Cumbio

Un sentimiento que estoy seguro compartimos muchos de los que ya pasamos hace rato los treinta con respecto al boom de las redes sociales, es que participar en ellas a estas alturas de la vida se siente más como una tarea que como un acto natural y que fuera parte tan intrínseca de nuestra vida como lavarse los dientes. Para nosotros, ya adoptar el e-mail y el mésenyer a nuestro día a día constituyó un paso lento y gigantesco, y siempre nos preguntamos si realmente necesitamos más que eso.

Algunos lo hacemos porque al trabajar entre geeks es inevitable probar, aunque sea a regañadientes, abriendo una cuenta en uno de estos sitios sólo para sentirnos absorbidos por el nivel de interacción y envolvimiento (¿estaré inventando una palabra?) que tales sitios demandan. Otros porque “todos los amigos lo están haciendo” y cumpliendo al pie con la ley de la influencia de las masas y para “no quedarse atrás”, igual se meten, aunque no tengan idea para qué.

En Costa Rica Hi5 sigue siendo el rey de las redes sociales. No es fácil de explicar por qué una red social es más exitosa en un país que en otro, salvo por el hecho de que por casualidad se junte más gente de un país determinado. El caso es que por influencia y un poco de interés en ensanchar mi círculo de amistades locales, igual me terminé haciendo una cuenta allí. Pero a los meses no vi que hubiera mayor beneficio para mí con ello, y la eliminé. Y no solo por eso; con solo ver la clase de personajes que pululan en esa red, una mezcla entre un flashback gacho al patio de recreo del cole —etapa que muchos queremos dar por superada— y pseudomodelajes de jóvenes con seria falta de amor propio y “galanazos” alérgicos a las camisas, con mucho más celeridad caí en la cuenta que eso no era lo mío.

Luego siguió Facebook, donde el diseño al menos logra que las cosas no parezcan salirse de control y donde sí he podido quedarme, pues el sitio tiende a atraer personas de mayor edad y experiencia profesional. Sin embargo, admito que soy incapaz de seguir día a día el movimiento de esa red y mis contactos. Al sólo entrar ahí me invade un sentimiento de exceso de información con el que mi cerebro, que no se formó en los años donde el multitasking y el déficit atencional eran los parámetros de la sociedad, se rebela inútilmente. Y eso que no sigo ni acepto “aplicaciones” con las que mi nivel de atención y sanidad probablemente terminarían estrellándose contra un muro.

Y por otro lado tenemos a los hijos nativos de la era digital, esos que aún estaban ensuciando pañales cuando nosotros ya estábamos quemando los últimos cartuchos de la adolescencia. Por muchos años los expertos de la informática se preguntaron cuál sería la reacción de estos jóvenes, para quienes la PC, el mouse e Internet siempre han existido, con la misma. Para muestra —digo yo— un botón, del diario argentino Clarín:

(En) un debut sexual colgado en YouTube (…) se veía a un chico de 12 años practicándole sexo oral a otro. También en (otro video) se exhibía a una pareja de 15 haciendo lo mismo en el baño de una estación de servicio. Fueron amonestados por su colegio porque tenían el uniforme.

Prosigue la nota con un par de especialistas argumentando que “esto se destaca en los floggers porque su lema es ‘lo mío le pertenece a todos’. Buscan popularidad porque es una forma de conseguir la aceptación entre sus pares que hacen lo mismo” (…) “Es que vivimos en la cultura del ‘todo ya y ahora’ por la inmediatez de las tecnologías”

He ahí, el eterno dilema adolescente de la búsqueda de aceptación y pertenencia, transformado y reempaquetado por las nuevas tecnologías. Pero hay un cambio más allá del medio. Las redes sociales incitan a compartirlo todo, absolutamente todo — incluso, como se ve, las situaciones más íntimas, sin pudores ni recatos. Y siendo los jóvenes criaturas que, desde siempre, primero actúan y luego piensan (no todos, pero sí bastantes), son un target tan moldeable como plastilina y vulnerables a la presión de grupo, y encima viven (qué digo, vivimos) en una sociedad donde el sexo es cosa omnipresente, no preveer situaciones como esta es pecar de ingenuo.

El adulto en nosotros cuando ve eso piensa en las consecuencias de tener semejantes cosas al descubierto en un perfil de red como si nada. Sin embargo también me pongo a pensar: Esa naturalidad con la que entre los jóvenes se comparte ahora todo, ¿no debería redundar a mediano plazo en una sociedad libre de anquilosados tabúes y prejuicios, más sincera y honesta? Porque eso sí sería algo positivo, si algo bueno se puede sacar. Pero viendo los pleitos que pasan una y otra vez entre las “tribus urbanas” por razones sin fundamento —como la nota de donde proviene la foto de este post— esos parecieran ser más bien sueños de opio. ¿Será que Nietzsche nunca dejará de tener razón?

4 thoughts on “Cumbio

  1. D|Verse|City says:

    No sabía de la existencia de los floggers. Y una parte de mí, sin rechazar tu aporte, deseara no haberlo sabido. Tengo un hermano a esas edades y me aterra… De más está decir como me siento al respecto, y basta con decir que estoy sobre los 30.

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