El cerco que se estrecha

Ayer a media tarde recibo una llamada consternada de mi madre, entre sollozos ineludibles. “¿Pero qué pasó?” Le pregunté.

Es de recordar y tener siempre presente en la cabeza cómo lo que podría haber sido una noticia más de la sección de Sucesos del diario adquiere una dimensión completamente distinta cuando ésta, para uno, adquiere un rostro conocido y familiar. La señora que es mencionada en la nota era una conocida mía a la que traté varias veces, pero para mi madre era una de las pocas personas a las que ella podía llamar realmente amigas.

En este mismo día, el mismo periódico publica una entrevista con quien se hace llamar ministro de Seguridad de este país, recetándonos de nuevo la misma cantaleta cansina y formulaica de la “percepción” que ya se la habíamos oído hace unos años a su antecesora en el cargo. A mí me gustaría preguntarles si las lágrimas de mi madre y de quienes conocieron en vida y vivieron con esta persona, son realmente producto de esa “percepción” que tanto predican desde sus comfortables oficinas. ¿De veras vive esta gente en el mismo país en que vivo yo?

En los últimos diez años he tenido bastante experiencia viviendo períodos en el extranjero para llegar a la conclusión de que tomar una decisión apresurada de tomar mis cosas y largarme a otro lado como huyendo de las circunstancias sería una decisión bastante infantil. En todos los países del mundo hay problemas. Tengo conocidos que igual han perdido a seres queridos por una bala en lugares como México DF, Los Angeles y Buenos Aires. Aún los países escandinavos, tan perfectos que se ven desde afuera, ocultan tras su límpida fachada una fábrica creciente de suicidios. La humanidad pareciera estar cada vez más fuera de sí; de eso nunca se ha dicho que sea secreto de Estado.

Está bien ser un país pobre, sucio, atrasado en desarrollo y con escaso acervo cultural. Todas esas cosas son superables con suficiente empeño, tiempo, educación, trabajo, transparencia y organización de una comunidad. Pero cuando se trata de que el valor de todos tus años de vida, trabajo y formación queda reducido a lo que andas puesto ese día en la calle, o a la caja registradora del negocio que atiendes, o el carro que manejas, sin importar la hora, el momento ni el lugar, creo que es legítimo preguntarse si realmente es éste el país donde quieres tener tu familia y tus hijos.

Y adelantándome a que me digan “¿Y usted qué hace por solucionar la situación”? les respondo que hago precisamente lo que hace el 99% de la gente adulta, responsable y honrada en esta tierra: Trabajar duro para el beneficio propio y de quienes son hoy mi familia, el de mis clientes que pagan por mi trabajo, y el del Estado con los impuestos que debo pagar y que se supone —se supone— son para cubrir las necesidades comunes de los ciudadanos, entre ellas la seguridad. Y cuando se trabaja duro, de sol a sol, no queda mucho tiempo ni voluntad para otras cosas.

Pero entre la evidente desidia, corrupción, faldamiadismo y blandenguez que nos recetan ad nauseam los jerarcas (ir)responsables en el poder, y la espiral de violencia que nos toca cada vez más cerca, como un trailer desbocado por una pendiente y sin frenos, no es inevitable sentir que en un contexto así nuestros empeños, trabajos, ambiciones y esfuerzos estén como cayendo en saco roto. Donde campea la inseguridad por la libre, la prosperidad no es invitada de honor y más bien alza vuelo, en busca de tierras más fértiles dónde germinar.

En España hace unos meses los jóvenes se hartaron de no tener empleo, vivienda ni futuro (de eso no estamos muy lejos tampoco) y salieron a la calle a decirle ¡basta ya! en la cara al Gobierno de su situación. ¿Para cuándo un movimiento así, responsabilizando y llamando a cuentas atrasadas al Gobierno por nuestra inseguridad, pero que tenga fuerza y venga desde muy adentro, no una campaña prefabricada y efectista al estilo recuperemoslapaz punto org y demás inventos pretéritos condenados al olvido? ¿Por qué esperar hasta que duela el zapato para reaccionar? ¿Realmente tenía razón don Pepe al llamarnos de “domesticados” al punto de ser incapaces de reaccionar más allá del berreo que cae como hojas muertas en terrenos estériles y oídos sordos?

Tanto que hemos criticado a nuestros países vecinos por estas cosas y cada vez más vamos siendo igual que ellos.

Foto bajo licencia Creative Commons [fuente]

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