Götterdämmerung

Jorge Luis Pinto

Se me ocurre que un foráneo que haya seguido nuestro periplo mundialista de Brasil nos califique, ante la intempesitiva renuncia del técnico-estrella Jorge Luis Pinto y el culebrón que siguió después, de país terriblemente bipolar. ¿Cómo puede alguien pasar de ser el gran héroe nacional del momento a ser el más absoluto de los villanos de la película prácticamente de inmediato y sin escalas?

La respuesta a ello es tan fácil como la de armar en una conferencia de prensa una pataleta de padre y señor mío, basureando nombres y apellidos aquí y allá y prácticamente borrando con el codo lo que se hizo con la mano. Y ahora gracias a la de San Quintín que se armó, todos los que estuvieron en la Sele y con Pinto se sintieron sin mordaza para confesar una y mil atrocidades que el otrora celebrado entrenador cometió en su puesto, valga decirlo, quizás el oficio mejor pagado del país.

De inmediato y como era de esperar, la maquinaria memética e idiotizante que hace de combustible en las redes sociales se puso en marcha, crucificando al presidente de la Fedefútbol, Eduardo Li, y al ex jugador Pablo César Wanchope, a quien Pinto eligió como pararrayos de toda la tormenta escatológica que lanzó. La masa, que vió en Pinto al Gran Salvador Milagroso de la Selección Nacional, no quiso oír razones y se unió al colombiano en la amplificación de la condena inquisitoria contra los “traidores” de la gloria patria. Poco importaba en ese avispero que el verdadero ‘traidor’ estuviera poniendo pies en polvorosa hacia, supongo, ofertas foráneas más lucrativas y menos complicadas emocionalmente.

La olla de presión

Tengo varias teorías al respecto: Una, la de que como país pequeñito, subdesarrollado y tercermundista estamos tan poco acostumbrados a obtener victorias de calibre mundial que, cuando alguna sucede y es además del interés de la masa —en términos prácticos, cuando algo acontece en el fútbol; otras disciplinas y oficios no cuentan— nos parece poco menos que un milagro divino y por eso nos tiramos de panza a gritar a la Fuente de la Hispanidad. Le endilgamos al fútbol cualidades casi mágicas, tanto así que a veces me pregunto si en vez de una Asamblea Legislativa no nos convendría mejor resolver todos los asuntos del país a punta de partidos.

Además, la opinión pública del Pinto incident también deja ver el enfoque terriblemente infantil con que la masa concibe al balompié. Se ha dicho de los jugadores, ante el ahora conocido estilo autoritario-déspota del ex entrenador, que “no aguantan nada”, que “son unos suaves” y así. A ver. Sí es cierto que nuestra idiosincrasia tica encuentra chocante el trato cortante, seco y directo de un poder autoritario como se estila en otras latitudes. Puede ser por nuestra ausencia de ejército, por nuestra tradición de país pacífico, quién sabe. También es cierto que conceptos como “eficiencia” y “pragmatismo” no son exactamente parte de nuestro vocablo autóctono. Nos puede más la latinidad y todo lo que eso implica.

Sin embargo, acá no se trata de cómo lo veamos y sintamos usted o yo, sino cómo lo vieron los once muchachos que sí jugaron en nombre de nuestro país y se dejaron el pellejo en las canchas de Brasil. Keylor Navas, Bryan Ruiz, Christian Gamboa. Casi todos, jóvenes profesionales serios con larga y probada experiencia en clubes europeos, curados ya hace rato de nuestra cultura del pobrecito y del nadadito de perro. No es concebible que en aras del profesionalismo y las demandas de sus clubes sean sujetos de vida fácil, licenciosa y de juerga. Imposible. ¿Iban acaso a arrugarse por las prepotencias caprichosas de un entrenador? En absoluto. Pero también sucede que —como usted y yo, también— no son de palo. Y no era solo con ellos la cosa. Que lo diga su colega de más de veinte años, el psicólogo Jaime Perozzo, quien terminó igual por no guardarse nada.

Detrás de la euforia delirante y la borrachera de alegres triunfos que nos impartía el once tricolor desde el país del bossa nova, se ocultaba una problemática dolorosa y pestilente que como bolsa que no aguanta más su peso terminó por romperse y de la manera menos elegante posible. Si bien nadie en la Fedefútbol ni el cuerpo técnico de la Sele iba a negar las diferencias con Pinto y ya la renuncia estaba negociada a puertas cerradas, el plan era el de dejar los trapos sucios fuera del dominio público. Pero el primero en violar ese pacto fue el mismo Jorge Luis, haciendo un Luis XV cuando éste dijo “después de mí, el diluvio”. No le importó hacer las de las vacas, para los entendidos. Pudo más en él la megalomanía autoritaria y arrogante que hasta este viernes era el gran secreto detrás de su persona y del equipo que lo acompañó, “sosteniendo la burra” hasta el final, para no hacer aún más caótico el zambrote.

Life after Pinto

Y ahora en el momento de escribir esto el sentimiento país —a qué negarlo— es el de la proverbial gallina sin cabeza que va dando tumbos sin sentido por todas partes. Quizás nos haría bien a nuestra autoestima colectiva ver como país más allá del fútbol. Quizás nos haría mejor no caer en persignarse delante de santos que cagan (Esteban Mata dixit). Quizás deberíamos aprender la lección de cómo no salir tirando de un patadón la puerta. De que el ser un gran especialista técnico no necesariamente es sinónimo de ser una gran persona (aunque sí es algo muy deseable) y de superar de una vez ese concepto colonial y subdesarrollado de que autoritarismo es igual a liderazgo, ese sentirse dios-jefe por encima del bien y del mal… para al final terminar a la vuelta del tiempo con los pies de barro lavados por la lluvia.

 

 

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