Steve Jobs, el gran líder carismático

A nadie le queda duda ya; cualquier gesto o cosa que haga hoy día el Tío Steve es noticia con ecos en todo el mundo. Si no, ¿cómo explicarse que medios que poco tienen que ver con la movida tecnológica pongan todo lo relacionado a Apple en primera plana? Y por eso mismo, el que se diga que el Mesías del culto Mac se retira de la escena —de nuevo— por razones médicas, y el consecuente desplome de las acciones en bolsa, por más que me parezca una reacción estúpida, ponen en evidencia el volumen de poder e influencia que este singular personaje ha tenido sobre las sociedades contemporáneas.

Pero precisamente por esa misma razón, ante un evidente quebranto progresivo de la salud de una figura tan icónica y su eventual final (algún día, al fin y al cabo), es que todos se preguntan si Apple podrá seguir siendo la compañía que es sin su carismático líder a la cabeza. Y a juzgar por lo que le pasó a otra compañía con otro gran líder carismático —Walt Disney—, me atrevo a decir que no. Al menos por un buen tiempo.

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La computadora invisible

Y en el vigesimoséptimo día de enero del dos mil diez el icónico Steve Jobs, el personaje más influyente de los últimos quince años en la informática personal, descendió de los escalones que llevan al sótano del Moscone Center y le develó al mundo la última de sus creaciones esperadas e hiperbolizadas a más no poder por la imaginación y las expectativas más delirantes de sus fans: el iPad.

¿Y el mundo vio que era bueno? En absoluto.

Lo primero que muchos vimos (me incluyo) en el nuevo objeto del deseo nerd creado por Apple fue un simple iPhone gigante sin teléfono y sin cámara. Basta ver además cómo mucho del software del sistema operativo del iPhone simplemente se recicló en el iPad. Y al no cumplir con las (ya de por sí imposibles) expectativas de muchos, se ha vuelto objeto de una furiosa perdigonada de burlas y críticas acidas ante lo “limitado” de sus prestaciones.

Sin embargo, algunos han hecho un esfuerzo por ver más allá de lo inmediato y el presente y han concluido que lo sucedido el miércoles pasado bien puede ser el comienzo de un nuevo paradigma en cuanto a la presencia de los computadores en nuestras vidas.

O mejor dicho, la ausencia de lo que nos parece obvio en el concepto de computadora y sistema operativo: Teclado, ratón, sistema de ficheros, periféricos. Todo ello parte de un modelo de desarrollo agotado por lo complejo que es para la mayoría de personas (aún para quienes pretendemos saber mucho de ello).

El fin de la computación multi-inclusiva

No extraña que la mayoría de críticas negativas hacia el iPad provengan del sector más geek de la sociedad, acostumbrado a ver en una computadora el equivalente de una navaja suiza que sirve hasta para lo que no podemos imaginarnos. Pero la verdad es que la inmensa mayoría de las personas no están interesadas en pasar su valioso tiempo configurando software o programando ajustes sólo para poder estar en Internet y enviar correos. No es realista pensar que todos los usuarios actuales de Internet son como los miembros de Slashdot.  Cuando la gente común consigue un aparato, espera que funcione al minuto, ejecute la tarea que debe y punto. ¿Cómo lo hace? ¿Puede ejecutar tareas múltiples a la vez? Eso es lo de menos.

El iPad nos pregona el inicio de la computadora como artefacto electrodoméstico. ¿Cuántos saben realmente cómo funciona la lavadora o el microondas de sus casas? A menos que te dediques a la reparación de estos artefactos, lo más probable es que no lo sepas. Pero sí sabes que con el microondas puedes calentar una comida en minutos, o que basta apretar un botón en la lavadora para arrancar todo un proceso desde el lavado hasta el secado.

Igualmente, hay muchas personas —nuestros padres, por ejemplo —  que quieren utilizar Internet, las redes sociales, las tiendas electrónicas… pero no tienen interés alguno en cómo eso se hace posible. Lo único que les interesa es llegar de A a B con el mínimo posible de procesos y problemas.

Ese, creo yo, es el verdadero propósito del iPad. Invisibilizar de forma definitiva la computadora e integrarla de manera natural —y casi sin darnos cuenta— en todos los aspectos de nuestra vida.

Lo que se viene

El consenso entre quienes han pensado y escrito con mayor autoridad sobre el tema que este servidor parece ser el que el iPad es un parteaguas entre los usuarios de computadoras; por un lado, el sector productor profesional de contenidos / geek / nerd que seguirá necesitando computadoras tradicionales, y por otro lado el resto de personas cuya vida no gira alrededor de una computadora pero que igual desean beneficiarse de la Internet y la comunicación social que conlleva con un mínimo de esfuerzo. A ellos es que está dirigido el mercado del iPad.

Y aunque muchos podamos cuestionar —con sobradas razones— el darle con ello aún más poder a Apple y los peligros de confiar ciegamente en una empresa con fines obvios de lucro, la verdad es que es demasiado pronto para sacar este tipo de conclusiones. Apple ha sido el primero en aventurarse a definir el próximo rumbo de la informática durante la próxima década, pero eso no quiere decir que tengan la última palabra. Para verdades, el tiempo.

Lecturas recomendadas

Steve.

Prácticamente no debe quedar ser humano en el planeta –si descontamos a las tribus brasileñas de los Yanomami y similares– que no haya oído hablar en algún momento del singular fundador y hoy CEO de la compañía informática Apple, Steve Jobs, o que se haya expuesto a alguna de las creaciones-objetos instantáneos del deseo que ésta ha producido a lo largo de los años y que han convertido a la compañía en un pivote de la informática mundial.

Sin embargo, para todo el protagonismo mediático y de masas con el que se puede definir el fenómeno Apple, la compañía posee un gran talón de Aquiles en lo que es precisamente la mayor de sus fortalezas: Su líder. O más bien, la eventual mortalidad y desaparición de su líder, como ya más de una vez ha estado a punto de ocurrir. Un gazapo de Bloomberg, publicando por error un obituario antes de tiempo, probablemente tuvo a varios inversionistas al borde del suicidio antes de que se aclararan las cosas. Apple, como Disney, Edison y otras compañías del pasado y presente, sufre de lo que Jim Collins y Jerry Porras en su libro Built To Last (en español: “Empresas que perduran”) describen como el “síndrome del líder carismático”, donde el fundador deviene en una figura mitológica, casi extraterrestre y de naturaleza irremplazable, por más boyante y estratificada que sea la empresa y donde, por tanto, la idea de perder al gran líder es asunto tabú y tema censurado mientras se pueda.

Y es que, cuando en las MacWorld Expos Steve Jobs desciende del Olimpo geek para presentar, él mismo, los nuevos y maravillosos juguetes de su compañía que todos inmediatamente desearán tener en sus manos, es imposible pensar en otra cosa que no sea lo evidente a primera vista: En ese contexto, Steve Jobs es Apple, Inc. Inventos como el iMac, el iPod y el iPhone le son atribuidos casi exclusivamente a su ingenio y creatividad. ¿Cómo concebir entonces una compañía como Apple sin la presencia de Steve Jobs?

Sin embargo el mismo Steve no ha titubeado en reconocer su propia mortalidad en vista de las circunstancias. Una de las partes más reveladoras de su ya famoso discurso en Stanford trata sobre la muerte con una naturalidad inusual. El texto dice, refiriéndose a su lucha contra el cáncer pancreático de hace unos años atrás: “Esto ha sido lo más cercano que he estado en enfrentar a la muerte, y espero que sea lo más cerca que esté por unas cuántas décadas más “.

Pero el aspecto del fundador de Apple, cada vez más delgado y magro, pone en tela de duda estas declaraciones. Sumémosle el hecho de que Jobs, un declarado budista y vegetariano, ha rehusado seguir tratamientos convencionales de medicina en favor de “alternativas” basadas en el Ayurveda, los chakras y demás yerbas por el estilo.

Nade de esto, sin embargo, parece quitarle el sueño al tío Steve, quien en sus palabras parece sereno en aceptar lo que venga. Pero es evidente que ni Apple, ni sus inversionistas, ni la gran comunidad de fanáticos de la marca por el mundo, están preparados para vivir en una era post-Jobs. ¿Y cuando suceda, qué pasará realmente? La respuesta sólo la tiene, como siempre, el tiempo.