Dunant.

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El anuncio en el tablón de mensajes del gimnasio sonaba muy tentador: “Gran caminata del Volcán Irazú a Guápiles”. Un trayecto de al menos 20 kilómetros entre territorio volcánico y parte del bosque lluvioso por el que nuestro país es tan conocido. Siendo asiduo cliente del gimnasio desde hace ya casi dos años, me sentía con la suficiente capacidad y confidencia para inscribirme en semejante aventura.

Por fin, llegó el sábado donde un grupo de al menos 80 personas abordamos dos buses rumbo a nuestro destino: el Volcán Irazú. Partiendo de allí, nos esperaba un trayecto que comprendía caminos de lastre y senderos abiertos en lo más profundo de la selva del bosque lluvioso. El camino está bordeado con paisajes que parecen sacados de Heidi o alguna otra alegoría fantástica del campo. Luego llegó el turno de adentrarse en la jungla, donde la humedad constante y el barro fueron haciéndose más y más omnipresentes, hasta llegar al punto de que era inútil evitar embarrarse los pies, medias y demás. Para peores, se me ocurrió a última hora buscar zapatos “de montaña” el día anterior, sólo para comprobar que los que me vendieron no eran tal cosa. Esto me costaría eventualmente la sanidad de mis pies.

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Se calcularon 8 horas para recorrer el trayecto en su totalidad; sin embargo, lo que no nos dijeron a muchos de nosotros es que ese tiempo estaba calculado para superhombres y supermujeres, de esos que prácticamente viven en el gimnasio y se mandan cada fin de semana a hacer triatlón para matar el aburrimiento. El caso es que para este servidor y 3 personas más las 8 horas se nos hicieron muy, pero muy cortas para salir de la jungla, y el temor de que llegara la noche y nos atrapara sin salida en medio de la selva era cada vez más real. Nuestros temores se confirmarían más tarde.

En nuestro grupo (el de “retaguardia”) contábamos con un guía experimentado que, sin embargo, al llegar a una encrucijada nos orientó en dirección equivocada. Durante la noche intentamos cruzar el hostil trillo con linternas, pero los constantes golpes y resbalones en el barro y el insoportable dolor de pies convirtieron el intento en una fatal tortura, al menos para mí. Eventualmente decidimos que era inútil seguir intentando salir por la noche y decidimos intentar dormir en un área al lado del trillo y notificar por todos los medios disponibles a las demás personas para resolver la situación lo más pronto posible. Imagínense el tener que pernoctar en media selva sin un sleeping bag, con un dolor de pies insoportable y con un frío que calaba los huesos. Yo no tuve que imaginármelo, lo tuve que vivir.

Sin embargo, no estaba escrito en el destino que hasta ahí llegábamos. Poco antes de ponernos a dormir, escuchamos gritos de un primer cuerpo de voluntarios de la Cruz Roja Costarricense. ¡Los milagros existen! Estas personas llegaron a suministrarnos primeros auxilios, sábanas y plásticos para enfrentar el frío de la noche. Por decisión unánime decidimos pernoctar en el sitio antes de continuar buscando la salida de la jungla a primera hora del día siguiente.

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Al amanecer, nuestro guía, las tres otras víctimas, quien esto escribe y los tres voluntarios cruzrojistas retomamos el trayecto. En el camino nos topamos a otro grupo más de cruzrojistas, quienes nos trajeron comida, inyecciones y hasta aguadulce para seguir adelante. Incluso se movieron para obtener un caballo que me ayudara a salir más rápido, pero cuando apareció el caballo con su dueño, no mostró mayor interés en colaborar (¡Hay que ver la mezquindad de algunos!). Aún con la ayuda innegable de la Cruz Roja, nos tomó alrededor de siete horas (a mí más, con mis pies desechos y en excruciante dolor) llegar al río donde esperaba el transporte para trasladarnos a su base de operaciones en Guápiles y de ahí tomar transporte de regreso a San José.

Si algo aprendí de esta aventura, es a tener profunda admiración y respeto por la Cruz Roja. Más aún cuando, conversando con ellos después de que pasó todo, me entero que ellos lo hacen todo de forma absolutamente voluntaria; ellos no perciben un centavo por sus labores de rescate, los mueve prácticamente el deseo de ayudar al prójimo. Si eso no es en sí digno de admiración en estos tiempos, no sé yo qué cosa podría serlo.Uno quizás no comprende del todo la importancia que tiene la existencia de esta institución hasta que a uno le toca vivir una situación en donde ellos son la única ayuda disponible. En este momento estoy casi que paralítico producto de las múltiples contusiones y dolores que espero sanen con los días, pero el sólo ser capaz de poder escribir esto y vivir para contarlo es, ya en sí, un gran milagro. Incito grandemente a que colaboren en lo posible con la Cruz Roja de su localidad.

3 thoughts on “Dunant.

  1. No me imagino la angustia, pero el dolor de pies y las ampollas desbaratadas ensangrentadas sí es más fácil recordar. Qué susto, que dolor, que frustrante. Menos mal salieron bien de eso, y es verdad: a los de la cruz roja yo casi q les enciendo velita, el trabajo que ellos hacen es loable.

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