¿Por qué celebramos?

La celebración nacional

Estuvo en la cola de un venado. Por un momento parecía que no, pero al final se impuso el sí: La Selección Nacional de Costa Rica clasificó para el próximo mundial de Brasil.

Y eso, ya se sabe, es sinónimo de estallido unánime de júbilo en las calles, en los carros, en las casas de nuestro país. Hay alegría, felicidad, gozo, satisfacción. Esa sensación bonita de sentirse triunfadores, invencibles, así fuera con una muy esperada ayuda a última hora de Honduras. Tan determinante y pivotal es el fútbol en la psique nacional que la presidenta se adelantó a declarar —y posteriormente desmentir— un cuestionable asueto de empleados públicos en caso de triunfo de la Selección, pero que ahora, en vista de las circunstancias, se cumplirá de todas formas y a cabalidad a cargo de miles de heridos por la bala lenta del alcohol (genial frase que se la oí a Luis Chaves).

Paralelamente, asoman cada vez con más frecuencia e impulsados por las redes sociales los integrantes del otro bando, los que se autodenominan serios y “realistas” y a quienes cualquier cosa que tenga que ver con el fútbol y sus aficionados les provoca urticaria y hemorroides mentales. Los que no se cansan de recordarnos que estamos en un país que se cae a pedazos, que destila podredumbre a lo largo, alto, bajo y ancho de su esfera política  y donde en sus calles prevalece la ley del más fuerte, o más bien del más vivo. Y que afuera, como si fuera poco, tenemos a Obama y Putin con el dedo encima del botón para destruir Siria porque sí.  Y la verdad… sí, en todo eso tienen razón. Sin embargo, nada de eso me explica aún por qué aún teniendo todo eso salimos desaforados a celebrar algo que a la mayoría de nosotros no nos involucra más que como simples espectadores, que no v a a hacer que nuestros mil y un miserias cotidianas desaparezcan de la noche a la mañana, y que lejos de ponernos dinero en el bolsillo más bien nos lo quita en forma de entradas, televisores, camisetas y clubes de viajes.

Por eso me remito de nuevo a la pregunta del título. Intento a la ligera barajar varias opciones y teorías que suenen plausibles, como la de que siendo que en la cadena sin fin de reveses que han sido los últimos años de este vergel bello de aromas y flores, al menos haya algo que sí nos funciona: La Selección. Jorge Luis Pinto. El fútbol. Y por tanto a falta de mayores y mejores alegrías, se convierte en nuestro gran vehículo de catarsis que nos hace soportable la condena de tener este gobierno, estas calles y esta eterna crisis. Todo lo podemos en once muchachos que nos fortalecen.

También, en un país donde —se lo oí a alguien por ahí— la identidad verdadera es no tener identidad, el estandarte rojo-blanco-y-azul de la camiseta de la Sele es el único ícono que ha logrado lo que ni los símbolos patrios ni los trajes típicos ni la historia ni las enseñanzas educativas han podido: cohesionarnos en algo que quizás sea más parecido que podamos aspirar a una identidad nacional, bajo el mantra hipnótico del oé oé oé oeeeee Ticos Ticos. Quizás el único momento donde dejamos guardado nuestro individualismo egoísta para compartir un nacionalismo de balompié (peor es nada), que te deja pensando si no sería mejor que en vez de un Gobierno y Asamblea venidos a menos, no arregláramos todos los asuntos del país a punta de partidos de fútbol. De haber hecho eso hace rato, quizás seríamos ya una potencia mundial.

También en un plano más opinado y personal: Si hay alguien que es verdaderamente crítico de la situación nacional, levanto la mano. Hay demasiadas cosas que me disgustan de mi realidad inmediata y que me dan sentimientos de desazón e impotencia. Me aterra el porvenir nacional de los próximos cuatro años ante un PLN que amenaza con ganar las elecciones por inercia. Pero de ahí a tener una actitud perennemente antipática para con el prójimo que sí celebra “estar” en el Mundial… ¿a qué viene? ¿Gano puntos con ser el eterno amargado del grupo, del barrio, de Facebook? ¿Me aplauden, me dan likes por ello? ¿Paso por alguien sabido, profundo, maduro, intelectual? … Yo creo más bien que la verdadera sabiduría de un ser humano se manifiesta a través de la tolerancia y el respeto al prójimo. Sí, no es fácil cultivar ambos valores, pero en la vida hay innumerables ejemplos que nos demuestran que la gente admira mucho más a quienes aceptan a su prójimo como es, en vez de pretender aplastarlo con sus complejos de falsa superioridad.

¿Me tiene que gustar el fútbol entonces? Yo siempre fuí una tuerca para los deportes, y sobre todo para el fútbol. No conozco ni entiendo más que lo que veo esporádicamente por televisión. No veo cada partido de la Sele. Sin embargo creo que el convivir con una familia futbolera me ha hecho aprender no solo los rudimentos del deporte, sino la emoción, el júbilo, la empatía y esa alegría contagiosa que sí, puede ser algo aprendido por ósmosis, por tradición; pero que en todo caso siempre me será mil veces preferible a una reunión de intelectuales amargados.

Así, en conclusión: hoy que podemos, que tenemos con qué, celebremos. Mañana será otro día.

Créditos de foto: Rafael Murillo / La Nación