Steve.

Prácticamente no debe quedar ser humano en el planeta –si descontamos a las tribus brasileñas de los Yanomami y similares– que no haya oído hablar en algún momento del singular fundador y hoy CEO de la compañía informática Apple, Steve Jobs, o que se haya expuesto a alguna de las creaciones-objetos instantáneos del deseo que ésta ha producido a lo largo de los años y que han convertido a la compañía en un pivote de la informática mundial.

Sin embargo, para todo el protagonismo mediático y de masas con el que se puede definir el fenómeno Apple, la compañía posee un gran talón de Aquiles en lo que es precisamente la mayor de sus fortalezas: Su líder. O más bien, la eventual mortalidad y desaparición de su líder, como ya más de una vez ha estado a punto de ocurrir. Un gazapo de Bloomberg, publicando por error un obituario antes de tiempo, probablemente tuvo a varios inversionistas al borde del suicidio antes de que se aclararan las cosas. Apple, como Disney, Edison y otras compañías del pasado y presente, sufre de lo que Jim Collins y Jerry Porras en su libro Built To Last (en español: “Empresas que perduran”) describen como el “síndrome del líder carismático”, donde el fundador deviene en una figura mitológica, casi extraterrestre y de naturaleza irremplazable, por más boyante y estratificada que sea la empresa y donde, por tanto, la idea de perder al gran líder es asunto tabú y tema censurado mientras se pueda.

Y es que, cuando en las MacWorld Expos Steve Jobs desciende del Olimpo geek para presentar, él mismo, los nuevos y maravillosos juguetes de su compañía que todos inmediatamente desearán tener en sus manos, es imposible pensar en otra cosa que no sea lo evidente a primera vista: En ese contexto, Steve Jobs es Apple, Inc. Inventos como el iMac, el iPod y el iPhone le son atribuidos casi exclusivamente a su ingenio y creatividad. ¿Cómo concebir entonces una compañía como Apple sin la presencia de Steve Jobs?

Sin embargo el mismo Steve no ha titubeado en reconocer su propia mortalidad en vista de las circunstancias. Una de las partes más reveladoras de su ya famoso discurso en Stanford trata sobre la muerte con una naturalidad inusual. El texto dice, refiriéndose a su lucha contra el cáncer pancreático de hace unos años atrás: “Esto ha sido lo más cercano que he estado en enfrentar a la muerte, y espero que sea lo más cerca que esté por unas cuántas décadas más “.

Pero el aspecto del fundador de Apple, cada vez más delgado y magro, pone en tela de duda estas declaraciones. Sumémosle el hecho de que Jobs, un declarado budista y vegetariano, ha rehusado seguir tratamientos convencionales de medicina en favor de “alternativas” basadas en el Ayurveda, los chakras y demás yerbas por el estilo.

Nade de esto, sin embargo, parece quitarle el sueño al tío Steve, quien en sus palabras parece sereno en aceptar lo que venga. Pero es evidente que ni Apple, ni sus inversionistas, ni la gran comunidad de fanáticos de la marca por el mundo, están preparados para vivir en una era post-Jobs. ¿Y cuando suceda, qué pasará realmente? La respuesta sólo la tiene, como siempre, el tiempo.

Scratch.

Quienes me conocen a fondo saben que soy bastante ecléctico y abierto en lo que toca a gustos musicales — aunque tengo, como es de esperarse, mis favoritos–. Uno de mis principales placeres musicales ocultos ha sido el del hip-hop, sobre todo el que conlleva letras con mensajes que te provoquen alguna reacción: reflexionar, hacer crítica o simplemente reírte. En nuestra cultura y nuestros medios, dominados por la tiranía vacua del reggaetón y el chiqui-chiqui, artistas ejemplares de este género en nuestro idioma –que los hay, y muy buenos– pasan eternamente condenados al olvido y a la indiferencia. De lo que nos perdemos. Por fortuna que existe Internet para darnos cuenta de que en música hay mucho más allá de lo evidente.

Me inclino generalmente por el hip-hop de Europa, cuyo estilo, letras y sonido tienen realmente poco que ver con la contraparte más conocida estadounidense, que en estos días solo parece tratar de raperos con demasiado dinero, joyas y mujeres hablando de nada. Francia es por mucho la meca del hip-hop europeo. Nombres como MC Solaar, Faf Larage, Alliance Ethnik y muchos otros son considerados eminencias en el medio. En España, la afinidad con el idioma lo hace aún más interesante y existen íconos como Violadores del Verso, Nach, Mala Rodríguez, SFDK, Kase-O y muchos otros, con niveles de producción y profesionalismo que no tienen nada que envidiar a los más conocidos símiles del país del norte. Y al contrario de éstos, las letras de los europeos tienden a ser más variadas en contenido, más en son de “reflexión social”, e incluso más entretenidas si se trata del juego de rimas en modo rápido que parecieran una hazaña casi imposible de memorizar.

El caso es que hojeando una de esas revistas underground que por lo visto no circulan fuera de San Pedro me topo con un sujeto que se hace llamar Castillo, y le hace a esto del hip-hop “de verdad” en nuestro país. Me intrigó; no sabía ni me imaginaba que hubieran artistas de ese género en este cafetalito con luces, sobre todo considerando que nuestras historias diarias darían para hacer un aluvión de temas. Y la verdad es que no lo hace mal, aunque es obvio que falta trecho por recorrer para llegar a los niveles de Francia o España. Pero hay algo. Existe. He aquí un video.

Enrique Castillo tiene 30 años y a los 19 partió a Francia, donde residió por tres años y evidentemente descubrió el hip-hop, que lo marcó de por vida. De regreso en el país comenzó a escribir canciones en plan de pasatiempo, pero no fue hasta el 2000 que comienza a darle forma a lo que sería su proyecto por los próximos ocho años; el disco Hecho en Casa. Y se rumora un segundo disco para este año. Me pregunto si habrán más raperos criollos por ahí.

Hay muchas otras piezas de Castillo en su sitio de MySpace.