Lo que nos trajo El Regreso

Hace unos meses hablábamos por acá de la apuesta que el cineasta tico Hernán Jiménez le hizo al destino, al recurrir al crowdfunding para terminar su segundo largometraje, El Regreso. Después de meses de expectativas y atrasos, por fin a inicios de setiembre se estrenó la película en los cines del país. Era la hora de la verdad.

¿Con qué nos encontramos en El Regreso? Con esa Costa Rica que no aparece en la publicidad del Instituto de Turismo. Con ese San José insufrible, repelente e invivible que tenemos, lleno de humo, ruido, fealdad edificada, vendedores ambulantes, carteristas y suciedad. Con manifestaciones de nuestro cuartomundismo mediocrizante como las filas de-a-sentado y los burócratas que hacen de todo menos el trabajo que deben. Pero más que nada nos encontramos con Antonio, joven que llega de visita al país a ver a su familia después de diez años en Nueva York, y quien tras un shock cultural de marca mayor  y una serie de desafortunados incidentes halla imposible devolverse inmediatamente, como deseara, de nuevo a esa ciudad. En el interín, debe enfrentarse a una hermana histérica y obstinada de la vida, un padre moribundo al que le reclama su indiferencia y un sobrino al que no conoce. Complementan la intrincada trama su mejor amigo-vuelto-cholometalero, César (¡El mejor actor de la película, sin duda!) y Sofía, la vecina de tiempos lejanos que reaparece en la vida de Antonio y aporta aún más complejidad y enredos a su estadía forzada.

La película logra revolcarnos a muchos los sentimientos encontrados que nos produce el país, pero a la vez nos muestra cómo, en palabras del padre de Antonio, “estamos atados a aquellos de los que más queremos huir”. Por más que pretendamos desligarnos de la familia, del barrio o de la mismísima Costa Rica, en el fondo estamos librando una batalla inútil con ello. Así, el período en que Antonio se queda “varado” en el país al perder su pasaporte, se convierte en un período progresivo de autoreflexión y aprendizaje. Aunque también hay que decir que Hernán Jiménez, como actor de personaje principal, es un buen cocinero. Hacer escenas dramáticas aún le queda grande como una camisa triple Extra Large. Hace falta mucho más que ser director y tener una cámara para actuar simultáneamente como actor al nivel de Woody Allen o Clint Eastwood.

Lo que realmente salva a El Regreso de naufragar es el gran soporte de las actuaciones del resto del elenco. Desde el lanzamiento del trailer me hice super fan de Inti, el sobrino personificado por el niño Andre Boxwill, y los perfiles fuertes, casi eclipsantes,  de la hermana Amanda (Bárbara Jiménez) y el mejor amigo César (Daniel Ross). César, con su look entre glam y metalero y su forma de hablar, aporta muchos momentos hilarantes en el filme, pero también el momento —para mí— más importante de la trama, donde para en seco y ubica al quejoso insufrible de Antonio con una dosis de reality check, que como dice Víctor, debería ser materia de educación secundaria.

A poco más de dos semanas de estrenado El Regreso, no menos de 12.000 personas —que para nuestro país no son poca cosa— han asistido a ver la película en las salas de cine. Estamos hablando de una propuesta nacional que, como muchas otras le han precedido, ha tenido que disputarse la taquilla con otros estrenos extranjeros y de mucho más presupuesto. Me gustaría pensar que finalmente vamos evolucionando de pensar que hay que apoyar a una película sólo por el hecho de ser nacional, a apoyarla porque realmente tiene mérito de ser apoyada. El Regreso tiene ese mérito. Los que puedan, vayan a verla.

Bonus track: Una crítica analítica a la película del Semanario Universidad que pone más en detalle esas cosas de Costa Rica que nos provocan a más de uno sentimientos encontrados, y cómo aparecen en el filme.

Gestación

Breve paréntesis en este blog de posts monoparrafales para algo más –digamos– sustancioso. Como una reseña de cine nacional. Del que siempre ha sido escaso y ralito, pero que ahora viene con los tacos de frente y promete.

Gestación. De Esteban Ramírez, un joven lanzado a la quijotada de crear cine en Costa Rica. Tras varios cortos y un largometraje aplaudido pero un tanto pretencioso, Ramírez se volcó a hacer cine en buen tico, con un tema relevante, actual y tratado con una refrescante naturalidad. Se echaba de menos ver y oír el triunvirato del mae, puta y huevón y un San José tal cual, sin maquillaje ni poses afectadas aprobadas por el Instituto de Turismo, en una gigante pantalla de cine.

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Da fe ir a ver cine nacional y ver que por fin se está haciendo cine y no teatro filmado. Y ver a los jóvenes tal como son. Pretendiendo saberlo todo cuando en realidad no se sabe nada (todos hemos pasado por eso, ¿no?) y saberse incapaz de afrontar semejante “torta”, pero que “de algún modo” se resolverá. Con el amor, que todo lo puede. Qué lindo, ya casi lloro.

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Muchos somos los que de día trabajamos en Costa Rica y de noche vivimos en Costa Pobre. Tal como se ve en el film, siempre me ha llamado la atención que un río es lo que básicamente divide la pobreza de la riqueza en la capital. De un lado, el barrio obrero de Pavas; del otro, el Miami wannabe de Escazú. Polos opuestos que igualmente se reflejan en Jessie y Teo, los jóvenes protagonistas.

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Consideré muy bien retratados a Jessie y a Teo. Ella, con la madurez incipiente pero madurez al fin de su condición de mujer, y él, como estábamos muchos a esa edad, en otro planeta y siendo aún niños atrapados en cuerpos de hombres. Si algo me enseñó la película es que, a pesar de que a veces lamento no haber sido tan fogoso y jugado en mi adolescencia, no creo que quisiera volver a tener 17 años.

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No sabía que el Colegio Superior de Señoritas era un ídem de monjas. Pero es un safis que se tolera. Uno que no, el de una breve toma de La Nación con un titular evidentemente recortado y pegado a la carrera. Algunos sí nos fijamos en esas cosas.

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Concuerdo: Alba, la compinche de Jessie, es la que se roba el show en la película. Ver para creer. Le auguro un brillante futuro como actriz de seguir así.

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Si bien el filme tiene un porte profesional y se disfruta de principio a fin, hay partes en donde se hace un picadillo incomprensible de escenas. Mejor hubieran sido menos tomas pero más desarrollo en cada una de ellas.

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Veredicto final: Si pueden verla, véanla. Y si quieren leer críticas de verdad en vez de estas improvisaciones verborreicas, les refiero a las de Cristian en su Fusil y las de Víctor Fernández en Vuelta en U. Chan chan.