Nuestra insoportable levedad del ser

Yo fuí uno de los que, movido por los anuncios de que muchos hacían eco en Facebook y por la convicción propia de que este país o cambia o cambia, se apersonó a la convocatoria de la Denuncia Colectiva Nacional, éste domingo en la Plaza de la Cultura.

Uno pensaría que, en vista de la gravedad de los escándalos nacionales destapados por la prensa nacional en los últimos días, el nivel de indignación y de convicción para apoyar un movimiento nacional que abogue por un cambio y un saneamiento urgentes en nuestro sistema político tendría a su haber miles de adeptos conscientes.

En contraste, éste fue el promedio de asistencia que hubo en el evento:

Incluso un payaso callejero que actuaba detrás llegó a ratos a tener mayor poder de convocatoria que esta manifestación, donde se discutieron temas serios y de prioridad para el país.

Es entonces cuando uno se pregunta: ¿Dónde están los miles que se quejan del Gobierno en Facebook? ¿Los que, en sus palabras, si les dieran a ellos el gobierno lo arreglarían todo en dos monazos? ¿Dónde están los que dicen no dejar títere con cabeza en el Congreso, los que convocan a golpes de Estado como si de un juego se tratara?

Uno entiende que muchos pueden tener mejores planes para un domingo que ir a llevar sol a San José. Pero señores, tenemos entre manos un Gobierno que ya tocó fondo. Un país que va dando tumbos como una gallina decapitada. Y un conjunto de crisis agudas que nos puede terminar de arrebatar lo poco de bueno que nos queda.

Mi teoría es que para la mayoría de los ticos, mientras tengan trabajo, techo y les alcance hasta para ahorrar un poco y darse uno que otro gustillo, todo está “pura vida” y aquí no pasó nada. El periódico publica el escándalo del día y se sueltan a alegar y mentarle la madre a la Presidenta, pero una vez pasados los tres días de rigor, la amnesia colectiva toma su lugar correspondiente y juega de nuevo.

A la vez, preferimos ignorar de qué depende que haya trabajo, estabilidad social y prosperidad en el país, que son los valores que nos salvan de convertirnos en otra Somalia: Depende de un Estado ejemplar, que sepa administrar de manera responsable y transparente los recursos que recibe, y que eduque al pueblo con el ejemplo que dan sus representantes. Ninguna de estas cosas está ocurriendo hoy en el Estado costarricense. ¿Por qué esperar a que todo el tinglado se empiece a caer para reaccionar? Para entonces, ya será muy tarde para lamentarse.

Hemos vivido las últimas tres décadas como nación en un declive muy fino pero constante, casi imperceptible en el día a día pero muy evidente en el largo plazo, como un avión que emprende el descenso a tierra. Y hoy día estamos comenzando a cosechar las consecuencias de ese laissez faire al que nos hemos abandonado.

No se puede seguir así. No si queremos que los niños de hoy tengan un país de qué sentirse orgullosos. No si queremos un país estable y próspero capaz de otorgar calidad de vida a sus ciudadanos. No si deseamos que los jóvenes tengan derecho a tener trabajo y vivienda con la cual poder realizarse como hombres y mujeres hechos y derechos. No si queremos movilizarnos por donde queramos sin miedo. No si ya estamos hartos de convertir nuestras casas en cárceles mientras los malhechores campean a sus anchas. Y sobre todo, no se puede seguir así mientras no caigamos en total consciencia que una persona corrupta que roba del Estado es alguien que nos está robando a todos y cada uno de nosotros.

Si el futuro de esta nación no nos importa a nosotros mismos, sus ciudadanos, ¿a quién más le va a importar?

Razonando el rechazo

Hacía mucho tiempo que no me enfrentaba a esa sensación desagradable de ser rechazado.

En realidad, todo empezó por un incidente de poca monta. En los últimos meses he podido dedicar más tiempo a crear y ampliar mi portafolio de ilustraciones, que ha sido una de mis principales pasiones desde siempre. Parte de ese trabajo está en mi cuenta de DeviantArt. Buscando cómo atraer más visitas a ese perfil, comencé a buscar grupos afines en ese sitio dónde exponer mis trabajos.

Hay muchos grupos. Encontré entonces uno que me pareció afín, y con una calidad técnica comparable a la mía así que no pensé que tendría mucho problema en entrar. Les envié los que me parecían los dos mejores trabajos para ver si me incluían en dicho grupo. Al día siguiente recibo un simple, seco y cortante mensaje diciéndome que mis aplicaciones fueron rechazadas. Entonces sobrevino esa combinación de malestar entre pecho y espalda y ese amargor en boca que dejan las heridas del ego.

Pero esta vez, y mientras aún está “caliente” el recuerdo, quise ponerme a analizar por qué me sentí así. Definitivamente la parte de mí que recibió el golpe más duro fue esa que se sabe graduado de una institución prestigiosa en Artes, con muchos años de lucha por llegar a ser ese profesional reverenciado por propios y extraños con que muchos fantaseamos ser algún día. Compitiendo con gente que es casi seguro que no tienen los estudios ni la experiencia que tengo yo, y claro, la comparación engendra la espina del resentimiento, las sospechas de que haya “argolla” en ese grupo, y demás vicios de la imaginación.

También me pongo a pensar por qué me pongo así si en el campo en que hoy me desempeño para ganarme la vida (que no es el dibujo ni la ilustración) laboralmente me va mejor que nunca y siempre he tenido el apoyo de la gente y clientes con los que he trabajado. Podría perfectamente desistir de librar una lucha inútil y que se antoja cuesta arriba con tanto talento rompedor que hay en Internet, y quedarme en mi agradable zona de confort. De todos modos de dibujar en estos países se vive mal y se gana peor. ¿Por qué querría entonces complicarme la vida?

Supongo que lo que me mueve a mí en esto es una fuerza muy poderosa que va más allá de todo intento de racionalidad. Quizás sea una gran deuda conmigo mismo, por no haber obtenido lo que realmente quería en otros tiempos, que era trabajar en animación tradicional. Quizás sea el hecho de que tengo más de veintitantos años contínuos de estar rayando papeles sin poder (ni querer) parar, desde que a los 14 años copiaba incesantemente a Garfield, y que aún no siento que he llegado a donde realmente quiero llegar. Quizás sea porque tampoco tenga ya ni quince ni veinte ni siquiera treinta años y que me angustie un poco eso mismo. Quizás porque es algo por lo que me gustaría, por fin, ser mejor conocido. O simplemente por el hecho de que cuando oigo hablar o veo algo de este tema me lanzo de bruces, como cuando un niño ve un juguete nuevo favorito o su ídolo de superhéroe. Dicen que así es como se identifica la verdadera pasión que mueve a alguien.

Y sé que no soy ni de lejos la única persona a la que le ha sucedido esto. Más bien estoy en muy buena compañía.Libros enteros se han escrito con anécdotas de celebridades que hoy todo mundo reverencia pero que antaño se expusieron igual al rechazo, la desmotivación y la indiferencia. Y que sin embargo a punta de muchos intentos, paciencia y coraje lograron conseguir finalmente lo que querían. Admito que por mucho tiempo abandoné la práctica seria del dibujo y tuve un bache de años que me ha costado tiempo y esfuerzo cerrar. Pero hace ya algún tiempo decidí no volver a dejar pasar las oportunidades de crecer en vano, y es ahí donde estoy hoy día, compitiendo más conmigo mismo que con otros. Es como una especie de auto-compromiso: Si lo voy a hacer, que sea bien hecho.

Y así, habiendo recordado por qué aún persisto en esto, lograré dejar ese incidente incómodo atrás y seguir mi camino. Total, mañana será otro día.

 Fotografía por Andreas Winterer en Flickr, usada bajo licencia Creative Commons.