Tracatechíngulis.

Tango, asado, mate, fútbol, gauchos y la belleza de sus mujeres; todas ellas, cosas que definen muy bien a Argentina y a su cultura popular. Cosas igualmente experimentadas al máximo en mi reciente viaje de vacaciones a ese país. Pero esta vez me interesa concentrarme en una de las mejores experiencias en lo que al “artista” que llevo dentro e intento redescubrir últimamente concierne, ocurrida de forma prácticamente improvisada y por pura casualidad un frío y lluvioso miércoles en la ciudad de Buenos Aires.

Hace cosa de siete u ocho años en un período muy particular de mi vida estaba trabajando para don Carlos Figueroa, un profílico creador de material infantil a nivel nacional cuyas creaciones influyeron de manera decisiva en generaciones como la mía. Fue en ese tiempo también que comencé, por medio de revistas viejas en poder de don Carlos y de un amigo porteño llamado Germán, a descubrir la obra de otro gran creador y, en definitiva, el símil del primero en la Argentina: Don Manuel García Ferré, un español que llegó en la década de los cuarentas del siglo pasado al país de la Plata a trabajar como dibujante comercial y quien, con el tiempo, formaría un emporio mediático que produjo una cantidad invaluable de revistas, programas de televisión y largometrajes animados, con niveles de calidad y producción únicamente comparables a los de Walt Disney en su época.

Yo, que siempre he tenido afinidad por este tipo de cosas y admiración por esta clase de personas, averigué cuanto pude de este singular creador en Internet, en buena parte gracias al mismo Germán, quien además me pasó algún material gráfico desde Argentina. Pasaron los años sin prisa pero sin pausa, y cuando por fin —después de varios intentos fallidos— se me presentó la oportunidad de pasar unas semanas de vacaciones y un pasaje cómodo de avión a Buenos Aires, no lo pensé dos veces.

El caso es que Germán y yo nos encontramos por fin en la capital del tango y, entre otras cosas en plan de city tour, me propuso visitar el sitio de las actuales oficinas de García Ferré —quien a sus 79 años sigue increíblemente activo en su trabajo—, un décimo piso en el edificio 1386 de la famosa avenida Corrientes, con tal de conocer y decir “aquí estuvimos”. Nada muy pretencioso, especialmente al toparnos con una oficina de puertas cerradas y aparentemente desierta. Entonces se nos ocurrió grabar algo como para no haber hecho el viaje en vano. Y en eso… el video lo dice mucho mejor que mil palabras.

No creo que pueda decir acá mucho más de lo que el video, ya por sí solo, muestra. Sólo quiero agregar que el respeto y admiración que tengo hacia este verdadero Quijote de la animación y la historieta en Suramérica que se atrevió a hacer escuela donde muchos probablemente decían que no era posible se incrementó en un ciento por ciento. Hubiera deseado poder discutir tantas cosas con él allá, pero creo que pedirle más a mi suerte hubiera sido demasiado. Junto a otros fanáticos y amigos de la Argentina, compartimos el interés de que sus creaciones —cuya producción fue golpeada duramente por la crisis económica del 2001— no decaigan en el olvido o en mero artefacto de nostalgia, pues si algo hace falta en la generación actual de futuros ciudadanos de nuestros países es esa combinación de entretenimiento sano, pícaro y divertido con enseñanzas útiles para el resto de la vida. Como el del mundo de los personajes de García Ferré.

Dunant.

dunant1.jpg

El anuncio en el tablón de mensajes del gimnasio sonaba muy tentador: “Gran caminata del Volcán Irazú a Guápiles”. Un trayecto de al menos 20 kilómetros entre territorio volcánico y parte del bosque lluvioso por el que nuestro país es tan conocido. Siendo asiduo cliente del gimnasio desde hace ya casi dos años, me sentía con la suficiente capacidad y confidencia para inscribirme en semejante aventura.

Por fin, llegó el sábado donde un grupo de al menos 80 personas abordamos dos buses rumbo a nuestro destino: el Volcán Irazú. Partiendo de allí, nos esperaba un trayecto que comprendía caminos de lastre y senderos abiertos en lo más profundo de la selva del bosque lluvioso. El camino está bordeado con paisajes que parecen sacados de Heidi o alguna otra alegoría fantástica del campo. Luego llegó el turno de adentrarse en la jungla, donde la humedad constante y el barro fueron haciéndose más y más omnipresentes, hasta llegar al punto de que era inútil evitar embarrarse los pies, medias y demás. Para peores, se me ocurrió a última hora buscar zapatos “de montaña” el día anterior, sólo para comprobar que los que me vendieron no eran tal cosa. Esto me costaría eventualmente la sanidad de mis pies.

dunant2.jpg

Se calcularon 8 horas para recorrer el trayecto en su totalidad; sin embargo, lo que no nos dijeron a muchos de nosotros es que ese tiempo estaba calculado para superhombres y supermujeres, de esos que prácticamente viven en el gimnasio y se mandan cada fin de semana a hacer triatlón para matar el aburrimiento. El caso es que para este servidor y 3 personas más las 8 horas se nos hicieron muy, pero muy cortas para salir de la jungla, y el temor de que llegara la noche y nos atrapara sin salida en medio de la selva era cada vez más real. Nuestros temores se confirmarían más tarde.

En nuestro grupo (el de “retaguardia”) contábamos con un guía experimentado que, sin embargo, al llegar a una encrucijada nos orientó en dirección equivocada. Durante la noche intentamos cruzar el hostil trillo con linternas, pero los constantes golpes y resbalones en el barro y el insoportable dolor de pies convirtieron el intento en una fatal tortura, al menos para mí. Eventualmente decidimos que era inútil seguir intentando salir por la noche y decidimos intentar dormir en un área al lado del trillo y notificar por todos los medios disponibles a las demás personas para resolver la situación lo más pronto posible. Imagínense el tener que pernoctar en media selva sin un sleeping bag, con un dolor de pies insoportable y con un frío que calaba los huesos. Yo no tuve que imaginármelo, lo tuve que vivir.

Sin embargo, no estaba escrito en el destino que hasta ahí llegábamos. Poco antes de ponernos a dormir, escuchamos gritos de un primer cuerpo de voluntarios de la Cruz Roja Costarricense. ¡Los milagros existen! Estas personas llegaron a suministrarnos primeros auxilios, sábanas y plásticos para enfrentar el frío de la noche. Por decisión unánime decidimos pernoctar en el sitio antes de continuar buscando la salida de la jungla a primera hora del día siguiente.

dunant3.jpg

Al amanecer, nuestro guía, las tres otras víctimas, quien esto escribe y los tres voluntarios cruzrojistas retomamos el trayecto. En el camino nos topamos a otro grupo más de cruzrojistas, quienes nos trajeron comida, inyecciones y hasta aguadulce para seguir adelante. Incluso se movieron para obtener un caballo que me ayudara a salir más rápido, pero cuando apareció el caballo con su dueño, no mostró mayor interés en colaborar (¡Hay que ver la mezquindad de algunos!). Aún con la ayuda innegable de la Cruz Roja, nos tomó alrededor de siete horas (a mí más, con mis pies desechos y en excruciante dolor) llegar al río donde esperaba el transporte para trasladarnos a su base de operaciones en Guápiles y de ahí tomar transporte de regreso a San José.

Si algo aprendí de esta aventura, es a tener profunda admiración y respeto por la Cruz Roja. Más aún cuando, conversando con ellos después de que pasó todo, me entero que ellos lo hacen todo de forma absolutamente voluntaria; ellos no perciben un centavo por sus labores de rescate, los mueve prácticamente el deseo de ayudar al prójimo. Si eso no es en sí digno de admiración en estos tiempos, no sé yo qué cosa podría serlo.Uno quizás no comprende del todo la importancia que tiene la existencia de esta institución hasta que a uno le toca vivir una situación en donde ellos son la única ayuda disponible. En este momento estoy casi que paralítico producto de las múltiples contusiones y dolores que espero sanen con los días, pero el sólo ser capaz de poder escribir esto y vivir para contarlo es, ya en sí, un gran milagro. Incito grandemente a que colaboren en lo posible con la Cruz Roja de su localidad.