Jacinto.

Sabido es por muchos que Costa Rica se vende como un país verde, ecológico y festoneado de bosques, volcanes, ranitas y lapas revoloteando felices.

Sin embargo, en un ejemplo supremo de decepción publicitaria, basta con observar el recorrido hacia muchos de los santuarios naturales que cautivan a los turistas. En muchos tramos y sobretodo en las inmediaciones de la capital, el escenario es el mismo: Pilas obscenas de basura a la intemperie en cualquier parte, dejadas a su suerte por muchos ticos que jamás aprendieron que la limpieza y el ornato no cuentan sólo puertas adentro. Incluso un cantón central del país ya es conocido a nivel nacional -y quizás internacional- más por las montañas de basura que flanquean constantemente sus calles que por su equipo de fútbol.

De hecho, ni siquiera los santuarios mencionados se salvan por completo. Es fácil saber cuando un tico ha estado de visita en alguno de estos lugares, por la estela de basura que deja a su paso y alimentada por su infatuación casi orgiástica con los envases desechables. Los basureros que se ponen de poco sirven, pues en el mejor de los casos son vistos como adornos y en el peor, reducidos a escombro por ese maldito gen aparentemente implícito en el ADN costarricense de vandalizar cuanta infraestructura pública se le ponga en frente. Y no es que se hayan hecho intentos por remediar la situación; campañas públicas han habido muchísimas y desde hace décadas, pero han sido tan efectivas como arar en el mar.

En los últimos años se ha dado un boom inmobiliario sin precedentes, sobre todo en nuestras costas, donde han surgido como hongos megaproyectos de cinco estrellas, evidentemente dirigidos a extranjeros de culturas más prósperas y dominantes y a precios totalmente fuera del alcance del tico promedio. Personalmente nunca he simpatizado mucho con esto pues implica una segregación de clases que ha ido poco a poco haciendo a un lado al “turismo comehuevos” clasemediero que otrora llenaba muchas de nuestras playas. Pero viendo cómo nuestros patrones de aseo y ornato (o más bien, nuestra completa y total ausencia de ellos) siguen sin cambiar, uno casi que les quiere dar la razón a quienes con sus dólares y su logística siguen contribuyendo a hacer de ésta una nación de dos países.

A veces quisiera oír uno si existen casos milagrosos de éxito donde la sociedad de una nación ha podido dar un giro total de estar al pie del despeñadero a la cima, y en cuánto tiempo. Ojalá y exista alguno, antes que me toque ver de nuevo a algún subnormal lanzando alegremente una botella de refresco por la ventana de su Hummer último modelo.

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