Enfermérides.

Quién hubiera dicho que después de años de estar toqueteando lo que no debía en Internet y lanzarme así, a la troche y moche, a experimentar con cuanta cosa me encontraba, iba a depararme una mención como “pionero” en el periódico de los movers and shakers del país, El Financiero:

No hay duda: Los blogs en Costa Rica por fin dejaron de ser el dominio de unos cuántos locos obsesos con la tecnología para pasar a ser un fenómeno social en toda regla. Hasta en los diarios nacionales —bastiones del periodismo más conservador y tradicional donde los haya– dejaron de ser tabú.

Para quienes no conocen la historia: Sí, mi primer gran éxito con los blogs se llamó Pura Vida, nombre escogido en vista de encontrar algún identificador que, en vista de la escasez de símiles nacionales, pusiera de algún modo el nombre del país en el mundo de la entonces naciente blogosfera. Incluso ganó uno de estos premios. En otra ocasión ya me referí a la historia circundante sobre cómo empecé y los otros pioneros nacionales que siguieron apostándole a este revolucionario medio de comunicación. De ese período, lamentablemente no quedan archivos, debido a la inexperiencia mía con los proovedores de hosting en ese tiempo y en cómo hacer respaldos (Solamente existen archivos a partir del 2003). Mis disculpas.

Sin embargo, de su predecesor, un experimento llamado Haptus Blogus, (1999-2000) sí he logrado encontrar algunas páginas sueltas, hoy preservadas como si de un descubrimiento arqueológico se tratase (muestras aquí y aquí).

El crédito de esta nota en buena parte se debe a Ignacio Siles, un brillante jóven académico de la Universidad de Costa Rica que se dio a la tarea de publicar el primer estudio serio sobre weblogs en el país. Eso obviamente incluyó una entrevista con este servidor, y supongo que de ahí proviene mi mención en el artículo. (Además, ya veo que tener un dominio con mi diminutivo repetido iba a generar confusión de escritura)

Y sí, después de estar irremediablemente asociado con todo lo que fueran blogs en Costa Rica me alejé por un buen tiempo de la “escena” blogueril, en parte por falta de tiempo y ganas, y el puesto mío eventualmente fue tomado por otros creadores con temáticas y estilos muy diferentes. Pero eso no importa; es parte de lo normal en un medio tan dinámico y propenso a reinventarse como la Internet. Lo viejo le da campo a lo nuevo y así. No me obsesiona volver a ser, a falta de mejor palabra, un blogstar (aunque un poco de coaching por Carlos no me vendría mal en estos momentos). Sin embargo, en el artículo de El Financiero hay, vaya a saber uno por qué razones y en mi opinión personal, un gran ausente — Cristian Cambronero.

Tracatechíngulis.

Tango, asado, mate, fútbol, gauchos y la belleza de sus mujeres; todas ellas, cosas que definen muy bien a Argentina y a su cultura popular. Cosas igualmente experimentadas al máximo en mi reciente viaje de vacaciones a ese país. Pero esta vez me interesa concentrarme en una de las mejores experiencias en lo que al “artista” que llevo dentro e intento redescubrir últimamente concierne, ocurrida de forma prácticamente improvisada y por pura casualidad un frío y lluvioso miércoles en la ciudad de Buenos Aires.

Hace cosa de siete u ocho años en un período muy particular de mi vida estaba trabajando para don Carlos Figueroa, un profílico creador de material infantil a nivel nacional cuyas creaciones influyeron de manera decisiva en generaciones como la mía. Fue en ese tiempo también que comencé, por medio de revistas viejas en poder de don Carlos y de un amigo porteño llamado Germán, a descubrir la obra de otro gran creador y, en definitiva, el símil del primero en la Argentina: Don Manuel García Ferré, un español que llegó en la década de los cuarentas del siglo pasado al país de la Plata a trabajar como dibujante comercial y quien, con el tiempo, formaría un emporio mediático que produjo una cantidad invaluable de revistas, programas de televisión y largometrajes animados, con niveles de calidad y producción únicamente comparables a los de Walt Disney en su época.

Yo, que siempre he tenido afinidad por este tipo de cosas y admiración por esta clase de personas, averigué cuanto pude de este singular creador en Internet, en buena parte gracias al mismo Germán, quien además me pasó algún material gráfico desde Argentina. Pasaron los años sin prisa pero sin pausa, y cuando por fin —después de varios intentos fallidos— se me presentó la oportunidad de pasar unas semanas de vacaciones y un pasaje cómodo de avión a Buenos Aires, no lo pensé dos veces.

El caso es que Germán y yo nos encontramos por fin en la capital del tango y, entre otras cosas en plan de city tour, me propuso visitar el sitio de las actuales oficinas de García Ferré —quien a sus 79 años sigue increíblemente activo en su trabajo—, un décimo piso en el edificio 1386 de la famosa avenida Corrientes, con tal de conocer y decir “aquí estuvimos”. Nada muy pretencioso, especialmente al toparnos con una oficina de puertas cerradas y aparentemente desierta. Entonces se nos ocurrió grabar algo como para no haber hecho el viaje en vano. Y en eso… el video lo dice mucho mejor que mil palabras.

No creo que pueda decir acá mucho más de lo que el video, ya por sí solo, muestra. Sólo quiero agregar que el respeto y admiración que tengo hacia este verdadero Quijote de la animación y la historieta en Suramérica que se atrevió a hacer escuela donde muchos probablemente decían que no era posible se incrementó en un ciento por ciento. Hubiera deseado poder discutir tantas cosas con él allá, pero creo que pedirle más a mi suerte hubiera sido demasiado. Junto a otros fanáticos y amigos de la Argentina, compartimos el interés de que sus creaciones —cuya producción fue golpeada duramente por la crisis económica del 2001— no decaigan en el olvido o en mero artefacto de nostalgia, pues si algo hace falta en la generación actual de futuros ciudadanos de nuestros países es esa combinación de entretenimiento sano, pícaro y divertido con enseñanzas útiles para el resto de la vida. Como el del mundo de los personajes de García Ferré.

Giroscopio.

* Un enlace que me pasó Andrés Bianciotto me recordó una caricatura de Mafalda, ésta en concreto:

Remitámonos a la Tierra misma, que las fotos de la NASA nos la muestran usualmente así:

Pero ¿qué sabe el universo de posiciones y dimensiones? Perfectamente podríamos estar así:

¿Por qué, entonces, seguir preservando esa idea de “ellos arriba y nosotros abajo”, presente en cada mapamundi del planeta, que me temo nos ha afectado psicológicamente más de lo que nos atrevemos a admitir?

En otros tiempos me puse a investigar sobre las posibles causas del subdesarrollo en nuestros países, y entre las muchas hipótesis de causales que se plantean usualmente como los culpables (el clima, los genes españoles, los políticos etc) me parece que de todas, esta concesión de inferioridad que se viene arrastrando desde los tiempos de los cartógrafos del Renacimiento (los primeros en ponerse ellos “arriba” y, por consiguiente, “abajo” a todos los demás), y que actúa como una barrera en el subconsciente de generación tras generación a la cual se le enseña que así han sido las cosas desde siempre y no pregunte porqué, es lo que a la larga nos ha mantenido en ese no-lugar, ese limbo de ser países “en vías de…” y que en otras tierras nos pasen preguntando si es que somos de Puerto Rico. Por poner un ejemplo.

Ah, pero ay del que se le ocurra declarar el abajo como arriba y viceversa… no vaya a ser que se enojen los grandes señores del capital que determina desde el Big Bang qué es “arriba” y qué es “abajo”; a quién le toca ser la cabeza y a quién el cul…tivo agrario del mundo.