MPG.

De todos es sabido el caos y parálisis que ha creado en todo el mundo la escalada sin control del precio del petróleo y por consiguiente, del combustible del que dependen casi todos los medios de transporte del mundo. A excepción de algunos países productores que seguramente se divierten a sus anchas con la especulación que ha inflado los precios en más de un 100% en menos de un año, el temor y la incertidumbre hacen presa de todos los demás, mientras hay que seguir poniendo buena cara como si nada anormal sucediera.

Costa Rica no es la excepción a este viacrucis petrolero, y encima de los aumentos que nos tienen ya pagando cerca de 6 dólares por galón de gasolina (en una economía con sueldos promedio de US$800 al mes para trabajadores calificados) se acaba de implementar la versión tica del infame “Hoy No Circula” mexicano, dando un duro golpe en un país donde el transporte público es de auténtica pena ajena y donde el automóvil es, en muchos casos, la única manera de llegar a tiempo a los trabajos.

Las reacciones del pueblo tico, oscilantes entre el ingenio forzado por la necesidad y la premura de la desesperación, no se han hecho esperar. Y sí, a mí también me toca dejar el carro guardado un día de la semana y sufrir las consecuencias, aunque afortunadamente he logrado hacer yunta con dos compañeros de la zona para ese día en particular. Aunque me gustaría que el teletrabajo fuera en el país una práctica más aceptable para quienes contamos con las prestaciones para ello.

Lo que realmente me tiene con la espina adentro es cómo, por meros caprichos de unos cuantos especuladores con demasiado poder global, nos llevan en banda y hacen pasar por el aro a todos los demás. Muchas veces me da por pensar que el 90% de las crisis son realmente inventadas. Que sí, que la occidentalización de los chinos y los nuevos ricos indios y que el acero y las olimpiadas y aquí y allá. Pero los caprichos especulatorios conforman al menos el 50% del sobreprecio del petróleo que estamos pagando, simplemente porque a alguien se le ocurrió.

Y no sé, pero también es realista pensar que el petróleo no puede seguir subiendo indefinidamente si lo que queremos no es el caos y la parálisis global a corto plazo. Este es probablemente el mejor momento para que los desarrollos automovilísticos basados en energías alternativas (que no sean a costa de quitarle el alimento a la gente) dejen de ser proyectos guardados en escritorios y salten a la realidad. Yo, por ejemplo, en vista que me veré forzado a cambiar de automóvil en poco tiempo por razones de antigüedad –y porque, por más que suba la gasolina, quedarme del todo sin carro en este país no es una opción–, deseo ver alternativas que me ofrezcan el mejor rendimiento posible por mi cada vez más escuálido monto para combustible. ¿Por qué no se le eliminan los impuestos (de más del 100%, increíble) a los vehículos híbridos?

Aunque si tratamos de verle el lado positivo a todo, esta situación quizás represente para felicidad y suerte de muchos nosotros el fin de esa estúpida costumbre, no escrita pero latente en nuestra sociedad, de ser juzgado o apreciado en función del tipo de automóvil que conduces, como si el andar en un “chuzo” influyera de alguna manera en la valía de uno como persona. Me remito a las observaciones freudianas y a la casi infalible ley de compensación entre los atributos del automóvil de marras, versus los ídem del típico conductor del mismo — si saben a lo que me refiero.

En el caso particular de Costa Rica, si el gobierno quiere realmente desestimular el consumo de combustible, es urgente destinar recursos a dotar al país de un sistema de transporte público con estándares de primer mundo, que responda a las rutas y necesidades actuales de la gente. Se alega que proveer a la capital de un subterráneo interconectando las principales ciudades y centros de trabajo, por ejemplo, es incosteable, pero presumo que más caro está saliendo quemar gasolina en los eternos atascos de nuestras carreteras.

El sistema ferroviario, que estuvo a punto de morir en manos de algún presidente de cuyo nombre no queremos acordarnos, es ahora visto como una esperanza latente. Transformar la vetusta maquinaria con más de medio siglo de antigüedad por opciones modernas, económicas y sobre todo rápidas, complementadas con las rutas intersectoriales –si es que algún día se reactivan– eliminarían la necesidad del automóvil para gran parte de las diligencias de los ticos de las zonas urbanas. Si somos tan eficientes para copiar cosas del extranjero, ¿Por qué no copiar lo realmente bueno y valioso donde lo hay? Los diputados, en sus viajes a través del mundo y sus capitales, ¿acaso no observan la diferencia?

Es característico de nosotros, en el país del “pura vida” y el eterno vacilón, no tomarnos casi nada en serio. Pero quizás ya sea hora de ir cambiando un poco. Sobre todo cuando tiene que ver con nuestras billeteras.

¿Aló?

Hace unos días tuvo lugar en Costa Rica la culminación de un proceso verdaderamente histórico, en el que por primera vez en más de medio siglo se ha roto el otrora monolítico monopolio de las telecomunicaciones en el país, algo que parecía realmente imposible. Desde su fundación en 1949 y amparada en los derechos y proteccionismos constitucionales que le otorgó el Estado de la llamada Segunda República, el Instituto Costarricense de Electricidad ha sido, para muchas generaciones de costarricenses, el único proovedor de energía y de telecomunicaciones que han conocido.

La debacle social que nos trajo el Tratado de Libre Comercio con EE.UU, partiendo efectivamente al país en dos, y su posterior victoria en un referendo de resultados aún hoy discutibles por muchos y justificados por otros, abonaron el terreno para el cambio. Si bien el ICE ha sido una institución fundada sobre la base del bien social común, el mercado de las telecomunicaciones cambió dramáticamente en casi 60 años. Mientras hasta no hace mucho se medía el progreso tecnológico del país por la instalación de un teléfono público en –digamos– Cangrejal de Tusubres (por poner el típico ejemplo de pueblo perdido en medio de la nada), el mundo de la tecnología nos asombraba con conexiones a Internet de banda ancha, telefonía celular de avanzada y opciones para comprar un teléfono móvil y salir hablando de la tienda.

Todas estas cosas, por muchos años, fueron vedadas para la mayoría de los costarricenses, no exactamente por el ICE como institución en sí, sino por su consecuente politización y la invasión de la burocracia estatal a sus entrañas, además de su carácter monopólico, desincentivador de cualquier acicate de competencia y buen servicio al cliente. Recuerdo cómo por años interminables algunos soñábamos con tener el acceso a Internet de banda ancha que, allende nuestras fronteras, ya parecían tener Raimundo y todo el mundo mientras a nosotros nos tocaba apañarnos con un módem desesperantemente lento y con tarifas de conexión por minuto. Mientras la Ley de Moore nos ha confirmado el crecimiento exponencial de la capacidad tecnológica informática, en Costa Rica la prooveduría de conexiones decentes a Internet estuvo sujeta por muchos años al capricho, papeleo, ignorancia y desinterés de los burócratas de turno y al de la Contraloría General, un organismo que –en mi opinión– solo ha servido en tiempos modernos para entrabar el desarrollo nacional. Imágenes de filas interminables y listas de espera de años para obtener una línea telefónica, al mejor estilo de la Unión Soviética, fueron por muchos años parte del folclor nacional.

Por otro lado, el carácter y compromiso social al que se debe una institución como el ICE dan pie a un evidente conflicto de intereses: Por muchos años, las obras en infraestructura de telecomunicaciones han tenido un carácter de bien social, con el fin de que hasta las clases más desposeídas puedan tener acceso a ellas mediante fuertes subsidios – algo incongruente con el modelo de negocios de las grandes telefónicas, donde lo importante son las ganancias y la cuota de mercado, y los servicios son para quien los pueda pagar, y punto. Los fabricantes y proovedores de tecnología, que yo sepa, nunca han trabajado por caridad.

Así las cosas, en el país que se jacta de ser el tercero en penetración de tecnología celular a nivel mundial (el teléfono móvil es un apéndice de facto del tico actual), aún seguimos sin conocer las opciones de prepago ni conexiones inalámbricas de alta velocidad como 3G. Un Blackberry, el aparato sine qua non de los ejecutivos de hoy día, en nuestro país es un hermoso pisapapeles. Todos estos grandes talones de Aquiles que han caracterizado las telecomunicaciones costarricenses son potenciales y grandes nichos de negocio para las grandes telefónicas, que vendrán sin duda “con los tacos de frente” a suplir la gran demanda insatisfecha de estos servicios.

No sé si realmente estamos conscientes de lo que se nos viene encima en los próximos años, cuando empresas como Telefónica, Telcel y Huawei se instalen en el país y comiencen a regalar el oro y el moro a todo dios para captar clientes. Los cantos de sirena de teléfonos “gratis”, tarifas de risa y trámites sin filas ni papeleo para salir hablando en minutos sin duda seducirán a muchos. Al menos al principio. Después –lo más probable– terminaremos como lo ilustra Damián en una visita al Perú, donde los altos precios de los servicios han relegado al celular a un uso estrictamente necesario. Como ha pasado en casi toda Latinoamérica. ¿Por qué creemos que acá va a ser diferente?

Muchos temen que esto signifique la desaparición definitiva del ICE, aunque yo lo veo prácticamente imposible (siguen teniendo el control de la generación eléctrica, un rubro ya de por sí super trascendente) pero sí es un hecho que, después de tantos años de ir contra la corriente como país respecto a las tendencias globales, las fuerzas del mercado han podido más y terminaremos bailando a como nos toquen la pieza las trasnacionales. Para bien y para mal, la suerte ya está echada. A ver cómo nos va.

Credo.

Via Lactea

A través de la historia, el concepto humano de los países sólo ha servido para segregar a la gente, encasillarla en estereotipos y alimentar egos y odios irracionales e insensatos. Prefiero hablar de culturas, donde muchos grupos humanos tenemos múltiples y diferentes maneras de interpretar la vida, el arte y la sociedad, y donde a un nivel macro descubrimos que son más las cosas que nos asemejan que las que nos hacen diferentes. Hasta que no aprendamos esta lección la humanidad seguirá dando palos de ciego contra sí misma.

El universo, con su tamaño y distancia tan infinita e insondable, es algo tan extremadamente complejo como para pensar que en este planeta, y solo en este planeta, haya vida. Y vida inteligente de paso. Ya con solo que los famosos avistamientos de OVNIs fueran una realidad confirmada (y no el circo mediático de Roswell), quedaría demostrado que existen allá afuera vida mucho más inteligente que la nuestra. Pensar lo contrario se me antoja un gesto combinado de arrogancia e ignorancia supina; de todos modos, se dice popularmente que la ignorancia es temeraria.

Y si existe un universo tan complejo que no alcanzamos a comprender por completo cómo funciona… debería, por lógica, de existir una Entidad Superior que controle la logística por la que éste se rige, ¿no? Muchos, para no complicarse la vida, simplemente le llaman “dios”, y de paso lo humanizan –en forma de religiones– para tener un referente familiar con que explicarse todo. (Creo que en ese ajuste de un concepto divino a una serie de protocolos e ideologías de orden humano que caracterizan a la mayoría de las religiones está la raiz de todos los males de la sociedad humana).

Siempre he tratado de rehuirle a discusiones de carácter religioso puesto que de ellas no hay manera de salir incólume, y aunque a veces en broma (e igual, para mantenerme al margen de cualquier asunto religioso) me etiqueto como seguidor del Monstruo Espagueti Volador, la verdad es que tiendo más al humanismo secular. No me satisface la explicación evolutiva simplista que todo “se hizo” por causa del azar, y tenemos pruebas de sobra de que existió un proceso de evolución largo y complejo en la Tierra; sin embargo, tampoco puedo pretender que mis ideas particulares sobre una existencia de orden superior reguladora de los acontecimientos del Universo –partiendo de que el aparente caos universal sea, en realidad, un sistema de orden que nuestra finita mente humana es incapaz de comprender en su totalidad — sea la verdad absoluta. Porque de verdades “absolutas” está ya lleno el granero terrestre. Quizás simplemente me niego a encasillar la idea de un ente superior, en tanto que de un alcance infinito, en un contexto protocolario humano imperfecto y sujeto a los caprichos y defectos de nuestra especie, como las religiones. Tampoco es que la ciencia lo explique todo; muchas cosas que suceden han seguido y seguirán rehuyendo una explicación lógica mediante el método científico.

En suma, cuando creemos saberlo todo y nos asaltan delirios de conquista universal, es mejor darse cuenta de cómo realmente somos proporcionalmente en el vasto Universo y observar, en comparación, la vacuidad de nuestras vanidades y nuestra autoproclamada superioridad. También es un buen recordatorio para no estarnos tomándonos siempre tan en serio.