Do(n’t) be evil

Don’t Be Evil es un precepto muy fácil de cumplir cuando es uno el que define que es evil y que no; y que el principio de neutralidad de la red sea destrozado por Google acaba de tirar abajo a otro de los mitos de Internet, ya que esto es ser evil en todas sus formas.

El insigne comunicador argentino Mariano Amartino en cómo la evidente aparente preferencia de Google por un ISP (proovedor de servicios de Internet) particular en su país (remitirse a respuesta de Sebastián Delmont en el susodicho post) puede, de ser lo que se teme, un precedente muy peligroso para el resto de la Internet y la proclamada neutralidad de la misma.

No voy a ser yo el que despotrique contra Google y todos los que le admiran, si yo mismo (y prácticamente todos los usuarios de Internet) dependemos en bastante medida de sus servicios de correo electrónico, RSS, búsqueda y todas esas cosas. Intentemos concebir una red mundial sin las prestaciones de Google que, sin darnos cuenta, utilizamos todos los días. ¿Difícil, verdad?

Pero a la vez debería hacernos pensar si con tanta adulación y el poner a la compañía de Mountain View en un pedestal permanente, hemos terminado por darles más poder de lo que nos conviene.

¿Un signo de lo que está por venir en Internet, o no es aún hora de sacar las cacerolas virtuales?

Actualización: A modo de bis y con más información mediante, Mariano nos aclara que todo se debió a, básicamente, un comunicado de prensa pésimamente redactado. No es ni de lejos el primer exabrupto en Internet que se lleva a muchos en banda, ni será el último, y aparentemente Google sigue siendo para felicidad del mundo el buen vecino incapaz de hacer daño a nadie. 

Aunque estos nuevos desempleados nos digan lo contrario…

Havana Club

Por la autopista de ocho carriles que atraviesa la isla, cuya construcción se inició con ayuda soviética y luego se dejó a medias cuando se hundió la Unión Soviética, pasan tres autos cada dos minutos. Hay un gran vacío que se dilata. Esta ausencia casi insondable es un signo del fracaso de Cuba. La vida es muy dura para la mayoría de los cubanos. Pero también está lejos de ser libre, y eso no puedo aceptarlo. Sin embargo, en un momento en que Occidente está, de un modo u otro, evaluando el alto precio de sus excesos, me siento más indulgente hacia el achacoso Fidel de lo que nunca creí posible.

Roger Cohen del New York Times, en traducción del diario venezolano El Nacional sobre Cuba, el contraste que da un lugar donde el consumismo voraz y salvaje prácticamente no existe y las lecciones que, quizás, deberíamos sacar de ello en estos tiempos de crisis mundial.

Aunque el autor no ignora que Cuba ha tenido que pagar un precio muy alto por mantenerse al margen de la vorágine comercial del resto del mundo, esa misma condición la ha hecho ejemplo de cómo “la vida sin marcas existe, después de todo.”

Y se pone uno a pensar, ¿Es tan imposible que exista una sociedad equilibrada, sin caer en los extremos de la avaricia y el consumismo que nos ha llevado a esta debacle financiera, ni la represión y el sojuzgamiento impíos que son caldo de cultivo de las dictaduras?

En Costa Rica nos ufanamos de ser un país “libre e independiente”, proclamándolo — sin una pizca aparente de ironía— desde las prisiones miniatura rodeadas de alarmas y alambre navaja, al mejor estilo de los campos de concentración nazis, que sin rubor alguno damos en llamar “casas”. En Cuba, mientras tanto, la idea de ser asaltado o vapuleado en media calle sigue siendo un concepto ajeno, a cualquier hora del día.

Y aún así, miles de cubanos han desertado en oleadas de la isla. Es comprensible por cuanto — y he ahí la principal razón del fracaso del comunismo— la libertad individual no puede ser completamente aniquilada en favor del bien colectivo como ha pretendido el socialismo radical de Fidel y compañía. Pero quitemos al barbudo y la pobreza de su fracasado experimento de la escena por un momento. Si la pobreza y la falta de libertad no fueran razones de peso para emigrar de Cuba, ¿por qué querría uno salir de ahí? ¿Por poder vestir ropa de marca o tener el celular de moda? ¿Por poder hartarse de comida basura y grasas trans? ¿Por saber qué se siente manejar un auto que no sea de los años cincuenta del siglo pasado? ¿Por acumular trastos por los que después te puedan pegar un tiro?

¿Somos realmente “libres” cuando el consumismo ha hecho presa y esclavos de nosotros sin darnos cuenta? ¿Dónde se traza la línea entre las necesidades justas y el excedente injustificado? ¿Qué necesidad habría de encerrarnos entre rejas si no atesoráramos tanto chunche? ¿Qué tanto hace falta para vivir realmente feliz y tranquilo?

Todo esto, en fechas en que el BID —otra de esas instituciones gringas creadas para cumplir con la agenda de los EE.UU de “salvar al mundo” a su manera— publica una encuesta en la que el pueblo costarricense se considera “el más satisfecho” de América Latina. Personalmente, no veo tal “satisfacción” en las calles, ni en los rostros de la gente… ¿A quiénes les preguntaron? De fijo no fue a mí.

Cumbio

Un sentimiento que estoy seguro compartimos muchos de los que ya pasamos hace rato los treinta con respecto al boom de las redes sociales, es que participar en ellas a estas alturas de la vida se siente más como una tarea que como un acto natural y que fuera parte tan intrínseca de nuestra vida como lavarse los dientes. Para nosotros, ya adoptar el e-mail y el mésenyer a nuestro día a día constituyó un paso lento y gigantesco, y siempre nos preguntamos si realmente necesitamos más que eso.

Algunos lo hacemos porque al trabajar entre geeks es inevitable probar, aunque sea a regañadientes, abriendo una cuenta en uno de estos sitios sólo para sentirnos absorbidos por el nivel de interacción y envolvimiento (¿estaré inventando una palabra?) que tales sitios demandan. Otros porque “todos los amigos lo están haciendo” y cumpliendo al pie con la ley de la influencia de las masas y para “no quedarse atrás”, igual se meten, aunque no tengan idea para qué.

En Costa Rica Hi5 sigue siendo el rey de las redes sociales. No es fácil de explicar por qué una red social es más exitosa en un país que en otro, salvo por el hecho de que por casualidad se junte más gente de un país determinado. El caso es que por influencia y un poco de interés en ensanchar mi círculo de amistades locales, igual me terminé haciendo una cuenta allí. Pero a los meses no vi que hubiera mayor beneficio para mí con ello, y la eliminé. Y no solo por eso; con solo ver la clase de personajes que pululan en esa red, una mezcla entre un flashback gacho al patio de recreo del cole —etapa que muchos queremos dar por superada— y pseudomodelajes de jóvenes con seria falta de amor propio y “galanazos” alérgicos a las camisas, con mucho más celeridad caí en la cuenta que eso no era lo mío.

Luego siguió Facebook, donde el diseño al menos logra que las cosas no parezcan salirse de control y donde sí he podido quedarme, pues el sitio tiende a atraer personas de mayor edad y experiencia profesional. Sin embargo, admito que soy incapaz de seguir día a día el movimiento de esa red y mis contactos. Al sólo entrar ahí me invade un sentimiento de exceso de información con el que mi cerebro, que no se formó en los años donde el multitasking y el déficit atencional eran los parámetros de la sociedad, se rebela inútilmente. Y eso que no sigo ni acepto “aplicaciones” con las que mi nivel de atención y sanidad probablemente terminarían estrellándose contra un muro.

Y por otro lado tenemos a los hijos nativos de la era digital, esos que aún estaban ensuciando pañales cuando nosotros ya estábamos quemando los últimos cartuchos de la adolescencia. Por muchos años los expertos de la informática se preguntaron cuál sería la reacción de estos jóvenes, para quienes la PC, el mouse e Internet siempre han existido, con la misma. Para muestra —digo yo— un botón, del diario argentino Clarín:

(En) un debut sexual colgado en YouTube (…) se veía a un chico de 12 años practicándole sexo oral a otro. También en (otro video) se exhibía a una pareja de 15 haciendo lo mismo en el baño de una estación de servicio. Fueron amonestados por su colegio porque tenían el uniforme.

Prosigue la nota con un par de especialistas argumentando que “esto se destaca en los floggers porque su lema es ‘lo mío le pertenece a todos’. Buscan popularidad porque es una forma de conseguir la aceptación entre sus pares que hacen lo mismo” (…) “Es que vivimos en la cultura del ‘todo ya y ahora’ por la inmediatez de las tecnologías”

He ahí, el eterno dilema adolescente de la búsqueda de aceptación y pertenencia, transformado y reempaquetado por las nuevas tecnologías. Pero hay un cambio más allá del medio. Las redes sociales incitan a compartirlo todo, absolutamente todo — incluso, como se ve, las situaciones más íntimas, sin pudores ni recatos. Y siendo los jóvenes criaturas que, desde siempre, primero actúan y luego piensan (no todos, pero sí bastantes), son un target tan moldeable como plastilina y vulnerables a la presión de grupo, y encima viven (qué digo, vivimos) en una sociedad donde el sexo es cosa omnipresente, no preveer situaciones como esta es pecar de ingenuo.

El adulto en nosotros cuando ve eso piensa en las consecuencias de tener semejantes cosas al descubierto en un perfil de red como si nada. Sin embargo también me pongo a pensar: Esa naturalidad con la que entre los jóvenes se comparte ahora todo, ¿no debería redundar a mediano plazo en una sociedad libre de anquilosados tabúes y prejuicios, más sincera y honesta? Porque eso sí sería algo positivo, si algo bueno se puede sacar. Pero viendo los pleitos que pasan una y otra vez entre las “tribus urbanas” por razones sin fundamento —como la nota de donde proviene la foto de este post— esos parecieran ser más bien sueños de opio. ¿Será que Nietzsche nunca dejará de tener razón?