los ticos con el bipartidismo y el anquilosamiento del poder de un ya de por sí impopular y autodesprestigiado PLN terminó —por fin— de derramar el vaso, y el pueblo les va a pasar la factura. Como persona, yo veo en don Luis Guillermo un candidato muy sui géneris a la usanza y gusto del costarricense: Conciliador, carismático, sin tendencias radicales, sin oratoria incendiaria sino más bien académica y reposada, y sobre todo una persona natural y accesible, sin poses clasistas ni estiramientos afectados. Tiene las cualidades para ser un estadista al estilo de José Figueres y muchos ven en él por esa misma razón la personificación de una nueva Edad de Oro costarricense, aludiendo a los “años buenos” entre las décadas de 1950 y 1970, cuando el país tenía indicadores económicos y sociales bastante estables y además fue la época dorada del Estado Benefactor y centralista, ideal que seguirá en pie bajo el mandato del partido próximamente gobernante a pesar del contexto globalizado en que hoy vivimos.

Hasta ahí, digamos, todo bien con Luis Guillermo. Sin embargo, para algunos nos es preocupante que un candidato que ha hecho de la conciliación y el diálogo su estandarte y carta de presentación no haya sido muy capaz de utilizar estas herramientas dentro de su propio partido. Pongo por caso lo que acontece con el infaltable líder, fundador y caudillo del PAC, Ottón Solís. Mientras Luis Guillermo y su equipo buscan negociar diferencias con tirios y troyanos en temas tan espinosos como el del empleo, las zonas francas y el plan fiscal, el fundador del partido y —agregan los más cínicos— el poder detrás de la silla presidencial, declara a los cuatro vientos una opinión distinta del asunto poniendo al candidato presidencial a correr, apagar incendios y desfacer el entuerto. Y si éste es un síntoma de cómo van a ser las cosas a lo interno del PAC durante los próximos cuatro años, ofreciendo señales ambiguas y con opiniones contradictorias entre los mismos líderes, va a ser muy difícil pretender que en esa disfonía de criterios pueda darse el cambio real que tanto esperan los ciudadanos.

También conviene ser realista; he visto muchas manifestaciones de mascaradas, desfiles con perritos y demás demostraciones corrongas que le encantan a la gente y que sin duda han logrado crear una empatía sin igual con don Luis Guillermo. Sin embargo, arreglar la problemática nacional que se ha ido acumulando durante las últimas tres décadas no se resuelve con payasos ni mascaradas ni buenas intenciones. Es más, cuatro años no van a dar para hacer el Gran Milagro que esperan muchos compatriotas y me temo por eso mismo que no pocos terminen decepcionados ante el divorcio de las expectativas versus la realidad posible (no somos un caso único; algo similar ocurrió con el gane de Barack Obama en EEUU en el 2009). Costa Rica es como una lancha en alta mar que se ha ido llenado de huecos en el casco y, para no hundirse, se ha visto forzada a achicar el agua con una sola y mísera taza de café. Tal es el volumen de la complejidad que se le viene al gobierno entrante.

Sin embargo, si no alcanzara el período presidencial de don Luis más que para “limpiar  la casa”, devolver la decencia a la política nacional y trazar el camino para las decisiones correctas que necesitamos tomar, sería aún así un cuatrenio infinitamente más provechoso y beneficioso para el país que las tres últimas décadas de administraciones anteriores. Aunque cómo lograr todo esto sin tocar un pelo de un Estado elefantiásico y grandemente ocioso, con privilegios e ingresos extremamente dispares en comparación con el sector privado que sostiene la economía nacional, es un enigma que no soy capaz de procesar ni razonar. Ni tampoco puede hacerlo el analista liberal JC Hidalgo, quien igual escribe sobre esta inquietud con más respaldo y sesudez de lo que yo podría hacerlo jamás.

Igual, ya a estas alturas donde todo en mi opinión ya está decidido, honestamente le deseo lo mejor a don Luis Guillermo y su equipo, y que las interrogantes que he escrito en este post y que no son solo mías sino también de muchos otros se vayan aclarando con el tiempo, ojalá a la mayor brevedad. Costa Rica, a pesar casi que de sí misma, sigue siendo un país único y maravilloso, y de lo que ocurra en este próximo gobierno que inicia depende que siga siendo así.

Foto: Gesline Arango / nacion.com

¿Por qué celebramos?

La celebración nacional

Estuvo en la cola de un venado. Por un momento parecía que no, pero al final se impuso el sí: La Selección Nacional de Costa Rica clasificó para el próximo mundial de Brasil.

Y eso, ya se sabe, es sinónimo de estallido unánime de júbilo en las calles, en los carros, en las casas de nuestro país. Hay alegría, felicidad, gozo, satisfacción. Esa sensación bonita de sentirse triunfadores, invencibles, así fuera con una muy esperada ayuda a última hora de Honduras. Tan determinante y pivotal es el fútbol en la psique nacional que la presidenta se adelantó a declarar —y posteriormente desmentir— un cuestionable asueto de empleados públicos en caso de triunfo de la Selección, pero que ahora, en vista de las circunstancias, se cumplirá de todas formas y a cabalidad a cargo de miles de heridos por la bala lenta del alcohol (genial frase que se la oí a Luis Chaves).

Paralelamente, asoman cada vez con más frecuencia e impulsados por las redes sociales los integrantes del otro bando, los que se autodenominan serios y “realistas” y a quienes cualquier cosa que tenga que ver con el fútbol y sus aficionados les provoca urticaria y hemorroides mentales. Los que no se cansan de recordarnos que estamos en un país que se cae a pedazos, que destila podredumbre a lo largo, alto, bajo y ancho de su esfera política  y donde en sus calles prevalece la ley del más fuerte, o más bien del más vivo. Y que afuera, como si fuera poco, tenemos a Obama y Putin con el dedo encima del botón para destruir Siria porque sí.  Y la verdad… sí, en todo eso tienen razón. Sin embargo, nada de eso me explica aún por qué aún teniendo todo eso salimos desaforados a celebrar algo que a la mayoría de nosotros no nos involucra más que como simples espectadores, que no v a a hacer que nuestros mil y un miserias cotidianas desaparezcan de la noche a la mañana, y que lejos de ponernos dinero en el bolsillo más bien nos lo quita en forma de entradas, televisores, camisetas y clubes de viajes.

Por eso me remito de nuevo a la pregunta del título. Intento a la ligera barajar varias opciones y teorías que suenen plausibles, como la de que siendo que en la cadena sin fin de reveses que han sido los últimos años de este vergel bello de aromas y flores, al menos haya algo que sí nos funciona: La Selección. Jorge Luis Pinto. El fútbol. Y por tanto a falta de mayores y mejores alegrías, se convierte en nuestro gran vehículo de catarsis que nos hace soportable la condena de tener este gobierno, estas calles y esta eterna crisis. Todo lo podemos en once muchachos que nos fortalecen.

También, en un país donde —se lo oí a alguien por ahí— la identidad verdadera es no tener identidad, el estandarte rojo-blanco-y-azul de la camiseta de la Sele es el único ícono que ha logrado lo que ni los símbolos patrios ni los trajes típicos ni la historia ni las enseñanzas educativas han podido: cohesionarnos en algo que quizás sea más parecido que podamos aspirar a una identidad nacional, bajo el mantra hipnótico del oé oé oé oeeeee Ticos Ticos. Quizás el único momento donde dejamos guardado nuestro individualismo egoísta para compartir un nacionalismo de balompié (peor es nada), que te deja pensando si no sería mejor que en vez de un Gobierno y Asamblea venidos a menos, no arregláramos todos los asuntos del país a punta de partidos de fútbol. De haber hecho eso hace rato, quizás seríamos ya una potencia mundial.

También en un plano más opinado y personal: Si hay alguien que es verdaderamente crítico de la situación nacional, levanto la mano. Hay demasiadas cosas que me disgustan de mi realidad inmediata y que me dan sentimientos de desazón e impotencia. Me aterra el porvenir nacional de los próximos cuatro años ante un PLN que amenaza con ganar las elecciones por inercia. Pero de ahí a tener una actitud perennemente antipática para con el prójimo que sí celebra “estar” en el Mundial… ¿a qué viene? ¿Gano puntos con ser el eterno amargado del grupo, del barrio, de Facebook? ¿Me aplauden, me dan likes por ello? ¿Paso por alguien sabido, profundo, maduro, intelectual? … Yo creo más bien que la verdadera sabiduría de un ser humano se manifiesta a través de la tolerancia y el respeto al prójimo. Sí, no es fácil cultivar ambos valores, pero en la vida hay innumerables ejemplos que nos demuestran que la gente admira mucho más a quienes aceptan a su prójimo como es, en vez de pretender aplastarlo con sus complejos de falsa superioridad.

¿Me tiene que gustar el fútbol entonces? Yo siempre fuí una tuerca para los deportes, y sobre todo para el fútbol. No conozco ni entiendo más que lo que veo esporádicamente por televisión. No veo cada partido de la Sele. Sin embargo creo que el convivir con una familia futbolera me ha hecho aprender no solo los rudimentos del deporte, sino la emoción, el júbilo, la empatía y esa alegría contagiosa que sí, puede ser algo aprendido por ósmosis, por tradición; pero que en todo caso siempre me será mil veces preferible a una reunión de intelectuales amargados.

Así, en conclusión: hoy que podemos, que tenemos con qué, celebremos. Mañana será otro día.

Créditos de foto: Rafael Murillo / La Nación