Charlie Hebdo, las ideas y las personas

Charlie Hebdo (a partir de Rene Magritte)

Creo que desde los ataques terroristas del 2001 en Nueva York no había habido tal estado de shock en las noticias mundiales. El semanario francés Charlie Hebdo, hasta hace una semana apenas conocido en el ámbito francoparlante por su humor subversivo y sin ambages, fue víctima de un asedio terrorista donde dos individuos, armados, encapuchados y de probable conexión con el Estado Islámico, invadieron las oficinas de la revista y abrieron fuego, ultimando a su director-dibujante, Stéphane Charbonnier, y a otros cuatro caricaturistas más de renombre en Francia, de entre un total de doce víctimas mortales.

Como aficionado que he sido al dibujo de bande dessinée franco-belga —aunque Charlie Hebdo está más del lado de la caricatura político-editorial— los hechos me han impactado sobremanera, no sólo por la conexión evidente sino por el innegable golpe a la libertad de expresión que constituye este ataque. Miles de franceses y gente del resto del mundo se han unido en la calle o en las redes sociales bajo la consigna Je suis Charlie (yo soy Charlie), y de igual manera miles de opiniones cuestionando si el semanario francés “se lo había buscado” en virtud de sus caricaturas altamente provocadoras e irreverentes del profeta Mahoma (recordemos que según el Islam, la representación visual de todo profeta es prohibida).

Y no se crea que el semanario la emprendía solo contra el islamismo; el cristianismo también ha recibido de Charlie Hebdo su buena dosis de irreverencia. He aquí una foto que tomé al pasar en un puesto de revistas en París. Una figura evidentemente chocante para el discurso oficial de la “autoridad religiosa”; a mí más bien me pareció en ese momento maravilloso el hecho de que una publicación pudiera salir con una portada así y que no se acabara el mundo por ello. No es de extrañar en un país acostumbrado a la sátira incisiva como Francia, algo de lo que nuestros medios de comunicación hace mucho adolecen y por ello se nos hace raro e incómodo.

Charlie Hebdo - 2012
“El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”.

 

De todo lo que se ha dicho en Internet, apoyando o denigrando a la obra de los caricacturistas galos, me quedo con esta impresión: Bajo nuestro concepto occidental de una sociedad libre y democrática, la libertad de expresión no es algo concebible acompañado de una letra menuda de  “aplican restricciones”. De lo contrario no puede llamarse libertad.  Y eso incluye manifestaciones, expresiones y puntos de vista con los que evidentemente no estaremos de acuerdo. Toda ideología, creencia, opinión o pensamiento hecho público es susceptible de ser sujeto al escrutinio, análisis, opinión, crítica, aplauso o desaprobación de cualquiera. Ninguna religión, creencia o filosofía —construcciones y juicios de valor nacidos del imperfecto género humano, valga además agregar— está por encima del bien y del mal, en una especie de Olimpo intocable. Esta es la base de un sistema basado en el respeto a la libre expresión.

Pongamos un ejemplo práctico: la Extra, ese diario que de tiempo en tiempo recurre al gore sanguinolento y revulsivo en su portada para vender a través del morbo. No simpatizo con ni apoyo semejante práctica, pero tampoco puedo negarles el derecho a hacerlo. No estoy obligado a comprar ese periódico. Y los comentaristas que ante una portada de esas inundan las redes pidiendo que “cierren la Extra” no están siendo más tolerantes para con la libertad de expresión que los extremistas que hoy tienen en vilo a la humanidad con sus actos.

Que conste: tampoco confundamos libertad con libertinaje. El problema para mí surge cuando atacar una idea se confunde con atacar a una persona. No es lo mismo decir “El catolicismo es imbécil” que decir “Juan Pérez es un imbécil”. Juan, como persona y ciudadano en este caso, tiene derecho a defenderse con todos los recursos a su haber de semejante acusación. Una idea como ente abstracto-no-humano, en cambio, no puede reclamar para sí tales derechos, ni tomar ofensa ni partido ni opinión ni acción. Una idea simplemente es. El nivel de significado e importancia que cada uno le demos a esa idea es lo que hace la diferencia.

Las personas tienen derechos, las ideas no.

Entonces si Juan Pérez, católico y apostólico, toma ofensa con una opinión que diga que “el catolicismo es imbécil”, ¿es culpa del catolicismo como entidad, o de la interpretación personal que Juan hace para sí de esa frase? ¿Qué tanto define la religión a Juan como la persona/ciudadano que es, al punto de ofenderse por semejante descalificación?  En mi opinión, la convivencia pacífica y sana de los individuos con diversidad de criterios —como en cualquier sociedad moderna— es un valor que va más allá de cualquier aspecto religioso. Son los preceptos que se instauraron en el mundo moderno desde la Revolución Francesa de 1789. Un consenso basado en el raciocinio y el respeto mutuo entre personas donde la tolerancia con el pensamiento diverso es fundamental. Cuando en una sociedad se pretende imponer a la fuerza un criterio y juicios de valor homogéneos, eso generalmente ha venido en forma de dictaduras político-religiosas y regímenes totalitarios — algo con lo que cualquiera que haya vivido su vida en regímenes de libertad y democracia difícilmente va a estar de acuerdo.

Desafortunadamente, inculcar dichas corrientes de pensamiento en sociedades donde a fuerza de siglos de imposición de visiones obtusas del mundo, la humanidad y las religiones han adquirido una visión retorcida y funesta de las cosas se antoja una labor titánica y prácticamente imposible. Muchos aún esperan ver la movilización de grandes ejércitos para hablar de una “tercera guerra mundial”. A mí me parece que estamos metidos en ella hace mucho, y siendo ejecutada por un blanco difícil de atinar: “células durmientes”, organizadas por Internet, en lugares que se tenían por seguros. El enemigo del mundo civilizado hoy día no es el Islam; es la intolerancia alimentada por un fanatismo enceguecedor que no oye razones.

Para leer más

The Oatmeal  – How to suck at your religion

Cristian Cambronero – Libertad y sátira en un país sin sátira

El País – Derecho a la blasfemia

Revista Entérate – ¿Quiénes son los “yihadistas” franceses?

La era de Luis Guillermo Solís (II)

Bandera de Costa Rica

El post anterior surgido al calor de la victoria presidencial de la figura inesperada de Luis Guillermo Solís definía cómo me sentía al respecto en este momento. Hoy, ya a las puertas de que inicie formalmente su mandato, quería dejar registro del país que tenemos actualmente y ver si, a la vuelta de los próximos cuatro años, tendremos a cambio un país al menos ligeramente distinto. Los 1.300.000 votantes que pusieron a Solís en la silla de Zapote no esperan menos.

La administración saliente nos deja un país cascarón; que por fuera parece brillar para turistas e inversionistas (bueno, ya no tanto) pero por dentro está innegablemente podrido en lo político. La confianza y prosperidad del Estado ha sido ultrajada, abusada y violada sistemáticamente a lo largo de tres décadas por impresentables bipartidistas de traje, corbata y apellidos rimbombantes que se les olvidó que llegaron a servir y terminaron en vez sirviéndose con cuchara grande. Sí, han habido grandes aperturas comerciales, más flujo de capital comparado con lo que teníamos en la década de 1980. Con eso, deberíamos estar mejor — pero no lo estamos. Se han privatizado las ganancias y socializado las pérdidas.

Los zapatos presidenciales siempre le quedaron muy grandes a doña Laura Chinchilla. Gobiernos inclinados definitiva y descaradamente a proteger los intereses del gran capital más que al pueblo que los eligió y al que se debían. Tenemos una red vial colapsada y avergonzante, mal remendada a punta de puentes Bailey, sólo apta para suicidas; así como un sistema estatal en un todo dominado por la corrupción, la burocracia sin sentido y la imposibilidad institucionalizada, cosas que le hacen dudar a cualquiera de impulsar un emprendimiento serio en el país sin el temor de perder hacha, calabaza y miel. Un país que nadie sabe para dónde va… que no sea como el tango gardeliano, cuesta abajo.

Esto no podía —no puede— seguir así. Somos muchos quienes desde hace mucho tiempo atrás nos hemos hartado de la mediocridad  como estandarte nacional, del nadadito de perro, de la máquina de impedir en que se ha convertido el Estado costarricense.

Hay que reconocer que el gobierno de Luis Guillermo tiene la voluntad, y a la vez la obligación, de aplicar el freno de mano a todo este desmadre y a la mayor brevedad posible. Hemos aprendido que los grandes atestados académicos no garantizan la idoneidad de una persona en un cargo público — ahí tenemos de muestra la larga lista de ladronazos con títulos de universidades gringas y europeas que han pasado por el Gobierno en los últimos veinte, treinta años—. Ahora como nunca antes preferimos la honradez real a la de pose, el hacer al hablar,  lo bueno a lo perfecto. Sin embargo, don Luis no la va a tener fácil. Muchos de los beneficiados del antiguo esquema bipartidista, dueños del gran capital y de buena parte de los medios de producción, ciegos en su egoísmo individualista, harán lo imposible por entrabar las cosas defendiendo sus intereses privados. Y en esto, creo, valdrá oro ese espíritu conciliante, ecuánime y negociador que hasta ahora ha caracterizado al ex profesor de la UCR. Después de todo, una máxima tica no escrita es aquella de que hablando se entiende la gente. 

Una crónica del diario El País —excelente, por lo demás— nos etiqueta como un país “raro” por preferir los pájaros a los soldados. Pero a la vez esa “rareza” es lo que nos ha caracterizado y moldeado (para bien y mal a la vez) nuestro carácter país tan sui géneris. No somos de cambios radicales, ni de buscar conflictos con otros vecinos. Pero a la vez, creo yo, esa misma filosofía de vida resumida brillantemente en el pura vida también se ha prestado para que oportunistas y vivazos de aquí y de más allá vengan a hacer de las suyas, sabiendo que poco —si acaso— les va a suceder como consecuencia. Dice mi mamá, citando supuestamente a la Biblia: “Dios nos quiere mansos como palomas pero a la vez astutos como serpientes”. Como que va siendo hora y momento histórico de dejar de ser tan palomitas, por nuestro propio bien.

Es probable que en los muy anticipados “primeros 1oo días de gobierno” ninguna administración va a ser tan escrutinada, juzgada, analizada, y criticada en la historia del país como va a ser la del presidente entrante. El listón de las expectativas ha sido colgado muy alto y eso va a pesar bastante. Sin embargo don Luis Guillermo —quien ha descartado desde ya postularse para una reelección— ya ha dicho que no viene a hacer milagros, sino a enderezar el timón y a “limpiar la casa” para que las próximas administraciones, ojalá, prosigan con la labor de devolver al país a los índices de prosperidad y progreso que lo caracterizaron en el pasado. Ya solo con eso el país tendría mucho ganado.

Muchos podremos discrepar de cómo se logre esto, pero al punto en que estamos, lo importante es ver ya algo moverse, organizarse, progresar, surgir. Han sido demasiados años de impedimento y ataduras. Ya nos merecemos algo mejor.

 Fuente de foto: Foro de Costa Rica

 

La era de Luis Guillermo Solís

lgs-nacion

Después de un larguísimo proceso electoral que incluyó segunda ronda, el próximo domingo 6 de abril se confirmará lo que ya se veía venir desde al menos un par de meses y más aún desde que su rival tiró públicamente la toalla: El catedrático Luis Guillermo Solís, candidato del PAC, se hará por evidente mayoría con la Presidencia de la República.

Pensar en otra posibilidad, siquiera remota, es desconocer la realidad de los hechos. La paciencia de los ticos con el bipartidismo y el anquilosamiento del poder de un ya de por sí impopular y autodesprestigiado PLN terminó —por fin— de derramar el vaso, y el pueblo les va a pasar la factura. Como persona, yo veo en don Luis Guillermo un candidato muy sui géneris a la usanza y gusto del costarricense: Conciliador, carismático, sin tendencias radicales, sin oratoria incendiaria sino más bien académica y reposada, y sobre todo una persona natural y accesible, sin poses clasistas ni estiramientos afectados. Tiene las cualidades para ser un estadista al estilo de José Figueres y muchos ven en él por esa misma razón la personificación de una nueva Edad de Oro costarricense, aludiendo a los “años buenos” entre las décadas de 1950 y 1970, cuando el país tenía indicadores económicos y sociales bastante estables y además fue la época dorada del Estado Benefactor y centralista, ideal que seguirá en pie bajo el mandato del partido próximamente gobernante a pesar del contexto globalizado en que hoy vivimos.

Hasta ahí, digamos, todo bien con Luis Guillermo. Sin embargo, para algunos nos es preocupante que un candidato que ha hecho de la conciliación y el diálogo su estandarte y carta de presentación no haya sido muy capaz de utilizar estas herramientas dentro de su propio partido. Pongo por caso lo que acontece con el infaltable líder, fundador y caudillo del PAC, Ottón Solís. Mientras Luis Guillermo y su equipo buscan negociar diferencias con tirios y troyanos en temas tan espinosos como el del empleo, las zonas francas y el plan fiscal, el fundador del partido y —agregan los más cínicos— el poder detrás de la silla presidencial, declara a los cuatro vientos una opinión distinta del asunto poniendo al candidato presidencial a correr, apagar incendios y desfacer el entuerto. Y si éste es un síntoma de cómo van a ser las cosas a lo interno del PAC durante los próximos cuatro años, ofreciendo señales ambiguas y con opiniones contradictorias entre los mismos líderes, va a ser muy difícil pretender que en esa disfonía de criterios pueda darse el cambio real que tanto esperan los ciudadanos.

También conviene ser realista; he visto muchas manifestaciones de mascaradas, desfiles con perritos y demás demostraciones corrongas que le encantan a la gente y que sin duda han logrado crear una empatía sin igual con don Luis Guillermo. Sin embargo, arreglar la problemática nacional que se ha ido acumulando durante las últimas tres décadas no se resuelve con payasos ni mascaradas ni buenas intenciones. Es más, cuatro años no van a dar para hacer el Gran Milagro que esperan muchos compatriotas y me temo por eso mismo que no pocos terminen decepcionados ante el divorcio de las expectativas versus la realidad posible (no somos un caso único; algo similar ocurrió con el gane de Barack Obama en EEUU en el 2009). Costa Rica es como una lancha en alta mar que se ha ido llenado de huecos en el casco y, para no hundirse, se ha visto forzada a achicar el agua con una sola y mísera taza de café. Tal es el volumen de la complejidad que se le viene al gobierno entrante.

Sin embargo, si no alcanzara el período presidencial de don Luis más que para “limpiar  la casa”, devolver la decencia a la política nacional y trazar el camino para las decisiones correctas que necesitamos tomar, sería aún así un cuatrenio infinitamente más provechoso y beneficioso para el país que las tres últimas décadas de administraciones anteriores. Aunque cómo lograr todo esto sin tocar un pelo de un Estado elefantiásico y grandemente ocioso, con privilegios e ingresos extremamente dispares en comparación con el sector privado que sostiene la economía nacional, es un enigma que no soy capaz de procesar ni razonar. Ni tampoco puede hacerlo el analista liberal JC Hidalgo, quien igual escribe sobre esta inquietud con más respaldo y sesudez de lo que yo podría hacerlo jamás.

Igual, ya a estas alturas donde todo en mi opinión ya está decidido, honestamente le deseo lo mejor a don Luis Guillermo y su equipo, y que las interrogantes que he escrito en este post y que no son solo mías sino también de muchos otros se vayan aclarando con el tiempo, ojalá a la mayor brevedad. Costa Rica, a pesar casi que de sí misma, sigue siendo un país único y maravilloso, y de lo que ocurra en este próximo gobierno que inicia depende que siga siendo así.

Foto: Gesline Arango / nacion.com