Steve Jobs, el gran líder carismático

A nadie le queda duda ya; cualquier gesto o cosa que haga hoy día el Tío Steve es noticia con ecos en todo el mundo. Si no, ¿cómo explicarse que medios que poco tienen que ver con la movida tecnológica pongan todo lo relacionado a Apple en primera plana? Y por eso mismo, el que se diga que el Mesías del culto Mac se retira de la escena —de nuevo— por razones médicas, y el consecuente desplome de las acciones en bolsa, por más que me parezca una reacción estúpida, ponen en evidencia el volumen de poder e influencia que este singular personaje ha tenido sobre las sociedades contemporáneas.

Pero precisamente por esa misma razón, ante un evidente quebranto progresivo de la salud de una figura tan icónica y su eventual final (algún día, al fin y al cabo), es que todos se preguntan si Apple podrá seguir siendo la compañía que es sin su carismático líder a la cabeza. Y a juzgar por lo que le pasó a otra compañía con otro gran líder carismático —Walt Disney—, me atrevo a decir que no. Al menos por un buen tiempo.

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Orsai, la revista

Todo comenzó hará cosa de algunos meses. Hernán Casciari, un afamado escritor argentino que hace más de una década partió a España en busca de pastos más verdes, decidió así sin más —quizás no, pero lo parecía— quemar sus naves y lanzarse, junto con otros amigos igual de locos que él, a publicar una revista literaria titulada igual que su célebre blog, Orsai. Pero una revista de verdad. De papel. En impresión offset a color y papel couché de alta calidad. Y sin intermediarios ni publicidad ni amarres de ningún tipo, vendida directamente a quien quisiera adquirirla y por un monto realmente simbólico (15 periódicos sabatinos de tu país). Para el horror inicial de su esposa y el estupor de todos los demás. ¿Realmente habían perdido la cabeza, o estábamos por presenciar el primer brote de genialidad absoluta en mucho tiempo en el ámbito literario moderno e hispanohablante?

Así las cosas, quien esto escribe y poco más de otros diez mil cómplices repartidos por el orbe (no hay que minimizar el poder de convocatoria del señor Casciari) decidimos contribuir financieramente con la materialización de este sueño, algunos movidos quizás porque tenemos nuestras propias quijotadas que esperamos rentabilizar algún día y por tanto vemos en ello una inversión en karma; los más, porque aunque no supiéramos ni qué iba a haber de contenido ni qué aspecto tendría la revista, de algo sí podíamos estar seguros: el producto que recibiríamos a cambio sería de altos vuelos, o al menos interesante.

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Facebook, ¿La nueva clase media?

Facebook

Siempre he dicho que si no me hubiera dedicado a estudiar diseño gráfico hubiera sacado algún grado en sociología. La condición humana y por qué hacemos lo que hacemos como grupo social han sido temas de mi interés por mucho tiempo. Igualmente ninguna de las dos carreras da para vivir decentemente en mi país, así que quizás no hubiera habido en eso mayor diferencia.

El asunto es que hoy me topé con un artículo que propone una tesis incendiaria y que se las trae; de cómo el fenómeno de las redes sociales —especialmente Facebook— está dando forma a un nuevo parámetro de comparación global, visible sobre todo entre los jóvenes de las regiones menos económicamente afortunadas del planeta pero con acceso a esta red social.

Este, dicen los expertos, es otra consecuencia no prevista (¿ah sí?) del fenómeno de la globalización. Es bien sabido que desde que se sabe que Internet existe, el perfil común denominador del usuario promedio de ésta fue (y aún sigue siendo, en buena parte) el de típico residente-de-suburbio-gringo-clasemediero-con-casas-y-jardines-bonitos-y-sin-rejas-ni-maleantes. Sumémosle a eso un ingreso per cápita anual al menos cuatro o cinco veces superior al promedio de país tercermundista, lo que a su vez otorga acceso a adquirir y obtener de primeros cuanto tecnochunche sale al mercado (con toda la parafernalia infraestructural y comercial que viene aparejada a ellos), y un estilo de vida en consonancia con dicho poder adquisitivo y base tecnológica.

El centro de este juego es cómo Internet nos da —al menos mientras la neutralidad en la red dure— acceso a un nivel democrático y por igual a las redes sociales, lo que nos da una aparente sensación de igualdad pareja. O sea, lo mismo puedo yo accesar mi perfil de Facebook y poner cosas ahí que como hacen Lady Gaga, Justin Bieber o Robert Scoble con los suyos. Lo que tendemos a ignorar es que en el plano real y físico, muchas veces las similitudes terminan ahí. Ya no nos comparamos con nuestros vecinos de la calle o la acera de enfrente sino con fulanito que conocimos en algún viaje hace años y que es el primero en tener siempre los últimos gadgets, o zutanito que parece vivir en un avión 300 días al año, o menganito que no se cansa de postear fotos de todos los lugares que ha visitado en los últimos meses para demostrarnos cómo su vida diaria es infinitamente más interesante que la nuestra (todos ellos contactos reales míos cuya identidad me reservo para proteger al inocente. Es un decir.)

Esto, para ser francos, no es más que una simple y mal disimulada nueva forma de presión social autoinflingida. Y valga decirlo, una moral y económicamente insostenible a largo plazo, realmente. Nos pasamos comparando nuestras realidades con las de otros, pasando por alto un millón de variables que son las verdaderas responsables de que ellos estén así y nosotros asá. En menos tiempo de lo que canta un gallo terminamos absorbidos por una burbuja artificial de fantasías, expectativas y pretensiones que a la larga poco o nada tienen que ver con nuestro entorno real, donde siguen siendo muchos más los que a duras penas les alcanzan sus ingresos para comer. Pero es en cierto modo inevitable y lógico: nadie, a menos que tenga vocación de misionero asceta, estaría voluntariamente dispuesto a bajar su nivel de vida actual a uno inferior. Siempre queremos ir por más, por algo mejor, o más bien por lo que nos parece que es lo mejor para nosotros. Al adquirir —digamos— un iPad o un smartphone, no estamos adquiriendo solamente un aparato útil; lo hacemos, inconscientemente o no, en pos de sentir pertenencia a cierto grupo y ser aceptados en el mismo como iguales, en no quedar fuera, y por supuesto en estar a la última. La necesidad de aceptación y la búsqueda de aprobación, por lo visto, no son síntomas exclusivos de la adolescencia.

Hace algunos días se anunció que Facebook cuenta hoy día con más de un millón de usuarios en Costa Rica. O lo que es lo mismo decir, uno de cada cinco habitantes del país de todo género y edad usa o ha usado este sitio. ¿Somos acaso inmunes a este patrón imitativo global? Lo dudo mucho, y de hecho puedo notar ya ciertas características comunes entre el grupo de facebookistas que frecuento y no son muy diferentes de lo que pasa, digo yo, entre los símiles de Suráfrica o Buenos Aires. ¿Es esta la redefinición global de lo que llamaríamos la clase media?

Foto del encabezado graciosa y gentilmente cedida via licencia Creative Commons por Pablo Contreras