Steve Jobs, el gran líder carismático

A nadie le queda duda ya; cualquier gesto o cosa que haga hoy día el Tío Steve es noticia con ecos en todo el mundo. Si no, ¿cómo explicarse que medios que poco tienen que ver con la movida tecnológica pongan todo lo relacionado a Apple en primera plana? Y por eso mismo, el que se diga que el Mesías del culto Mac se retira de la escena —de nuevo— por razones médicas, y el consecuente desplome de las acciones en bolsa, por más que me parezca una reacción estúpida, ponen en evidencia el volumen de poder e influencia que este singular personaje ha tenido sobre las sociedades contemporáneas.

Pero precisamente por esa misma razón, ante un evidente quebranto progresivo de la salud de una figura tan icónica y su eventual final (algún día, al fin y al cabo), es que todos se preguntan si Apple podrá seguir siendo la compañía que es sin su carismático líder a la cabeza. Y a juzgar por lo que le pasó a otra compañía con otro gran líder carismático —Walt Disney—, me atrevo a decir que no. Al menos por un buen tiempo.

Esto del “líder carismático” es un concepto que lo aprendí del libro Empresas que perduran de James Collins y Henry Porras, hoy un clásico de la literatura gerencial. El líder carismático va más allá de ser el CEO o gerente general de una empresa; en la visión de muchos, el líder carismático es la empresa. Cuando una compañía tiene más notoriedad por quien está a su frente que por lo que hace (aunque en el caso específico de Apple, ambos factores se complementan de manera única), estamos ante un claro ejemplo de líder carismático.

Eventualmente, cuando el líder carismático se ausenta de forma temporal o permanente de la empresa, ésta sufre una crisis general cuyos efectos pueden ser temporales o en el peor de los casos permanentes y que afecten de facto a la empresa y la lleven a su desaparición. Después de la muerte de Walt Disney a finales de 1966, la companía que fundó y lleva su nombre anduvo por varios años como en piloto automático, lanzando películas animadas y manejando operaciones sin mayor trascendencia. No fue sino hasta bastantes años después, con el lanzamiento de La Sirenita (1989) que podía hablarse del inicio de un retorno a un nuevo auge de creatividad para la compañía, que terminó de establecerse con la alianza estratégica con Pixar cuyos resultados son por todos conocidos.

En su ya famoso discurso de graduación de la universidad de Stanford en 2005, Steve Jobs admitió y reconoció su propia mortalidad. Un año antes tuvo la primera de sus operaciones para luchar contra el cáncer pancreático que le fue diagnosticado y cuyas consecuencias han sido bastante visibles para todos en un Jobs cada vez más esquelético y débil. Sin embargo, la parte del discurso referente al tema es quizás una de los actos de humildad más notables que jamás haya hecho un empresario de gran éxito. Como sociedad tendemos a concederle características sobrehumanas a nuestros semejantes exitosos a quienes admiramos; casi que quisiéramos poder prohibirles morir. Sin embargo ahí tenemos al mismo Steve, diciéndonos que él no va a durar para siempre (ni nosotros tampoco), y que nuestro tiempo en la Tierra es demasiado corto para dejarnos manejar por cómo creen otros que debemos vivir. ¿Realmente es posible discutir eso?

¿Steve Jobs se convirtió en un líder carismático por accidente o porque así lo quiso? Difícil de responder. ¿Existirá Apple luego de Steve Jobs? Probablemente. Pero lo único que podemos dar por sentado es que jamás volverá a ser lo mismo que conocimos. Ahí nos damos cuenta que lo que mueve al mundo no son las danzas de millones de dólares, sino los ejemplos de vida y los rostros de quienes con su inventiva han logrado cambiar el mundo.

Foto de Steve Jobs bajo licencia Creative Commons por Acaben en Flickr.

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