Ser maestro es una ruta sin atajos

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Uno de los episodios más memorables de las ediciones del TEDx Pura Vida   —filial independiente para Costa Rica de la famosa serie de charlas TED — es la presencia de músicos muy jóvenes interpretando obras clásicas evidentemente muy avanzadas para su edad. Y sin embargo las interpretan con pasmosa técnica y perfección sin dejar de ser niños, mientras que a esas edades la mayoría de nosotros sentía como un gran logro ir solos al baño.

Se me escapa el nombre de estos dos jóvenes talentos de la foto, pero no el del responsable de generar estas genialidades en nuestro propio país; el pianista, maestro y formador de talentos Alexander Sklioutosvki (sí, tuve que buscar el nombre en Google). Una de esas luminarias que se cuentan con los dedos de una mano y sobran, saliéndose por su labor del culto a la mediocridad e imposibilidad institucionalizadas que nos asfixian día a día.

Ante la caída de la URSS a principios de la década de 1990, don Alexander decide emigrar de su Kirguistán natal en busca de mejores opciones de vida. A través de su hija casada con un tico, conoce de Costa Rica y decide asentarse en nuestro país en 1994, con la idea de formar una escuela de piano. Sin embargo los comienzos no fueron fáciles, sobre todo por la ausencia total de cultura musical en contraste con su entorno natal. Sin embargo don Guido Sáenz —otro incomprendido, que no santo, de la cultura nacional— llega a saber de él y a través de sus contactos va asumiendo roles de pianista con la Sinfónica Nacional mientras da lecciones privadas de piano a niños junto con su esposa. Así, poco a poco se fue conformando lo que hoy se llama el Instituto Superior de Artes donde se forman éstos y otros jóvenes prodigio con predisposición para la música, a través del método de enseñanza ruso del profesor Sklioutovski y que nos deja con la boca abierta en presentaciones como las que vemos cada año en el TEDx.

No obstante el punto que quiero rescatar aquí no es ni el virtuosismo ni la cultura ni nada de eso, sino el tema de la dedicación obcecada y diaria a ser un maestro en la disciplina que uno se proponga. Posterior al acto, los niños —encima con una soltura de dicción inusual para su edad— dijeron que practicaban piano alrededor de tres horas diarias. Llueva, truene o haga sol, ahí están aporreando las teclas del piano. Pero —y aquí está el detalle— no lo hacen como una imposición sino como algo que les nace de adentro, como un impulso interno fortificado a través de la relación que van estableciendo con el piano y la música, que los hace capaces de sobrellevar el tener que rechazar invitaciones a paseos, fiestas o ver televisión.

Se ha dicho últimamente que le toma a una persona alrededor de 10.000 horas de dedicación total y absoluta a una disciplina para convertirse en maestro de esa disciplina. Para visualizarlo mejor, en jornadas de 8 horas diarias estaríamos hablando de 1250 días (casi tres años y medio). O ya en unas más modestas y realistas tres horas diarias, 3.333 días, lo que igual equivale a casi diez años de práctica contínua en una sola disciplina, cualquiera que sea. Y si le restamos fines de semana, sabaditos alegres y domingos felices, nos va a tomar aún más tiempo llegar a esa meta que pretendemos alcanzar. Y la vida, vista de esta manera, no es lo suficientemente larga para llegar a ser maestro en muchas cosas.

Parafraseando también a Alan Watts en su célebre charla sobre el dinero (porque en nuestra sociedad, lo queramos o no, el dinero condiciona muchas de nuestras decisiones de vida): “si haces lo que realmente te gusta, no importa en lo que sea, puedes llegar a ser un maestro en eso. Es la única manera de serlo. Y entonces serás capaz de sacar buenas ganancias de lo que sea”.

En lo que sea.

 

Esta es una verdad que, cuando a uno le ha tocado ser “todólogo” en la vida termina de comprender no sin cierto dejo de incomodidad. La todología o el ser “zoila”, en tanto que muchas veces inevitable, te hace picar por muchos lados y caminos distintos y si bien puedes terminar haciendo “de todo un poco”, igual no te conviertes en maestro de nada. El camino a la maestría no puede tener muchos desvíos y menos atajos. ¿Mejor o peor ser de una manera u otra? Eso ya es una decisión muy personal. No obstante, el legado que dejan en el país personas como el profesor Sklioutovski debería tener más divulgación y menos anonimato, para convencernos que la genialidad no es una cuestión de geografías, economías o suerte, y sí algo que se alcanza con la práctica constante, ininterrumpida y apasionada de lo que nos sintamos llamados a hacer en esta vida.