Orsai, la revista

Todo comenzó hará cosa de algunos meses. Hernán Casciari, un afamado escritor argentino que hace más de una década partió a España en busca de pastos más verdes, decidió así sin más —quizás no, pero lo parecía— quemar sus naves y lanzarse, junto con otros amigos igual de locos que él, a publicar una revista literaria titulada igual que su célebre blog, Orsai. Pero una revista de verdad. De papel. En impresión offset a color y papel couché de alta calidad. Y sin intermediarios ni publicidad ni amarres de ningún tipo, vendida directamente a quien quisiera adquirirla y por un monto realmente simbólico (15 periódicos sabatinos de tu país). Para el horror inicial de su esposa y el estupor de todos los demás. ¿Realmente habían perdido la cabeza, o estábamos por presenciar el primer brote de genialidad absoluta en mucho tiempo en el ámbito literario moderno e hispanohablante?

Así las cosas, quien esto escribe y poco más de otros diez mil cómplices repartidos por el orbe (no hay que minimizar el poder de convocatoria del señor Casciari) decidimos contribuir financieramente con la materialización de este sueño, algunos movidos quizás porque tenemos nuestras propias quijotadas que esperamos rentabilizar algún día y por tanto vemos en ello una inversión en karma; los más, porque aunque no supiéramos ni qué iba a haber de contenido ni qué aspecto tendría la revista, de algo sí podíamos estar seguros: el producto que recibiríamos a cambio sería de altos vuelos, o al menos interesante.

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Primero las disqueras; ahora, las editoriales

Se dice, se siente y está presente: Según los que saben, el 2010 será por fin el año del “libro electrónico”, llámese Kindle, Nook, iTablet o como sea que se llame el aparatito en boga que promete eliminar el papel de nuestras vidas, así como el MP3 ha eliminado la necesidad de discos físicos de música y YouTube pretende eliminar la necesidad de los canales de televisión.

Hace diez años, las discográficas —intermediarios del mercado de la música grabada— se sentían triunfantes, seguros de tener un negocio a prueba de balas y una entonces incipiente Internet que no representaba una competencia seria. Pero no tomaron en cuenta que el futuro los alcanzaría más rápido de lo que creían. Y cuando el futuro los alcanzó, en vez de encontrar una forma de adaptarse a las nuevas reglas del juego, hicieron las del niño que en un acto de berrinche se lleva la pelota para su casa anulando el juego; buscando chivos expiatorios y torciendo el brazo de la ley a su favor. Victorias pírricas que no han hecho sino retrasar un poco su inexorable extinción.

Ahora, por lo que parece, el turno les toca ahora a las editoriales, al menos en España (y como es de esperar, en América Latina estos fenómenos nos llegarán más tarde, pero llegarán al fin y al cabo). Volvemos a ver la misma historia, solo que en el caso del mercado del libro hablamos de un modelo de negocios que virtualmente no ha cambiado desde la invención de la imprenta por Gutenberg en el siglo XV. ¿Está realmente ocurriendo una transición masiva de preferencia hacia el libro digital, como los entusiastas de la tecnología nos dicen?

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