Primero las disqueras; ahora, las editoriales

Se dice, se siente y está presente: Según los que saben, el 2010 será por fin el año del “libro electrónico”, llámese Kindle, Nook, iTablet o como sea que se llame el aparatito en boga que promete eliminar el papel de nuestras vidas, así como el MP3 ha eliminado la necesidad de discos físicos de música y YouTube pretende eliminar la necesidad de los canales de televisión.

Hace diez años, las discográficas —intermediarios del mercado de la música grabada— se sentían triunfantes, seguros de tener un negocio a prueba de balas y una entonces incipiente Internet que no representaba una competencia seria. Pero no tomaron en cuenta que el futuro los alcanzaría más rápido de lo que creían. Y cuando el futuro los alcanzó, en vez de encontrar una forma de adaptarse a las nuevas reglas del juego, hicieron las del niño que en un acto de berrinche se lleva la pelota para su casa anulando el juego; buscando chivos expiatorios y torciendo el brazo de la ley a su favor. Victorias pírricas que no han hecho sino retrasar un poco su inexorable extinción.

Ahora, por lo que parece, el turno les toca ahora a las editoriales, al menos en España (y como es de esperar, en América Latina estos fenómenos nos llegarán más tarde, pero llegarán al fin y al cabo). Volvemos a ver la misma historia, solo que en el caso del mercado del libro hablamos de un modelo de negocios que virtualmente no ha cambiado desde la invención de la imprenta por Gutenberg en el siglo XV. ¿Está realmente ocurriendo una transición masiva de preferencia hacia el libro digital, como los entusiastas de la tecnología nos dicen?

A juzgar por mis amigos que son ávidos lectores, eso aún no ocurre por estos lados. Por más que virtualizemos nuestro conocimiento e información, seguimos y seguiremos siendo criaturas que responden a estímulos sensoriales. Nos gusta tener algo físico, tangible, real entre las manos, sentirlo, usarlo, darle nuestro “sello personal”. Por esto mismo es que ha resurgido el vinilo entre los entusiastas de la música como la experiencia física que le hacía falta a la música de hoy. Y así también hay muchas personas a las que leer un libro en uno de esos aparatitos les parecerá un acto sacrílego y una experiencia estéril.

Sin embargo, la escritura hace tiempos está en la pared; Internet trae consigo la extinción inexorable de los intermediarios en cualquier mercado. Y así como una banda musical no necesita hoy día de un sello disquero para darse a conocer y obtener ingresos (así sea por promocionar conciertos y vender chucherías), un escritor novel no necesitará de los caprichos de una editorial para dar a conocer su obra, y eso es algo positivo.

Hay libros que jamás podré concebir en una versión electrónica, como las ediciones de lujo, o los libros de pasta dura profusos en diseño y fotografías, que ciertamente están más destinados a ser objeto de biblioteca personal que bits y bytes en una computadora. Pero para el típico libro de bolsillo, encuadernado en rústica, una opción electrónica en un lector apropiado  (y a un precio mucho más competitivo) es una alternativa digna de considerar.

¿Nos tocará acaso presenciar el final del ritual de curiosear por una librería y pasear la vista por los anaqueles en busca de algo que nos llame la atención? Confieso no ser un visitante asiduo de librerías (a pesar de tener carnet de Libro Club de la Internacional), pero no estoy muy seguro de que las librerías vayan a desaparecer. Y si lo hacen, al igual que las disqueras, no será sin dar antes pelea por seguro.

Sin embargo, la gran interrogante: Si así como la música, un libro digital puede ser copiado al infinito sin que represente ingresos para el autor, ¿cómo puede éste sostenerse financieramente? Una banda al menos puede vender merchandising y conciertos.  ¿Pero un escritor? Queda averiguarlo de tarea.

2 thoughts on “Primero las disqueras; ahora, las editoriales

  1. vulturgryphus says:

    no deja de ser irónico, un post en un blog, medio electrónico por definición, en defensa del medio físico

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