Por las Plumas: Cine sin ingredientes artificiales

Elenco de "Por las plumas"

 

Gracias a los avances tecnológicos la producción cinematográfica costarricense tiene cada vez más presencia. Y así, el largometraje Por Las Plumas del novel director Neto Villalobos va en camino a convertirse en la película revelación nacional del 2013. ¿Pero qué tiene esta película de diferente respecto a lo que hemos visto de otros realizadores nacionales y jóvenes, como Hernán Jiménez?

Esta película se autodefine como una “comedia”, sin embargo y aunque los elementos comédicos están presentes e identificables, hay algo en el filme que siento va más allá del intento superficial de la risa, sin caer por un lado en el drama exagerado, maniqueo y lamentoso del “realismo social latinoamericano” ni por otro lado en lo que me gusta definir como teatro filmado, algo que nos ha costado mucho sacarnos de encima en el cine. Quizás el mérito de Por las plumas radica precisa y justamente en todo lo que más bien no es ni pretende ser: Un panegírico artificial, políticamente correcto e idealizado de la vida de un pueblo costarricense. Para eso ya tenemos al ICT, a los “esenciales” y los anuncios de cerveza Imperial.

El argumento de la película gira alrededor de Chalo, un guarda de seguridad privada con un ambiente laboral de mierda en un pueblo perdido de Costa Rica (en la vida real, Puriscal) y Jason (Jasón, nos corrige el actor) quien ingresa como guarda de relevo y por el cual, a través de un gallo de pelea que Chalo adquiere y bautiza con el ambicioso nombre de Rocky terminan fraguando una relación de amistad a toda prueba. De hecho, la temática de las peleas de gallos apenas tiene presencia en el filme, pues para el director ha sido más importante mostrar las interacciones que suceden entre los personajes a raíz del gallo como elemento conector.

El ritmo de la película es atípico a lo que estamos acostumbrados en el cine nacional. Nuestro horror vacui y el culto a la apelotazón se dan de frente con los episodios de silencio que a veces pecan de excesivamente largos y ceremoniosos, pero a la vez nos adentran en un proceso de visualización y ritmo que creíamos perdidos en esta generación nacida entre el síndrome de déficit atencional y Youtube.

Quizás lo más rescatable del filme es la pasmosa naturalidad con que se desarrollan los diálogos entre los personajes, en puro tico, sin filtros, impostaciones ni refinamientos, pero sin caer tampoco en la pachucada (por demás innecesaria) ni la falsedad de algo que pretenda ser sin serlo. Más autén-tico que esto, imposible. Y como si esto no bastase, el aporte visual termina por subrayar la autenticidad y el origen de su esencia: los buses Blue Bird de 40 años de antigüedad y aún en servicio, la empleada doméstica convertida en “representante de ventas Avon”, los patios de casas llenos de ladrillos block, barro, chatarra y hasta un excusado relevado de sus funciones pa’que no le falte, y la presencia infaltable de una casa cualquiera convertida en templo evangélico, haciendo énfasis —junto con los testimonios de Jasón— en la omnisciencia de la religión cristiana en la sociedad costarricense. Estamos pues —en palabras del crítico William Venegas— ante un escenario de neocostumbrismo, ya no desde la óptica idealizada y bucólica de las Concherías de Aquileo Echeverría, sino desde el lente roto y sucio de una sociedad a la que le ha tocado recoger los pedazos de la pobreza, el atraso y la indiferencia gubernamental que ha dejado a su paso la aplanadora de la globalización, pero que es de lo más realmente real que tenemos, que está ahí, y que es la Costa Rica de verdad para muchos compatriotas. Pero donde también hay otra especie de belleza; la de su gente y sus sentimientos.

Con todo, la película está lejos de ser perfecta (¿habrá alguna que lo sea, acaso?) y repite el vicio de los desenlaces abruptos y carrereados que se han visto en tantos otros filmes nacionales. Sin embargo, los aportes que ofrece Por las plumas al cine nacional pueden marcar fácilmente un antes y un después en nuestra aún naciente historia cinematográfica. Bien vale ir a verla.

 

¿Por qué celebramos?

La celebración nacional

Estuvo en la cola de un venado. Por un momento parecía que no, pero al final se impuso el sí: La Selección Nacional de Costa Rica clasificó para el próximo mundial de Brasil.

Y eso, ya se sabe, es sinónimo de estallido unánime de júbilo en las calles, en los carros, en las casas de nuestro país. Hay alegría, felicidad, gozo, satisfacción. Esa sensación bonita de sentirse triunfadores, invencibles, así fuera con una muy esperada ayuda a última hora de Honduras. Tan determinante y pivotal es el fútbol en la psique nacional que la presidenta se adelantó a declarar —y posteriormente desmentir— un cuestionable asueto de empleados públicos en caso de triunfo de la Selección, pero que ahora, en vista de las circunstancias, se cumplirá de todas formas y a cabalidad a cargo de miles de heridos por la bala lenta del alcohol (genial frase que se la oí a Luis Chaves).

Paralelamente, asoman cada vez con más frecuencia e impulsados por las redes sociales los integrantes del otro bando, los que se autodenominan serios y “realistas” y a quienes cualquier cosa que tenga que ver con el fútbol y sus aficionados les provoca urticaria y hemorroides mentales. Los que no se cansan de recordarnos que estamos en un país que se cae a pedazos, que destila podredumbre a lo largo, alto, bajo y ancho de su esfera política  y donde en sus calles prevalece la ley del más fuerte, o más bien del más vivo. Y que afuera, como si fuera poco, tenemos a Obama y Putin con el dedo encima del botón para destruir Siria porque sí.  Y la verdad… sí, en todo eso tienen razón. Sin embargo, nada de eso me explica aún por qué aún teniendo todo eso salimos desaforados a celebrar algo que a la mayoría de nosotros no nos involucra más que como simples espectadores, que no v a a hacer que nuestros mil y un miserias cotidianas desaparezcan de la noche a la mañana, y que lejos de ponernos dinero en el bolsillo más bien nos lo quita en forma de entradas, televisores, camisetas y clubes de viajes.

Por eso me remito de nuevo a la pregunta del título. Intento a la ligera barajar varias opciones y teorías que suenen plausibles, como la de que siendo que en la cadena sin fin de reveses que han sido los últimos años de este vergel bello de aromas y flores, al menos haya algo que sí nos funciona: La Selección. Jorge Luis Pinto. El fútbol. Y por tanto a falta de mayores y mejores alegrías, se convierte en nuestro gran vehículo de catarsis que nos hace soportable la condena de tener este gobierno, estas calles y esta eterna crisis. Todo lo podemos en once muchachos que nos fortalecen.

También, en un país donde —se lo oí a alguien por ahí— la identidad verdadera es no tener identidad, el estandarte rojo-blanco-y-azul de la camiseta de la Sele es el único ícono que ha logrado lo que ni los símbolos patrios ni los trajes típicos ni la historia ni las enseñanzas educativas han podido: cohesionarnos en algo que quizás sea más parecido que podamos aspirar a una identidad nacional, bajo el mantra hipnótico del oé oé oé oeeeee Ticos Ticos. Quizás el único momento donde dejamos guardado nuestro individualismo egoísta para compartir un nacionalismo de balompié (peor es nada), que te deja pensando si no sería mejor que en vez de un Gobierno y Asamblea venidos a menos, no arregláramos todos los asuntos del país a punta de partidos de fútbol. De haber hecho eso hace rato, quizás seríamos ya una potencia mundial.

También en un plano más opinado y personal: Si hay alguien que es verdaderamente crítico de la situación nacional, levanto la mano. Hay demasiadas cosas que me disgustan de mi realidad inmediata y que me dan sentimientos de desazón e impotencia. Me aterra el porvenir nacional de los próximos cuatro años ante un PLN que amenaza con ganar las elecciones por inercia. Pero de ahí a tener una actitud perennemente antipática para con el prójimo que sí celebra “estar” en el Mundial… ¿a qué viene? ¿Gano puntos con ser el eterno amargado del grupo, del barrio, de Facebook? ¿Me aplauden, me dan likes por ello? ¿Paso por alguien sabido, profundo, maduro, intelectual? … Yo creo más bien que la verdadera sabiduría de un ser humano se manifiesta a través de la tolerancia y el respeto al prójimo. Sí, no es fácil cultivar ambos valores, pero en la vida hay innumerables ejemplos que nos demuestran que la gente admira mucho más a quienes aceptan a su prójimo como es, en vez de pretender aplastarlo con sus complejos de falsa superioridad.

¿Me tiene que gustar el fútbol entonces? Yo siempre fuí una tuerca para los deportes, y sobre todo para el fútbol. No conozco ni entiendo más que lo que veo esporádicamente por televisión. No veo cada partido de la Sele. Sin embargo creo que el convivir con una familia futbolera me ha hecho aprender no solo los rudimentos del deporte, sino la emoción, el júbilo, la empatía y esa alegría contagiosa que sí, puede ser algo aprendido por ósmosis, por tradición; pero que en todo caso siempre me será mil veces preferible a una reunión de intelectuales amargados.

Así, en conclusión: hoy que podemos, que tenemos con qué, celebremos. Mañana será otro día.

Créditos de foto: Rafael Murillo / La Nación

(No) quiero tener un carro

El trafico imposible

 

Pocas cosas cambiaron tan profundamente a las sociedades de la tierra como el invento y la popularización del automóvil. Si bien los autos existen desde hace más de cien años, no fue sino hasta los últimos cincuenta en que dejaron de ser artículos de lujo al alcance de unos pocos para convertirse casi que en un derecho inalienable del individuo moderno. Se han construido edificios, ciudades, autopistas y un sinfin de estructuras para acomodar las ingentes consecuencias de la democratización automotriz.

Pero ¿hasta cuánto y hasta cuándo? La foto que ilustra este post es correspondiente a la presa más grande registrada hasta ahora: once días seguidos de atasco de cien kilómetros de largo en China, en el 2010. Nos suena a ciencia ficción, pero a mi juicio personal no me sorprendería en absoluto que en Costa Rica nos ocurriera (proporcionalmente) algo parecido.

Lo confieso: Manejo un vehículo desde hace más de diez años —  un venerable y a estas alturas poco agraciado Tercel familiar que ya ha superado el cuarto de siglo y pide a gritos el relevo negado a través de múltiples tiempos extra y falta de fondos. He andado tras el volante por buena parte de Costa Rica y las costas de Estados Unidos, por años tuve que soportar la imposiblidad de las horas pico al salir de la oficina (paliada en los últimos tiempos por el gimnasio vespertino). Pero ahora que llevo dos años trabajando desde casa u otras partes del mundo, agradezco al universo por no tener que pasar más tras un volante dos o más horas al día. Más bien, me parece una triste y estresante pérdida de tiempo a lo que se sujetan cientos de miles de nuestros ciudadanos, intentando llegar de A a B a través de ese nudo gordiano e insoluble que la infraestructura vial nacional (o debería decir, más bien, la falta de infraestructura vial). Si necesito ir a San José, últimamente prefiero sortear las vicisitudes del transporte público antes de enfrentarme a presas, guachimanes extorsionadores, tachadores, parqueos inexistentes y demás plagas que no concibo cómo es que a alguien puede parecerle normal tener que lidiar a diario con todo eso.

Con la excepción de la “autopista” (que no lo es) a Caldera, en treinta años no se ha planeado ni realizado ninguna obra vial importante en el país. Todo de ahí a esta parte han sido remiendos, parches mediocres y puentes Bailey. Por las mismas calles planeadas para tráfico de los años 70, hoy deben transitar centenares de veces más carros, buses, motos y vaya a saber uno que más. El caos. Entre Heredia y —digamos— San Pedro de Montes de Oca, la diferencia es de quince a diecisiete míseros kilómetros. Sin embargo, el atasco presente en casi todas las 24 horas del día hace que transitar entre ambas ciudades se sienta lo más parecido a un trayecto intergaláctico de miles de años luz y sin posibilidad de desconectarse de la Matrix, algo a lo que solo un masoquista extremo podría encontrarle la gracia. Así, las ciudades de nuestro Valle Central se convierten en islotes de facto, en micropaíses aparte, divididos por las fronteras infranqueables del tránsito colapsado.

Entre tanto, en viajes por el mundo me he visto expuesto a diversas ciudades donde han surgido alternativas de transporte. Para no hablar del ya conocido dominio de la bicicleta en Amsterdam, en Nueva York me ha dado buena impresión el éxito que ha tenido Citi Bike, un sistema pago de bicicletas compartidas. Un gran cambio desde la primera vez que visité esa ciudad hace tres años. Pero también hay que tener presente lo plano y por tanto poco demandante físicamente de ciudades como lugares como Holanda o Manhattan, lo cual contribuye en no poco a la adopción popular de la bici. Nuestra accidentadísima orografía es, desde esa óptica, algo desmotivante para cualquiera que no sea un ciclista aficionado en forma o aspirante al Tour de France.

* * *

Dicho esto, yo califico la tenencia de carro (o moto) en Costa Rica como un mal necesario. Dejando de lado la evidencia que le hace a uno pensar que el tener un vehículo está promulgado como deber ciudadano en algún artículo de la Constitución Política, sumado a nuestro mantra cultural y no escrito pero sí asimilado de tengo carro/ luego existo, la realidad es que las grandes deficiencias del transporte público y la ausencia total de planificación vial y urbana prácticamente te empujan a tener algún medio propio de transporte. Si no es para ir al trabajo o pasear, será para las compras del súper y así. Hay muchos lugares, pueblos e incluso ciudades donde no existe una forma de desplazarse —al menos no de una forma remotamente decente— por transporte público. Hemos pretendido calcar la explosión suburbana de los EE.UU, y tener en San José el tráfico vial de Miami o Los Angeles sin tener el terreno ni las carreteras ni la planificación ni la iniciativa ni nada. Copiamos el empaque pero no el contenido.

Pero honestamente cuando veo los tweets que publica @traficocr todos los días, me pregunto muy en serio si realmente, así las cosas, quiero gastar una millonada en un vehículo nuevo. Para mí es un dilema como el de Cortázar y su reloj.  El problema es que en mi caso es casi una obligación. La antigüedad del nuestro ya está generando más inconvenientes de lo soportable y, la verdad les confieso, fantaseo con poder desplazarme un fin de semana cualquiera hacia —no sé— Turrialba o Santa Cruz en un carrito servicial que no se quede sin aire a medio trayecto.

Pero muy en el fondo, creo que lo que realmente quisiera es otra cosa.