El efecto Sofía

Magritte: Las afinidades electivas
Quiso la casualidad que me tocara leer esto fuera y bien lejos de mi país. Una joven —real o imaginaria, no se sabe— llamada Sofía le asesta a través de la psicóloga que firma el texto en cuestión un golpe de knockout y de impacto total al imaginario nacionalista más feliz del mundo. Para muestra, unas líneas.

Entendí tanto cuando Sofía, llorando, me decía:

“Tengo derecho de vivir en un país sin sentir miedo todo el tiempo; tengo derecho de vivir en un país donde no me tenga que andar cuidando siempre de un asalto; tengo derecho de pasar horas en un parque con mi computadora sabiendo que nada me va a pasar; tengo derecho de andar en bus o taxi a cualquier hora de la noche sabiendo que voy a llegar segura a mi casa… Quiero caminar por las calles, quiero seguirme perdiendo sin encontrar la dirección que estoy buscando y saber que nadie me va a matar, o asaltar, o violar o secuestrar…

Sobra decir que ardió Troya. Ríos sin fin de bits y bytes se enfilaron en blogs y redes sociales contra la autora y la infortunada joven que —es obvio— no quiere nada que ver con nuestro vergel bello de aromas y flores. Para Sofía, Costa Rica ya se fue bien a la mierda y hace rato. Sólo queda emigrar. ¿Reacción justificada o exagerada?

Para alguien que ha agarrado últimamente los petates para perderse por varias partes del mundo por interés de conocerlo como yo, es imposible no sentirme aludido. Más bien, con cada viaje he llegado a apreciar más las cosas que hacen de mi país algo realmente único en el mundo; su naturaleza, su tono de verde único, su don de gentes y sus tortillas de maíz.

Pero a la vez me he hecho más consciente de todas las cosas que nos son negativas y que nos están arrebatando poco a poco —o mucho a mucho— todo lo bueno que tenemos; el culto a la mediocridad, la inseguridad rampante, la corrupción, la paranoia colectiva, el apartheid económico, el porta mí, y la inutilidad completa del gobierno para resolver nuestros problemas-país.

Sé muy bien lo que siente Sofía. Lo siento cuando regreso al país y después de volverme a sentir en casa, comerme un buen gallo pinto y tomarme un café, a los días vuelvo a tomar conciencia de la realidad que me rodea y de nuevo me dan ganas de salir corriendo. Lo confieso y lo pongo acá en aras de la transparencia. Sé que no me ganaré jamás una medalla de honor al patriotismo. Estoy dispuesto a recibir los si-no-le-gusta-por-qué-no-se-va-hijuetal (Al momento de escribir esto, ya me fuí para Suramérica, muchas gracias). Así como igual creo que eso de “morir por la patria” (la que sea) es una estupidez. A veces pienso que los países son un invento que no ha servido más que para jodernos la vida a todos. ¿Las culturas de cada región? Pues ya eso es otro cantar y un fenómeno natural y humano, que no necesita de fronteras para existir.

Pero bueno… ¿han visto lo que le pasa a una casa que deja de recibir mantenimiento por varios años? Poco a poco, las inclemencias del tiempo que no se detiene ante nada ni nadie van haciendo estragos en las paredes, el techo, las maderas, y así progresivamente van apareciendo goteras, rajaduras y vidrios quebrados que van deteriorando lo que antaño era un lugar maravilloso. Pues bien, Costa Rica es esa casa. Y aunque sigamos viviendo en ella hemos terminado por creer que estarnos capeando las goteras, lidiar con cañerías tapadas y un piso lleno de suciedad es lo normal, lo aceptable. Pero ya se nos han empezado a caer las láminas del techo, y aún así seguimos impávidos, sin saber qué hacer.

¿Que si hay países que están haciéndolo casi todo mejor que nosotros? Sí, los hay. Las comparaciones son tediosas, pero podría contarles cómo cuando estuve hace un año en Islandia me sorprendió la independencia que tienen ahí los niños desde edades muy tempranas. Van a donde sea sin acompañantes adultos. Y pueden hacerlo, porque no tienen por qué tener miedo. Las razones que nosotros esgrimimos para ello ahí no existen. Y aunque en el resto de Europa hayan carteristas y ladrones, la psicosis de la inseguridad no llega a los extremos a que estamos acostumbrados. Uno siente la diferencia cuando ves la tele o lees el periódico en algún lugar y las noticias principales no tienen que ver con chorros de sangre, asaltos o robos a casas.

Por otro lado, en Brasil —donde me encuentro ahora— veo y percibo la misma problemática socioeconómica, si no es que más aguda, que en Costa Rica. El país que hoy está en la mira de todos por el Mundial de fútbol tiene ante sí el gran reto de la imagen que va a ofrecerle a los más de 600.000 turistas que vendrán el año próximo por la Copa. En los parques —muy bonitos, por cierto— de la ciudad en que estoy hay Wifi gratis. ¿Pero ustedes creerían que voy a sacar mi laptop en medio parque viendo cómo aún hay desigualdad, mendigos, pobreza, rejas, basura, alambres navaja y delincuencia por todas partes? Una cosa es ser optimista y otra es ser ingenuo. Aunque para ser justos, me parece que Brasil es un país que viene de vuelta del fondo hacia donde nosotros aún pareciéramos empeñados en dirigimos y sin frenos. Muchos de sus habitantes han logrado pasar en los últimos años de la miseria absoluta a ser al menos clase media baja, y eso considerando las dimensiones del país es un logro gigantesco.

Sin embargo, si algo positivo saco yo de esta experiencia por Suramérica es que ante nuestra obstinada costumbre de ver siempre el pasto del vecino más verde, darse cuenta que no siempre es así —pero sin caer en la vana complacencia del conformismo— me ha dado una visión más equilibrada del mundo y de comprender que si bien podríamos —y deberíamos— estar mejor, tampoco nuestro país es el lugar más inhospito, insalubre e insoluble del mundo. Nos urge derribar las barreras del individualismo egoísta y recuperar el sentido de comunidad, del esfuerzo conjunto, de reconocer que la prosperidad de nuestro país no depende de un presidente-superhéroe, sino de la contribución que hagamos todos nosotros con nuestras acciones, deberes y ética social.

Dice un refrán que si cada quien barriera el frente de su casa toda la acera estaría limpia. Un reto tan complejo como enderezar un país es imposible para una sola persona. Pero es justo ahí donde la unión y la conciencia común son necesarias y urgentes. Sentir que no se está solo empujando la carreta, dando el ejemplo, manteniendo a flote el pedazo de tierra que a uno lo vió nacer.

Mientras tanto procuro, aunque me cueste, ser cada vez más César y cada vez menos Antonio.

2 thoughts on “El efecto Sofía

  1. Flor says:

    Excelente reflexión.
    La disfruté mucho y comprendo esa realidad. Ojala que ese enfoque de realismo latino, junto con tus experiencias, que probablemente otros costarricenses también tienen y han tenido sirvan efectivamente para comprometernos en lo posible colaborando a que Costa Rica sea un mejor país. Que se puede, se puede!

  2. Excelente Beto! Me ha encantado tu reflexión, las más sensata en medio de la voces llenas de patriotismo trasnochado que ha despertado este cuento de Sofía.

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