(No) quiero tener un carro

El trafico imposible

 

Pocas cosas cambiaron tan profundamente a las sociedades de la tierra como el invento y la popularización del automóvil. Si bien los autos existen desde hace más de cien años, no fue sino hasta los últimos cincuenta en que dejaron de ser artículos de lujo al alcance de unos pocos para convertirse casi que en un derecho inalienable del individuo moderno. Se han construido edificios, ciudades, autopistas y un sinfin de estructuras para acomodar las ingentes consecuencias de la democratización automotriz.

Pero ¿hasta cuánto y hasta cuándo? La foto que ilustra este post es correspondiente a la presa más grande registrada hasta ahora: once días seguidos de atasco de cien kilómetros de largo en China, en el 2010. Nos suena a ciencia ficción, pero a mi juicio personal no me sorprendería en absoluto que en Costa Rica nos ocurriera (proporcionalmente) algo parecido.

Lo confieso: Manejo un vehículo desde hace más de diez años —  un venerable y a estas alturas poco agraciado Tercel familiar que ya ha superado el cuarto de siglo y pide a gritos el relevo negado a través de múltiples tiempos extra y falta de fondos. He andado tras el volante por buena parte de Costa Rica y las costas de Estados Unidos, por años tuve que soportar la imposiblidad de las horas pico al salir de la oficina (paliada en los últimos tiempos por el gimnasio vespertino). Pero ahora que llevo dos años trabajando desde casa u otras partes del mundo, agradezco al universo por no tener que pasar más tras un volante dos o más horas al día. Más bien, me parece una triste y estresante pérdida de tiempo a lo que se sujetan cientos de miles de nuestros ciudadanos, intentando llegar de A a B a través de ese nudo gordiano e insoluble que la infraestructura vial nacional (o debería decir, más bien, la falta de infraestructura vial). Si necesito ir a San José, últimamente prefiero sortear las vicisitudes del transporte público antes de enfrentarme a presas, guachimanes extorsionadores, tachadores, parqueos inexistentes y demás plagas que no concibo cómo es que a alguien puede parecerle normal tener que lidiar a diario con todo eso.

Con la excepción de la “autopista” (que no lo es) a Caldera, en treinta años no se ha planeado ni realizado ninguna obra vial importante en el país. Todo de ahí a esta parte han sido remiendos, parches mediocres y puentes Bailey. Por las mismas calles planeadas para tráfico de los años 70, hoy deben transitar centenares de veces más carros, buses, motos y vaya a saber uno que más. El caos. Entre Heredia y —digamos— San Pedro de Montes de Oca, la diferencia es de quince a diecisiete míseros kilómetros. Sin embargo, el atasco presente en casi todas las 24 horas del día hace que transitar entre ambas ciudades se sienta lo más parecido a un trayecto intergaláctico de miles de años luz y sin posibilidad de desconectarse de la Matrix, algo a lo que solo un masoquista extremo podría encontrarle la gracia. Así, las ciudades de nuestro Valle Central se convierten en islotes de facto, en micropaíses aparte, divididos por las fronteras infranqueables del tránsito colapsado.

Entre tanto, en viajes por el mundo me he visto expuesto a diversas ciudades donde han surgido alternativas de transporte. Para no hablar del ya conocido dominio de la bicicleta en Amsterdam, en Nueva York me ha dado buena impresión el éxito que ha tenido Citi Bike, un sistema pago de bicicletas compartidas. Un gran cambio desde la primera vez que visité esa ciudad hace tres años. Pero también hay que tener presente lo plano y por tanto poco demandante físicamente de ciudades como lugares como Holanda o Manhattan, lo cual contribuye en no poco a la adopción popular de la bici. Nuestra accidentadísima orografía es, desde esa óptica, algo desmotivante para cualquiera que no sea un ciclista aficionado en forma o aspirante al Tour de France.

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Dicho esto, yo califico la tenencia de carro (o moto) en Costa Rica como un mal necesario. Dejando de lado la evidencia que le hace a uno pensar que el tener un vehículo está promulgado como deber ciudadano en algún artículo de la Constitución Política, sumado a nuestro mantra cultural y no escrito pero sí asimilado de tengo carro/ luego existo, la realidad es que las grandes deficiencias del transporte público y la ausencia total de planificación vial y urbana prácticamente te empujan a tener algún medio propio de transporte. Si no es para ir al trabajo o pasear, será para las compras del súper y así. Hay muchos lugares, pueblos e incluso ciudades donde no existe una forma de desplazarse —al menos no de una forma remotamente decente— por transporte público. Hemos pretendido calcar la explosión suburbana de los EE.UU, y tener en San José el tráfico vial de Miami o Los Angeles sin tener el terreno ni las carreteras ni la planificación ni la iniciativa ni nada. Copiamos el empaque pero no el contenido.

Pero honestamente cuando veo los tweets que publica @traficocr todos los días, me pregunto muy en serio si realmente, así las cosas, quiero gastar una millonada en un vehículo nuevo. Para mí es un dilema como el de Cortázar y su reloj.  El problema es que en mi caso es casi una obligación. La antigüedad del nuestro ya está generando más inconvenientes de lo soportable y, la verdad les confieso, fantaseo con poder desplazarme un fin de semana cualquiera hacia —no sé— Turrialba o Santa Cruz en un carrito servicial que no se quede sin aire a medio trayecto.

Pero muy en el fondo, creo que lo que realmente quisiera es otra cosa.

100 años de Walt Kelly

Elenco de la tira cómica Pogo

 

Hoy se cumplen cien años del natalicio de Walter Crawford Kelly, uno de mis principales referentes en el arte de hacer cómics, si no es que el principal. En vista que nadie fuera de los círculos de fans y para variar todos angloparlantes (of course) parecieran haberse percatado de esto, sirva este post como un sencillo homenaje e introducción a un grande de la tinta y el pincel. No voy a pretender emular la excelentísima nota que existe (¡en español!) en la Wikipedia, pero sí aportar un poco de contexto personal.

Originario de Philadelphia, el inicio de Kelly como artista gráfico se remonta a un “extra”  en su oficio como reportero para el Bridgeport Post de Connecticut. Por cinco dólares extra a la semana dibujó una tira cómica basada en el empresario circense y oriundo de Bridgeport P.T. Barnum. En los años de la Gran Depresión, dejó la costa este de los EE.UU para afincarse en California, donde se estableció en la nómina de artistas de los estudios Disney en 1936. Por seis años ejerció varios roles en las películas que el estudio produjo durante ese período, hasta que en 1942 una huelga general en Disney lo hizo marcharse de vuelta a Nueva York, y a los libros de historietas.

Walt KellyDurante la década de 1940 en plena Guerra Mundial, Kelly ilustró múltiples libros de cuentos e historietas, incluyendo una serie basada en los famosos cortos comédicos de MGM La Pandilla. Paralelo a esto, fue trabajando en una serie de historietas y personajes que más tarde se convertirían en su aporte más famoso: la tira Pogo. Ambientada en un pantano del sureste norteamericano llamado Okefenokee (que realmente existe), a través de los personajes de Pogo la zarigüeya, Albert el cocodrilo, el búho Howland, la tortuga Churchy y otros, Walt utilizó dicha tira para tratar un repertorio innumerable de temas, destacando de forma particular la crítica y sátira política, algo que a primera vista podría ser imposible de concebir en una tira aparentemente infantil. Kelly era un liberal confeso y utilizó su plataforma de humor para verter sus opiniones y críticas de manera muy singular.

PogoPor esta razón, Pogo tuvo un éxito y aceptación indiscutibles en los círculos universitarios de la época, donde incluso llegó a gestarse en 1952 una pseudo-campaña política llamada “Pogo for President”, proponiendo al personaje ficticio como una alternativa real de candidato presidencial. (Ya que estamos, en Costa Rica deberíamos considerar hace rato algo así). No hace falta decir que en tiempos plenos de la Guerra Fría y la cacería de brujas que el Gobierno estadounidense o el FBI hacían en busca de “comunistas”, “liberales”, o bichos parecidos, Kelly estuvo bajo el escrutinio constante de las autoridades, llegando incluso a ser sospechoso de enviar mensajes cifrados en el muy particular (e intraduc

ible) dialecto pseudo-sureño que escribía en la tira.

Maestro de un trazo a pincel decidido, rico en expresividad, texturas y realmente único, Walt Kelly continuó publicando Pogo en periódicos, compilados y libros temáticos, incluyendo una película con el legendario animador Chuck Jones que nunca fue del agrado de Kelly por diferencias creativas, hasta su muerte el 18 de octubre de 1973 debido a complicaciones por diabetes.

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Mi introducción personal a Walt Kelly fue a través de Jeff Smith. Este historietista de Ohio, autor de las series Bone y RASL,  siempre ha confesado una admiración personal y una influencia innegable por el creador de Pogo, y ante este hecho comencé a indagar sobre el susodicho artista. Con el tiempo gané una subasta de varios libros compilados de Kelly —muchos de primera edición, de los años cincuentas— en eBay. Conclusión: Smith es un excelente dibujante e historietista, pero aún no en la misma categoría de “excelente” que Walt Kelly. De hecho él mismo lo ha manifestado: “Siempre que creo que tengo dominado esto de dibujar, saco de entre mis libros uno de Pogo y veo qué tan mejor puedo llegar a ser”.

Jeff Smith
Jeff Smith y el autor de este post, en el 2011.
Tira de Pogo
Ejemplo de tira dominical de Pogo, 1971 (click para versión ampliada)