A propósito del Colegio de Diseñadores y los gremios audiovisuales

Cuando yo estaba por terminar el colegio secundario, una de mis fantasías era poder estudiar animación 2D como una carrera. Algunos años atrás había comenzado a tener interés y pasión por el dibujo, y siempre soñé con ser como esos que dibujaban para las películas de Disney u otros estudios parecidos. Mandé cartas a universidades del extranjero que contactaba a través del Centro Cultural Costarricense Norteamericano, en esos tiempos sin Internet. Recibí muchos folletos y formularios maravillosos. Lo que no era maravilloso era el costo anual, imposible de cubrir para mí, y sin opciones de beca tuve que tomar decisiones más prácticas, como procurar ingresar a la UCR y a la Facultad de Bellas Artes. Que era en esos tiempos la única opción viable en el país para alguien que quisiera estudiar diseño, como yo.

Mientras intentaba sacar un título de Artes Gráficas en esa institución, llegó Internet y me transformó por completo la vida. Tanto así que, aunque logré terminar el bachillerato y graduarme a pesar de infinitas veces de querer dejar todo tirado, nunca ejercí realmente la profesión. Mi experiencia en publicidad y diseño tradicional fue más bien poca, y lo que empezó por una cuestión de fiebre de computín (hacer diseño web) me fue llevando por muchos trabajos y experiencias hasta llegar a trabajar con multinacionales de renombre y a trasladar mi enfoque a la Arquitectura de Información. No recuerdo un sólo trabajo en donde el ser titulado (a pesar de que se ve bien en un curriculum) haya tenido más peso en mi contratación que la experiencia y trabajos previos que realicé en el campo.

Escribo esta pequeña anécdota a propósito de varios eventos que están desatando un polvorín en los gremios profesionales del diseño gráfico, la animación y la ilustración nacionales (¡Estamos progresando! Hace 20 años hablar de profesionales de animación en Costa Rica era impensable!).
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Autofinanciando la cultura

Realmente no escucho radio salvo cuando manejo pero igualmente es un poco triste ver cuando emisoras que ofrecen algo distinto del repertorio populachero-chabacano en el país se ven obligadas a desaparecer, condenadas al limbo del ostracismo. La última baja en este campo: la de la emisora de corte clásico y de jazz 95.9. Y como usualmente sucede en estos tiempos, se corre a armar un grupo salvavidas en Facebook. Pero temo que de poco sirva a estas alturas que la decisión parece tomada.

Primero ubiquémonos dónde estamos: aunque odiemos admitirlo, económica y culturalmente seguimos siendo tercer mundo, y para los anunciantes de radio locales, el único target rentable es ese que se desgalilla viendo a la Sele, se ríe con programas de chistes vulgares, practica el coito con ropa a ritmo de reggaetón y se zampa el chifrijo del almuerzo con las portadas sanguinolentas de la Extra o los culos de la contraportada de La Teja. Lo demás tiene escasa “masa crítica” para atraer el dinero y las pautas que toda institución radial comercial necesita para sobrevivir.

Así las cosas, sólo quedaría Radio Universidad como la única proovedora de música “culta” en señal abierta en el país. Pero esta radio al ser parte de una institución del Estado no necesita tener ganancias ni audiencia para justificar su existencia. ¿Qué alternativas existen entonces fuera del ámbito estatal para ofrecer cultura y sobrevivir?

Desde hace varios años sigo por Internet una emisora de música clásica de Carolina del Norte (EEUU), la WCPE. Esta emisora tiene más de 30 años de estar al aire, no pauta comerciales y no es una institución estatal. ¿Cómo sobreviven? Fácil (y no, a la misma vez): WCPE recurre a las donaciones voluntarias de sus oyentes (incluso reciben carros viejos y cosas así), y a dos campañas de recolecta de fondos por año. El llamado a contribuir es constante pero no molesto, y además son sumamente activos en Facebook y Twitter. Incluso tienen un sistema escalonado de “membresía voluntaria” en donde según el monto ofrecido se ofrecen desde cosas como jarras de café o camisetas hasta cuñas tipo “La siguiente hora es patrocinada por tu nombre aquí” y cosas por el estilo. Muy en tono con el modus operandi de Kickstarter.

En otro tipo de categoría musical está otra emisora online llamada Soma FM que tiene al menos diez años de existir (bueno, yo al menos llevo diez años escuchándola) Soma FM igualmente transmite música poco o nada comercial sin anuncios. Pero del mismo modo apela constantemente a contribuir, e incluso es posible donar automáticamente una cantidad simbólica cada mes (desde 1 dólar) por medio de Paypal. A cambio y según el monto de la donación, puedes recibir cosas como camisetas, bolsos y otros.

¿La única desventaja? Que su audiencia, por el momento, está restringida a quien use Internet. El concepto de radio satelital que permite la existencia de emisoras nicho por subscripción no parece haber tenido éxito fuera de EEUU y Canadá, y aún no es posible captar una señal de Internet en un carro. Pero la tendencia está clara y marcada; el futuro de cualquier iniciativa cultural fuera del radar del populacho no está en el ámbito de la TV, la radio comercial o la prensa, sino que está definido y financiado por sus mismos oyentes-consumidores. Ahí queda.